Diana Guerrero y Conrado Ceretti
© 1973
Centro Editor de América Latina - Cangallo 1228
Impreso en Argentina
Índice
La propuesta de descentralización. 7
El comienzo de las movilizaciones 13
Contradicciones y “desbordes” 15
Checoslovaquia según Sartre. 20
El manifiesto de las 2.000 palabras 21
En diciembre de 1967 comenzaron a aparecer, sólo en la prensa extranjera, los primeros síntomas de que algo está ocurriendo en Checoslovaquia. El corresponsal del diario francés Le Monde señala algunos hechos que podrían ser significativos. El más importante: la frialdad con que se festejó en Praga el décimo aniversario del acceso a la presidencia de Antonin Novotny, el duro y dogmático dirigente stalinista, uno de los principales responsables de las sangrientas purgas de los años 50, que acumula las funciones de primer secretario del PC y de jefe del Estado. Novotny pasará muy pronto a ser el objetivo principal contra el que se dirigirán los ataques de quienes buscan reformar y modernizar el sistema checoslovaco. Pero por el momento, la situación es confusa. Es decir, no se publican informaciones sobre lo que realmente está sucediendo. El plenario del Comité Central del Partido Comunista nacional, que se desarrolló del 19 al 21 de diciembre —del que algunos observadores políticos occidentales esperaban que quizás terminara introduciendo algún cambio en la asfixiante vida política checoslovaca— concluyó como tantas otras reuniones de rutina. Sin embargo, se supo más adelante, que en ese mismo momento un grupo de importantes militares preparaba un golpe de Estado para defender a Novotny frente al peligro representado por la actividad creciente de sus adversarios, ubicados como él en la cumbre del Partido. Entre ellos estaba el secretario general del Partido Comunista eslovaco, Alexander Dubcek, un desconocido que muy pronto pasaría a ocupar las primeras planas de la prensa internacional.
Un partido bien templado
Checoslovaquia, el país más adelantado y desarrollado industrialmente de Europa oriental, contaba al finalizar la Segunda Guerra Mundial con un poderoso Partido Comunista que controlaba todos los centros vitales del territorio nacional. Sin embargo, la Unión Soviética, por razones geopolíticas, postergó la toma del poder por parte de los comunistas. Estas razones la urgían entonces al entendimiento y a la cooperación con las potencias occidentales. El 5 de mayo de 1945 el pueblo de Praga se levantó contra los ocupantes nazis, mientras esperaba con impaciencia la llegada de las fuerzas liberadoras. Churchill quería que Praga fuese liberada por los occidentales, pero el general norteamericano Patton, que ya ocupaba Pilsen (importante ciudad industrial cercana a la frontera con Alemania), cumpliendo órdenes de Eisenhower, dejó al Ejército Rojo la tarea de liberar la capital checoslovaca. El 9, los tanques del mariscal Koniev penetraron en el recinto de la ciudad y fueron calurosamente aclamados por la población. Veintitrés años más tarde, otros tanques —también soviéticos— sembrarían la desesperación entre esos habitantes. Tras la liberación se crea la Segunda República, presidida por Eduard Benes, que había encabezado la Primera República entre 1935 y 1938, y era un hombre de Estado profundamente democrático, que durante toda su carrera política se comportó como un caluroso sostenedor de la cooperación con la URSS. Resultó, pues, muy comprensible que después de las elecciones del 26 de mayo de 1946, en las que el PC obtuvo el 38 por ciento de los votos (con lo que se evidenció como el partido más importante de Checoslovaquia), su líder, Klement Gottwald, fuese llamado por Benes para formar el nuevo gobierno.
Hasta 1947 Checoslovaquia fue el país más equilibrado de la Europa desgarrada. El gobierno encabezado por Gottwald incluía una mayoría de ministros marxistas y una minoría de social nacionales (nacionalistas, populistas y demócratas eslovacos). El Frente Popular así constituido funcionaba —caso único— sin grandes tropiezos, al igual que el sistema económico, en buena parte planificado pero armado según las expectativas liberales. Pero ese equilibrio no podía continuar. Al finalizar el reacomodamiento de posguerra, las dos potencias que dominarían el mundo a partir de ese momento comienzan a afianzarse en sus respectivas zonas de influencia. La desarrollada economía checoslovaca estaba orientada hacia Ocidente; entre los cinco Estados que constituyen sus principales proveedores, en el primer trimestre de 1947, no se encuentra ninguno de Europa oriental, y entre sus seis clientes más importantes, la Unión Soviética ocupa el último lugar. Pero el endurecimiento de la política internacional, en especial tras la aplicación del Plan Marshall (lanzado por Estados Unidos para reconstruir la Europa desvastada por la guerra), enfrenta a Checoslovaquia con una drástica decisión. O bien debe reorientar su comercio hacia el Este —tarea por cierto nada fácil ni rentable económicamente— o bien pasar totalmente a la esfera de influencia norteamericana, situación imposible desde un punto de vista político tras los acuerdos de Yalta. El “febrero victorioso” es la respuesta a este estado de cosas. Una lucha sorda se había establecido dentro del Frente Nacional de gobierno entre quienes se inclinaban por la aceptación de la ayuda norteamericana involucrada en el Plan Marshall y los comunistas que, a instancias del Kremlin, la rechazaban. Estas divergencias estallan el 20 de febrero. Los ministros no marxistas presentan sus renuncias al presidente Benes, convencidos de que éste no las aceptaría. El PC organiza manifestaciones de masas y reuniones de obreros y campesinos; desata una huelga general; arma milicias populares y organiza el control revolucionario de la administración pública. Tras cinco días de crisis, el 25 de febrero, Benés acepta las renuncias de los ministros y legaliza así la toma del poder por los comunistas.
En el nuevo gabinete, constituido también por representantes aislados de los otros partidos, éstos forman el grupo hegemónico. El Frente Nacional reorganizado se da como primera tarea la promulgación de una Constitución que establece “la vía checa hacia el socialismo”, calcada sobre el modelo soviético. Asimismo, lanza un programa revolucionario de tres puntos: depuración de los partidos políticos, implementación de medidas económicas tendientes a la reorientación de la economía y refuerzo de la alianza con la URSS y los demás Estados orientales.
Comienza en Checoslovaquia una época sombría. Basándose en la afirmación de Stalin de que tras la toma del poder se intensifica la lucha de clases, los hombres del aparato emprenden una campaña de eliminación de los supuestos enemigos del socialismo. Si bien en Checoslovaquia la atmósfera de “terror” no alcanzó los picos dramáticos de otras democracias populares, el número de víctimas y damnificados por las purgas fue cuantioso: entre 1948 y 1953 los presuntos crímenes políticos y económicos fueron castigados con 166 condenas a muerte, 138 a prisión perpetua y más de cien mil a penas variables de reclusión.
Asimismo, se acentuó el control ideológico y político sobre toda la población. La censura a la prensa y a toda manifestación oral y escrita que desagradara a los jerarcas stalinistas, el amordazamiento de los intelectuales y de los estudiantes, el férreo encuadramiento de los obreros mediante directivas emanadas desde arriba, así como el prolijo cuidado de evitar que éstos y aquellos unieran sus reivindicaciones en un movimiento común —tal cual ocurrió en la Primavera de Praga, produciendo una situación explosiva—, no consiguieron sin embargo vencer la vocación del pueblo checoslovaco por las libertades democráticas acordes con el desarrollo económico y social del país. De este modo, los primeros años del gobierno comunista están marcados por una continua lucha por el poder en las altas esferas del Partido (que recién se resolverá hacia fines de 1952 con la ejecución del secretario general del PC, Rudolf Slansky, y la victoria de la tendencia más dogmática, ciegamente devota a Stalin representada por Antonin Novotny) la crisis económica y el descontento de los trabajadores.
Así se expresa “el drama de un país que no construye el socialismo con sus propias manos”. Desde Moscú, Checoslovaquia tuvo que sufrir la imposición de un modelo importado. El socialismo desarrollado por la Unión Soviética para responder a las condiciones de un país atrasado, agrícola, casi sin proletariado ni burguesía, no tenía sentido en la Checoslovaquia industrializada y con un proletariado numeroso que había adquirido, a través de innumerables luchas, una vigorosa conciencia de clase.
Los primeros sobresaltos
Al morir Stalin, los hombres del aparato acostumbrados a aplicar incondicionalmente las directivas provenientes del Kremlin, quedaron inmersos en la incertidumbre. La política de Moscú no era clara. No obstante, se va delineando paulatinamente una tendencia hacia la liberalización, que se expresará ya claramente en el XXº congreso del PC soviético de febrero de 1956. Durante esos años, los dirigentes checoslovacos conducen moderadamente el proceso de desestalínización. También este período, tan duro en las otras democracias populares, lo fue menos en Checoslovaquia. No faltaron, claro está los sobresaltos.
El más importante ocurrió en junio de 1953. Por primera vez en la historia, se produce una revuelta obrera en un país comunista. La agitación comienza en Pilsen y se extiende rápidamente a otros importantes centros industriales como respuesta de los trabajadores a una devaluación monetaria implantada por el gobierno. Este, tras algunas semanas de duda, decide tomar medidas que enfrenten las dificultades en la producción. Pero, ante las protestas por el carácter marcadamente antisocial de esas medidas, se ve obligado a dar marcha atrás. Se abre así un período de demagogia obrerista que permita a los hombres del aparato llevar adelante una distensión imprescindible del clima social, sin perder el control de la situación.
Esta, sin embargo, amenazaba con desplazarse fuera de sus previsiones. La cúpula partidaria, hasta entonces, había producido como el hecho más significativo de su postura desestalinizadora una revisión bastante sui generis de las sonadas purgas de los años 50, El trámite consistió en que los mismos líderes stalinistas que sanearon el PC local de titoístas, nacionalistas y, en general, “agentes infiltrados de la reacción imperialista”, acomodaron esta vez los hechos para presentar a algunas de las víctimas más descollantes de esos años de “terror” como secuaces del difunto dictador soviético. Se trataba, por ende, de una mera prestidigitación verbal. Para rehabilitar definitivamente a los purgados habría que esperar algunos años todavía.
En abril de 1956 se llevó a cabo en Praga el II Congreso de la Unión de Escritores checoslovacos. Esos intelectuales, que se habían marginado de los reclamos obreros de 1953, formularon en la oportunidad un par de principios fundamentales de orden moral inquietantes para el régimen: en primer lugar, el de la verdad, o sea el de la obligación —para un escritor— de no escamotearla. Después, el de la conciencia; vale decir el de cómo conciliar todo lo ocurrido en la vida nacional, hasta ese momento, con la conciencia individual. “Ello hace suponer que en el curso de los últimos años —declaró el poeta Jaroslav Seifert— los escritores no hemos dicho la verdad. ¿Es cierto o no? ¿Libremente o no? ¿Espontáneamente u obligados?”. Y concluía: “Pienso que hemos fracasado al respecto en todos estos años, en los que no hemos sido ni la conciencia de las masas ni nuestra conciencia”.
”Tenían que reventar o encontrar la verdad”, afirma el filósofo francés Jean-Paul Sartre, al comentar la situación. “No la verdad del sistema: aún no estaban armados para enfrentarla, eso vendría después, sino la verdad de sus vidas, de todas das vidas checas y eslovacas. Nada en las manos, nada en los bolsillos, absteniéndose de toda interpretación: volver a los hechos primeros, a los hechos ocultos, disfrazados”.
1956 marca así el año del primer “deshielo” verdadero en Checoslovaquia y fue sin duda una anticipación directa de la Primavera de Praga. Los interrogantes de los escritores señalan la problemática subyacente al país: la necesidad de hacer una revolución política que permita asumir el control de un sistema ajeno y enajenante. Los estudiantes y la juventud de Praga y Bratislava se movilizan por los mismos objetivos, reclamando medidas democráticas que permitan cambiar el contenido de la vida pública. Pero estos reclamos encuentran un eco muy limitado entre los obreros, sin que se produzca la colusión necesaria que permita librar una batalla eficaz contra el aparato stalinista. Sus medidas demagógicas habían logrado, por el momento, desmovilizar a los trabajadores.
Así, el PC —a cuyo frente se encuentra desde la muerte de Gottwald acaecida una semana después de la muerte de Stalin, un mediocre y tenaz burócrata, Antonin Novotny— consigue desviar la exigencia de que se convoque un Congreso extraordinario del Partido para revisar los “abusos” del período stalinista. Para demostrar que no es ajeno a los reclamos de la base, pero que sigue siendo el dueño de la situación y que, simultáneamente, las revelaciones de Kruschev acerca de los crímenes de Stalin no implicaban un cambio en la política del PC checoslovaco, Novotny se apresura a convocar una Conferencia Nacional, en vez del Congreso extraordinario solicitado, cuyos delegados digitados aprueban la decidida contraofensiva de la dirección del Partido. La Conferencia, en junio de 1956 marca el fin del breve deshielo.
El PC checoslovaco fue de este modo el primero de todos los partidos comunistas del bloque soviético que superó sin demasiados problemas las serias conmociones sucitadas tras el XXº Congreso del PC de la URSS: se acabaron todas las discusiones, y en especial aquella que planteaba la posibilidad de una vía “específicamente checoslovaca” hacia el socialismo.
Por primera vez se habían hecho públicas reivindicaciones políticas coherentes. Pero, a diferencia de lo ocurrido en Polonia y Hungría durante el mismo año, donde éstas se dirimieron con sangre en las calles, los checoslovacos, fieles a lo que se ha dado en llamar su “mentalidad pragmática”, no encararon una lucha frontal. Lo mismo ocurriría en 1968, aunque la madurez de la situación política en ese momento, impediría a los hombres del aparato resolver tan pacífica y fácilmente las cosas como en el 56.
Los acontecimientos de Polonia y Hungría implicaron una lección importante para los dirigentes del PC checoslovaco. Se planteaba una pregunta: cuál era “la preparación teórica de la contrarrevolución”? La respuesta fue rápida: el comunismo nacionalista, cuyo principal exponente era la concepción de Tito sobre las diversas vías hacia el socialismo, basado ideológicamente en el “revisionismo”. Este fue definido como el arma ideológica del enemigo interno, y más ampliamente, del capitalismo. Su daño resultaba mayor dado que aparecía disfrazado de marxismo. Los representantes de los Partidos Comunistas reunidos en noviembre de 1957 en Moscú, lo proclaman “el peligro más grande que amenaza al comunismo”. De hecho, la lucha contra el “revisionismo” en Checoslovaquia tenía un solo objetivo, mantener el puesto dirigente del Partido en todos los ámbitos de la vida, en especial, el poder absoluto del Politburó de Novotny. Para ese entonces éste, muerto el mismo mes el presidente Zapotocky, acumulaba los cargos de secretario general del Partido y de jefe del Estado, y el principal cometido de su gestión autoconservadora —al margen de la lucha contra la “vía yugoslava”— estuvo constituido en los primeros tiempos por una campaña semejante, y no menos intensa, contra la “vía polaca”.
Los sucesos de Hungría no abrieron espacio alguno para reformas o reacomodamientos.
Pero en Polonia se produjeron cambios tan manifiestos como inquietantes, si bien su duración abarcó escasos meses. Entre otros, cabe mencionar la afirmación de la independencia nacional frente a la URSS; la garantía de la propiedad privada a dos agricultores y la introducción de la autogestión obrera en la industria (“pecado” típicamente titoísta), a lo que hay añadir la reconciliación del Estado con la Iglesia, una merma significativa de la represión y mayores libertades en el terreno artístico y cultural. Tales aperturas fueron más mal vistas en Praga que en Moscú. Novotny, temiendo el contagio, ordenó la interferencia de las emisiones de Radio Varsovia, a la vez que desataba una guerra verbal sin cuartel contra el “desvío” de sus vecinos.
Ese ejemplo, criticado en todas sus expresiones, sirvió para que el Politburó del PC checoslovaco se repitiese a sí mismo. En consecuencia, el estalinismo de sus dirigentes repuntó con nuevo vigor, y volvió a reiterarse la fidelidad inquebrantable al Kremlin. En el XI° Congreso del Partido, realizado en junio de 1958, el diseño de la línea económica estuvo caracterizado por la copia acrítica del modelo soviético: se priorizaba el desarrollo de la industria pesada en desmedro de la producción de consumo y de la agricultura y, por añadidura, se introdujeron en Checoslovaquia algunas innovaciones khruschevistas como la del acercamiento del trabajo manual e intelectual, experiencia fallida en la propia URSS.
El problema eslovaco
El colmo de esa actitud más bien servil fue alcanzado en julio de 1960, transformando a la vieja democracia popular en una República Socialista. La nueva Carta Magna, por añadidura acentuaba el papel centralizador de Praga. Con ello, la hostilidad entre checos y eslovacos asumía una tirantez mayor. Eslovaquia siempre fue el talón de Aquiles del comunismo checoslovaco. Región pobre y atrasada, obtuvo pocos beneficios con la creación, en 1918 (tras el desmembramiento del Imperio austro-húngaro), del Estado binacional. El sentimiento de ser colonizados cultural y materialmente por los checos, más ricos que ellos, mantuvo vivo en los eslovacos su rencor hacia la administración praguense. El programa de la segunda República, proclamada en 1945, estatuía la igualdad administrativa entre ambas nacionalidades, pero en los hechos siempre se la ignoró, y todas las decisiones importantes concernientes a los eslovacos se adoptaban en Praga, mientras Bratislava —capital de Eslovaquia— se limitaba a tomar cuenta de ellas. Incluso durante las purgas de los años 50, se inventó un nuevo cargo criminal: el de “nacionalismo burgués”, que se aplicó a algunos dirigentes políticos que pretendían la autonomía o al menos cierta independencia de su región frente a la centralización checa. Bajo tal acusación fueron ejecutados muchos miembros y funcionarios del PC eslovaco, mientras un número mayor de ellos sufrió prisión o persecución. Tal el caso del actual jefe de Estado checoslovaco, Gustav Husak, que pasó largos años encarcelado. Este estado de cosas unió a amplias capas de la población eslovaca —aun a aquellas no comunistas— en torno a su Partido nacional contra la opresión checa, visiblemente encarnada para ellos en Novotny. Se desarrolla así, dentro del mismo Partido, una corriente local que se opone a la camarilla dominante. Hacia la mitad de los años 60, la oposición al duro secretario general no dejó de crecer. Pero para él, el Partido de Bratislava no era más que un “promotor de tesis equivocadas” y de “ataques histéricos” contra la dirección central de Praga. Claro está que de esos “ataques histéricos” y esas “tesis equivocadas” se hacía responsable también la Unión de Escritores checoslovacos, cuyo semanario Literarni Noviny, leído por medio millón de conciudadanos, cumplió un papel destacado en la lucha contra el aparato, sin escatimar artículos que analizaban los vicios de los regímenes totalitarios. Esta lucha interna, generalmente desfavorable a los eslovacos, conoció una victoria decisiva en 1964, cuando a instancias del Partido de Bratislava, fueron exonerados de sus funciones algunos miembros eslovacos del Comité Central del Partido, a quienes sus connacionales consideraban stalinistas, simultáneamente, algunos eslovacos liberales asumían puestos importantes en el Partido y el gobierno. Entre ellos, Alexander Dubcek, primer secretario del PC eslovaco.
De este modo, la “revuelta” eslovaca tuvo un papel muy importante en los acontecimientos que vivió Checoslovaquia a partir de 1963, y señaló para el régimen de Novotny el comienzo del fin. De ahí en más, la burocrática conducción, del partido debía mantenerse a la defensiva.
Una de las principales reivindicaciones de los eslovacos había sido la de pedir que la desestalinización se llevase coherentemente a cabo, y algo de eso ocurrió, en medio de las contradicciones habituales. A título póstumo, se rehabilitó a numerosos purgados, y la vida cultural gozó de una relativa atmósfera de libertad. Intelectuales, periodistas y escritores por un lado, y los hombres duros del aparato por el otro, libraron continuas escaramuzas. La censura y el amordazamiento de toda expresión mantenía el mismo rigor, pero con constantes fisuras; ya no alcanzaba a silenciar las críticas, iban subiendo de tono. Los jerarcas del Partido intentaban manejar la situación mediante un juego combinado de concesiones y restricciones. Así, se atenuaron los impedimentos para que los ciudadanos viajasen a los países “capitalistas” del Oeste; y se permitió dentro de ciertos limites la lectura de la prensa extranjera y de algunos libros hasta entonces prohibidos, mientras se lanzaban simultáneamente violentas campañas contra el “desviacionismo ideológico”, que desembocaban muchas veces en una aplicación rigurosa de la censura.
En definitiva, sin embargo, Novotny no pudo parar la ola de críticas y de reclamos por una mayor liberalización del régimen, que de algún modo podían apoyarse en las conclusiones del XXIIº Congreso del PC de la U.R.S.S. celebrado en 1961, y en cuyo transcurso volvieron a denunciarse con mayor énfasis los crímenes de la época de Stalin. Los intelectuales siguieron siendo la punta de lanza de la lucha antiburocrática, y volvieron en 1963, con ocasión del IIIer. Congreso de los Escritores checoslovacos, a plantear sus críticas generales al régimen. Una vez más, los eslovacos vanguardizaron estas demostraciones. En una reunión posterior al encuentro de los poetas y novelistas nacionales, éstos insistieron en que el aparato de Novotny no sólo no liquidaba las consecuencias del trágico período stalinista, sino que además proseguía utilizando los mismos métodos característicos de esa época. En general, los intelectuales continuaban bregando por desentrañar las causas profundas del malestar que padecía la sociedad checoslovaca. A su coro, por entonces, se agregó otra categoría de intelectuales —los teóricos de la economía— que llevaron a fondo su ataque contra la política del régimen.
Por primera vez en una democracia popular (y con mayor razón en la República Socialista que Checoslovaquia era desde 1957), un joven economista checo, Radoslav Selucky, denunció públicamente el “culto al plan”, al que atribuyó la pésima marcha de la economía.
En efecto, el balance económico de Checoslovaquia resultaba catastrófico. Sus rasgos salientes eran el costo cada vez más alto de la producción, la lentitud con que se aplicaban las medidas adoptadas por la conducción, el subequipamiento del campo y la baja constante de la producción agrícola. La ruptura de las relaciones comerciales con China, por lo demás, llevó al colmo del malestar industrial.
Como ya vimos, todo ello se desprendía de la imitación servil de los modelos soviéticos. A causa de esto, un país que antes de la Segunda Guerra se hallaba a la cabeza de la industria europea, se empantanaba ahora en una situación absurda. Por todo el territorio cundían historias tragicómicas que hacían referencia a ese desfasaje. La prioridad impuesta por la URSS a las inversiones en la industria pesada, la obligación de “producir por producir”, tal como debió hacerlo la Rusia atrasada inmediatamente después de la Revolución del 17, no condecía con las características reales de Checoslovaquia, donde hubiesen sido más fructíferos planes que, partiendo del alto grado de desarrollo alcanzado por este pequeño país, contemplaran las auténticas necesidades de sus habitantes. No tenía sentido hacer de Checoslovaquia, ampliamente abierta al intercambio, un modelo a escala reducida de la autárquica Unión Soviética.
La propuesta de descentralización
Cada vez se fue haciendo más urgente la necesidad de una descentralización y en especial, la reforma de la gestión en las empresas, que aparecía como prioritaria. Estas, carentes de toda iniciativa, tenían que cumplir ciegamente las estipulaciones del plan, a despecho de cualquier idea de calidad o rentabilidad y someterse a los dictados de administradores incompetentes.
Las críticas de Selucky, lanzadas a comienzos de 1963, dieron inicio a un debate de especialistas, en su mayoría comunistas y miembros relevantes de la Universidad y de los institutos económicos, sobre todo de la Universidad del Partido, estrechamente ligada al Comité Central. Entre ellos destacaba Ota Sik, integrante de este último, a quien después cabría una actuación de primera fila tras la caída de Novotny. Sin hesitar, los economistas encararon el problema. Sik enunció la idea fundamental en que se basaba la reforma propuesta: ésta no podía ser realizada a menos que se produjesen cambios en la estructura política y administrativa del país.
Siete puntos resumían las instancias fundamentales de esa posición:
1) Debería permitirse la crítica al “socialismo” (vale decir al régimen) en tanto que orden político.
2) Tal crítica establecería que algunas de las leyes tradicionales de la economía política socialista ya no resultaban válidas.
3) La nacionalización y la colectivización son los medios y no los fines de la economía; en cada caso tendrían que estar al servicio del pueblo, y no el pueblo a su servicio.
4) Habría que descentralizar la planificación. Esta debería ser elástica y tomar en cuenta todas las condiciones que determinan la real economía del país.
5) Las leyes de la demanda y la oferta deberían convertirse en las reglas supremas de la economía, y sobre la base de ellas habría que fijar los precios.
6) Los especialistas en economía política deberían tener acceso a los datos reales de la economía checoslovaca, y poder disponer de las obras sobre economía publicadas en Occidente.
7) Los economistas miembros del Partido ya no deberían limitarse a ser simples propagandistas que trasmiten las directivas económicas del Partido, sino que el Partido debería asumir como base de su política económica el análisis científico y las indicaciones de los economistas.
Se va consolidando de este modo y adquiriendo unificación ideológica una nueva élite administrativa, técnica y científica, que aspiraba a obtener poderes cada vez mayores y en especial la independencia frente a los ignorantes apparatchiki. Tal grupo, mejor capacitado, apuntaba a la modernización de todas las estructuras del país, y fue el núcleo impulsor de la Primavera de Praga.
En oposición a ellos, los teóricos dogmáticos del Partido no hallaban argumentos que contraponerle, tanto por su inaptitud como porque la realidad económica nacional era una acusación la errónea política propiciada por ellos hasta entonces.
Pero si el equipo de Novotny ya había quedado rezagado con respecto a la situación, no había perdido su poder. La descentralización exigida por las nuevas generaciones de economistas podía minar —y de hecho lo hizo cinco años más tarde— la hegemonía del aparato. El proyecto del grupo dirigido por Ota Sik fue sometido a la discusión pública a fines de 1963 y adoptado por el Comité Central un año después. Pero este modelo, llamado oficialmente “Nuevo sistema de gestión de la economía nacional”, tuvo que esperar todavía cinco años y la disolución de la estructura dogmática del poder para ser aplicado por lo menos en parte. De hecho, el “nuevo sistema” tomaba en consideración los principios que en la misma época se discutían en la URSS: la rehabilitación de la ganancia, de la noción de rentabilidad y del mercado. Las primeras tentativas que se hicieron para ponerlo en práctica no sólo chocaron con la hostilidad de los apparatchiki sino también con la resistencia de los trabajadores. La posibilidad de que fuesen cerradas las fábricas no rentables resucitaba el temor a la desocupación. Asimismo, el desnivel previsto de los salarios, aparecía como un atentado al nivel de vida de la mayoría.
Por el contrario, los intelectuales, profesionales y técnicos, apoyaban calurosamente la descentralización de la economía, en la que veían no sólo un orden de cosas más eficaz sino también la garantía de un mayor bienestar para ellos. Así, la crisis económica acercaba peligrosamente el estallido de una crisis social. El año 1967 fue decisivo. Para Novotny debía ser “el año de la disciplina”. Para sus adversarios, la oportunidad de enfrentar definitivamente la política stalinista del Partido. En el primer número anual del semanario “Literarni Noviny”, el audaz órgano de la Unión de Escritores, que desempeñaría un papel primordial en la explosión venidera, se afirmaba: “Nos preguntamos si el espíritu de la libertad no se ha transferido en este momento a otra parte: al intento de formular una alternativa socialista positiva”.
La respuesta a ese interrogante fue dada en el marco del IV° Congreso de Escritores, realizado en Praga en julio. El vapuleado grupo de Novotny había manifestado su deseo de que no se produjesen escándalos durante su desarrollo, pero un puñado de escritores ya había decidido utilizar el Congreso como una tribuna desde la cual denunciar al régimen, y estaba dispuesto a pagar el precio que fuera necesario.
Su vocero fue el joven novelista comunista Ludvik Vaculik, quien pronunció un discurso del que se puede afirmar que inicia la revuelta checoslovaca. En su requisitoria contra el régimen stalinista, Vaculik expone que, si bien la revolución tuvo éxito, continúa planteándose el problema del poder y su tendencia a perpetuarse, a homogeneizarse, a elevarse por encima de la sociedad. Así se acentúa la distancia entre gobernados y gobernantes y el poder se identifica con una casta, lo que Vaculik llama “dinastización”. Repetidas veces señala el discurso que la enfermedad stalinista del comunismo no se origina en Checoslovaquia: nadie dejó de entender que estaba aludiendo a la Unión Soviética. Así, reseña Vaculik,
“ocurrieron algunos hechos que no son explicables si solamente se consideran las condiciones existentes en el país, y que no tienen origen ni en el carácter de la población ni en su historia. Cuando se habla de este período y cuando buscamos causas que expliquen por qué hemos perdido tanto, ya sea moral como materialmente; porque estamos económicamente atrasados, los grupos dirigentes dicen que ‘era necesario’. Quizás era necesario para el desarrollo espiritual de los órganos del régimen, que obligaron a todos los sostenedores del socialismo a realizar la experiencia de ese desarrollo juntamente con ellos. Resulta indispensable comprender que, en los últimos veinte años, no se resolvió ningún problema humano: desde las necesidades elementales como la vivienda, las escuelas y el bienestar económico hasta las más hermosas exigencias de la vida que ningún sistema no democrático puede satisfacer; por ejemplo, el sentirse plenamente realizado dentro de la sociedad; el subordinar las decisiones políticas a criterios éticos; el creer en el valor del trabajo aunque sea subordinado; la necesidad de confianza entre las personas; la educación de todo el pueblo. (…)
Constato que no hemos dado a la humanidad ninguna idea original ni ninguna nueva inspiración;
constato que ni siquiera tenemos, por ejemplo, ideas propias sobre los métodos de producción o sobre cómo evitar ser asfixiados por los resultados de la producción. Imitamos sin rebelarnos la civilización deshumanizante de tipo norteamericano, repetimos los errores del Este y del Oeste…”
Definiéndose a si mismo como un hombre “de exigencias de absoluta moral pero mal informado”, Vaculik finaliza su intervención puntualizando que
“mi crítica al poder en este Estado no es una crítica al socialismo. No pienso que haya sido necesaria la evolución que hemos conocido, y no identifico a tal poder con el socialismo, con el que él mismo busca identificarse. Tampoco es cierto que su destino sea idéntico, y aquellos que ejercitan el poder (…) si viniesen aquí y preguntasen si el socialismo es realizable, deberían aceptar como expresión de nuestra buena voluntad y al mismo tiempo de nuestra más elevada lealtad cívica, esta respuesta: ‘No lo sé’”.
Lo que el joven escritor no dijo, pero impregna todo su discurso, es que para completar la revolución social de 1948 Checoslovaquia necesitaba una revolución política.
Sus declaraciones, de todos modos, le valieron ser expulsado del Partido en setiembre. Asimismo, y tras una violenta réplica de Novotny, decidido a quebrar la acción de los intelectuales, el responsable de los asuntos culturales del Partido, Jiri Hendrych, adoptó medidas contra la Unión de Escritores, recomponiendo los comités de redacción de diferentes publicaciones y sobre todo poniendo fuera de su control el popular “Literarni Noviny”, que pasó a ser editado por el ministerio de la Cultura. Ante esta situación, la población reacciona según el modo peculiar que exteriorizará una vez más durante los dramáticos acontecimientos de agosto de 1968, cuando los tanques soviéticos invaden el país: ejercitando una suerte de resistencia pasiva, no compra la nueva versión del semanario en el cual los escritores se niegan a colaborar.
Los hombres del aparato no hallan manera alguna de modificar esta actitud y su prestigio se resiente.
El poder, por lo demás, debió enfrentar simultáneamente la protesta de otro grupo mucho más turbulento: los estudiantes. Era casi permanente entre éstos un estado de agitación y en especial su intento de crear una organización independiente de la Unión de la Juventud oficial. El 31 de octubre, una pacífica manifestación callejera en la que los universitarios reivindicaban mejoras habitacionales, fue disuelta por la policía con granadas lacrimógenas y bastonazos. De inmediato, los estudiantes comienzan a organizarse a fin de montar un acto de protesta tanto contra la represión como contra el modo en el cual la prensa presentó los hechos referidos. Las sucesivas reuniones realizadas culminan en un mitin en la Universidad Carlos de Praga. Su vicerrector, que gozaba de mucha audiencia entre los universitarios accede a dialogar con la nutrida concurrencia. Tras larga discusión, convence a los manifestantes de que no lleven adelante su decisión de enviar comisiones a las fábricas para informar a los obreros de lo que realmente ocurrió el 31. Finalmente, el mitín vota una moción por la cual se exige la representación de los estudiantes en una comisión investigadora, la redacción —por los mismos universitarios— de dos páginas del diario “Mlada Fronta” a fin de ofrecer la propia versión de aquellos sucesos y la organización de un debate radial sobre el tema, entre representantes de los estudiantes y del gobierno. La situación aparece así como muy peligrosa para el régimen. En efecto, once años atrás, en Polonia y en Hungría, también fueron los escritores quienes, con sus reivindicaciones democráticas iniciaron las revueltas conocidas en ambos países. A su zaga, se alinearon los estudiantes, enarbolando los mismos reclamos pero con mayor fogosidad. Poco después la clase obrera se ponía en movimiento, elegía sus consejos, manifestaba, desataba huelgas. El aparato del Partido se desmoronó. Los jerarcas soviéticos y checos conocían de sobra este modelo y sabían que la agitación de los escritores y de los estudiantes en un contexto de crisis social resultaba una amenaza tremenda. Su reacción en Praga, en consecuencia, será la misma que la de sus homólogos en Polonia y en Hungría: frente al movimiento reivindicatorio, se dividen en liberales (que no ignoran la ineficacia de la represión abierta y prefieren permitir que algo cambie para salvar lo esencial) y conservadores, decididos a cortar las alas a esos protestatarios antes de que su agitación cobrase demasiado vuelo. Como quiera que fuere, el aparato también aquí quedará fisurado. Estalla la lucha. Su eje va a ser la “acumulación de cargos” —primer secretario del Partido y presidente de la república— en la persona de Novotny. Toda una serie de discusiones, la mayor parte de las veces retóricas o escamoteadoras, se irán desarrollando en la cúpula del Partido en los últimos meses del año. La división entre liberales y conservadores se configura como el enfrentamiento de dos fracciones. Unos y otros recuentan febrilmente los efectivos de que disponen. Se producen en la superficie fricciones provocadas muchas veces por problemas secundarios. Así, por ejemplo, en el plenario del Presidium del 30 y 31 de octubre, uno de sus 10 miembros, Alexander Dubcek, hace consideraciones desagradables sobre Novotny a propósito de una cuestión de procedimiento. Este reacciona violentamente e incluso llega a tratarle de “nacionalista burgués eslovaco”, calificativo que unos años antes hubiera significado para quien lo recibía la prisión y la horca.
Estos ocultadores juegos verbales eran el reflejo desfigurado de lo que estaba ocurriendo en el país. Precisamente la noche en que se clausuró el plenario, los estudiantes manifestaban en las calles de Praga. Un alto funcionario del Comité Central, comentando el hecho y la represión subsiguiente, confió desesperado a un periodista francés:
“Por primera vez en la historia de nuestra república, muchachos nacidos y educados en el régimen, que no sufrieron otra influencia que la de la educación socialista, fueron golpeados por la policía, y coreaban consignas hostiles al gobierno y al Partido”.
Durante el mes de noviembre se acentúa el clima conspirativo. Aprovechando la ausencia de Novotny, en visita a Moscú para celebrar allí el 50º aniversario de la Revolución bolchevique, sus opositores en el aparato (tanto los eslovacos como los partidarios de la reforma económica encolumnados tras Ota Sik), aguzan sus armas para emprender la lucha contra la “acumulación”. La respuesta del primer secretario, a su regreso, es bastante insólito pero congruente con su personalidad: invita a toda prisa a Leonid Brezhnev, su par en la conducción del PC soviético. Este acude al llamado y pasa tres días en Checoslovaquia, aparentemente desentendido de lo que consideraba un asunto subalterno.
En diciembre, Ota Sik mociona en favor de la renuncia de Novotny a su cargo partidario. Las fiestas de Navidad, sin embargo, introducen un respiro deseado por todos. En primer lugar, por el cuestionado Novotny, quien comienza a preparar muy prolijamente el plenario próximo, que deberá sesionar en enero, aunque tratando de diferir la fecha de su celebración porque en él habrá de ser oída una comisión preparatoria que se expedirá en torno al problema de la “acumulación”. El primer secretario intentará aprovechar este lapso para establecer contacto con los jefes del ejército y de la policía a fin de montar una acción armada preventiva. Más tarde se hizo público que Miroslav Samula, jefe de la 8° Sección del Comité Central (o sea responsable de la seguridad), había preparado una lista con los nombres de las personas a encarcelar. Eran más de mil, e incluía entre otros al novelista Vaculik y a Dubcek. Las iniciativas putschistas de Novotny chocaron con la resistencia de numerosos oficiales superiores, y finalmente no hallaron eco. Sólo le quedaban las milicias populares, cuyo jefe era por su condición de primer secretario del Partido, y apalabró a esas unidades paramilitares para que se congregaran en Praga a comienzos del nuevo año. Pero en el viceministerio de Defensa, sus opositores se arreglaron de modo de mantener a las milicias, bien alimentadas, en un cuartel capitalino, sin posibilidades de actuar.
El fin de Novotny
Fracasada la maniobra golpista, los novotnystas perdieron definitivamente la partida al iniciarse el plenario del 3 de enero de 1968. Por mayoría, su líder fue separado de la suprema conducción partidaria.
Se abrió entonces el problema de la sucesión. Dos candidatos surgieron: Oldric Cernik, apoyado por Dubcek y los liberales, y Josef Lenart, propuesto por Novotny. Tras un debate que duró toda una noche, Lenart intentó conciliar a ambas fracciones auspiciando el nombre de Dubcek. Caracterizado como un apparatchik blando y sin demasiado relieve personal, educado en la Unión Soviética, el primer secretario del PC eslovaco, por su misma nacionalidad, aparecía ante los novotnystas como un sucesor poco durable. El propio Novotny lo propuso al plenario y Dubcek fue votado por unanimidad. El 5 de enero, los checoslovacos se enteraron de la eliminación de Novotny del puesto de primer secretario del Partido, y la experimentaron como un acontecimiento de primer magnitud. El objetivo esencial del nuevo equipo dirigente es la aplicación de la reforma económica, que como ya vimos suscitó resquemores en la clase obrera y una temerosa repulsa en los hombres del aparato. Así, las primeras semanas del flamante secretariado están pautadas por la prudencia: Dubcek realiza un viaje a Moscú, no se toma ninguna medida importante, se pronuncian muy pocos discursos y se trata de crear una atmósfera de confianza y tranquilidad.
Actúan a manera de elementos de distensión hechos como el estudio de un nuevo Programa de Acción del Partido, cuyos puntos principales son la aplicación de la reforma y la federalización del Estado. Además, y para acentuar el giro tecnocrático de la gestión iniciada, se llama a técnicos y profesionales sin partido a colaborar. Simultáneamente, Dubcek mejora las relaciones del Partido con los intelectuales, y devuelve al control de los escritores el semanario “Literarni Noviny” que aparecerá rebautizado como Literarni Listy.
La oposición de los intelectuales y de los estudiantes había logrado algún éxito, pero no quedaba descartada la posibilidad de una vuelta a los métodos repudiados en el anterior régimen. Para evitarlo, se hacía necesario movilizar a la opinión. Así, las primeras batallas que libraría la “intelligentsia” tendrían como escenario el dominio de la información. Sin demora, intelectuales y periodistas comunistas comienzan con la tarea: critican, interrogan, denuncian, explican, invitan a los lectores a expresarse, escriben un lenguaje claro, en las antípodas del pesado estilo stalinista. Semejante actitud encuentra una inmediata reciprocidad en el público al que se dirigen. Novotny y su grupo, sin embargo, no abandonaron la lucha. La fracción conservadora, sólidamente organizada en el Partido y ubicada en puestos neurálgicos, da la batalla tanto dentro de éste como públicamente, a la vez que intenta ganar el apoyo de Moscú que, en ese mismo momento, ya ha dejado atrás la política antistalinista de la época de Kruschev y comienza el amordazamiento de los intelectuales soviéticos.
La acción de los novotnystas ausenta el empeño de la prensa por denunciarlos. Dubcek mismo debe abandonar su papel de conciliador entre las bambalinas del aparato, y aparecer en la plaza pública para defender abiertamente su política de modernización. De este modo, se oficializa la nueva función de los medios informativos. Poco a poco la prensa, la televisión y la radio van trasmitiendo a la opinión pública una imagen simple, fraternal y humana, y sobre todo sincera, del primer secretario, sentando así las bases de su gran popularidad.
Fue Novotny quien rompió las hostilidades. Sus dos caballitos de batalla serán el obrerismo y el antisemitismo. Con ellos recorre las fábricas exhortando a los trabajadores contra la proyectada reforma económica, y se esfuerza por explotar las inquietudes e incertidumbres que ésta les provoca.
La ofensiva del ex primer secretario no dura mucho. El escándalo levantado por la huida a Estados Unidos del general Jan Sejna (uno de los principales complotados de diciembre), en febrero, precipitó su fracaso. El alto jefe había partido llevando consigo una gran suma de dinero robado e importantes documentos militares y económicos. Protegido de Novotny, Sejna había sido enviado con frecuencia por el gobierno checoslovaco a las conferencias del estado mayor del Pacto de Varsovia. En el plano interno, esa fuga, comentada por los periódicos, permitió dar a conocer la tentativa de “putsch” de diciembre y el papel de la 8ª. Sección del Comité Central. En pocos días, ésta—bajo cuyo control se hallaba el ejército, la seguridad y la justicia—fue desmantelada al igual que los ministerios de Interior y Defensa. De tal modo, quedó bloqueado el sistema represivo y a partir de estos hechos se comienza a pedir la eliminación de Novotny de la presidencia de la República.
El comienzo de las movilizaciones
El bloqueo del aparato represivo y la zozobra en la cúpula partidaria liberan a las fuerzas sociales tan largamente silenciadas. Desde marzo, las protestas de los intelectuales se convierten en un verdadero movimiento de masas que arrastra a la clase obrera, comenzando por sus elementos más jóvenes. De los claustros universitarios a las fábricas, se extiende como una mancha de aceite la agitación. A las reivindicaciones por la democratización del régimen, los trabajadores añaden sus propias reivindicaciones, cuestionando la “deformación del papel dirigente del Partido, que reduce los sindicatos al papel de ejecutores y poleas de trasmisión del Partido y hasta de los decretos y decisiones gubernamentales”, y el “estilo y los métodos de trabajo, que han reemplazado los principios por la coerción”.
La mancha de aceite se convierte en una marejada. No hay sector de la actividad nacional de donde no se reclame la dimisión de Novotny, mientras se produce una avalancha de renuncias de sus adictos.
Sin embargo, la situación no está jugada a la liquidación política de un individuo. Con las palabras de una joven obrera, “sería un error fatal creer que una vez desaparecido Novotny, todo irá mejor. Esto no debe ser más que el comienzo”. Tal convicción, que comparten por igual intelectuales y bases, repercute en las altas instancias partidarias. Se plantea entonces la urgencia de encuadrar ese movimiento. En el Presidium chocan dos posturas: la de los conservadores, novotnystas o no, que en él ven un peligroso brote de “antisocialismo” azuzado por la prensa y piden la represión, y la de los liberales, que prefieren no oponerse frontalmente a las masas.
Más pragmáticos, estos últimos calculan que determinando objetivos bastante aproximados a los del movimiento, el Partido logrará controlarlo y canalizarlo. El Presidium se decide, en consecuencia, por la contemporización. Dubcek define la vía elegida a mediados de marzo, adelantando el contenido del Programa de Acción en estudio: funcionamiento autónomo del Partido, del Estado y del gobierno, prohibición de “acumular” cargos, aplicación de la reforma económica, alianza con la URSS y coexistencia pacífica.
El flamante primer secretario asume así, un papel medianero. Cuidadoso de que el “interés despertado por la prensa en las grandes masas” no condujera al desarrollo de “ideas extremistas”, debió maniobrar considerando que tal acción propagandística beneficiaba su hasta entonces frágil autoridad, en desmedro de la cada vez más agrietada de Novotny y camarilla. No se le ocultaba, sin embargo, que alentar el movimiento de masas equivalía a permitir el cuestionamiento del aparato, del que él era cabal representante.
Tanto ese fermento antinovotnyano como el giro del Presidium hacia la democratización, sembraron el recelo entre los Estado socialistas vecinos. En Polonia y Alemania oriental, sobre todo, se advierte la inquieta expectativa de los dirigentes comunistas, y lo mismo ocurre en Moscú, a donde se dirigen dos enviados de Praga para explicar el “nuevo curso” checoslovaco.
Aparentemente, tales enviados regresan con el visto bueno del Kremlin. El 22 de marzo, Novotny renuncia a la presidencia de la República, en momentos en que se convoca para seis días después al plenario del Comité Central. El 26, debía reunirse el Presidium para resolver el reemplazo del dimitente y la formación de un nuevo gobierno, pero tres días antes Dubcek y una delegación checoslovaca parten a Dresde (Alemania oriental) donde se desarrolla una conferencia de los Partidos Comunistas del bloque europeo. Nuevamente, los dirigentes de Praga aventarán resquemores entre sus pares, a quienes intranquiliza el alcance del movimiento de masas checoslovaco, dando garantías —sobre todo al gobierno huésped— de que la liberalización dubcekiana no significa colusión alguna con Alemania federal.
El 28 sesiona el Comité Central, y se elige para cubrir el cargo de Novotny en el presidium a Josef Smrkovski. Ex resistente, víctima de la stalinización y tribuno popular de machacona franqueza, el ministro de Bosques ha sido un ferviente propulsor del desplazamiento de Novotny en enero. Con su acceso al órgano de conducción suprema, ésta sufre una ampliación de su izquierda, pero al igual que la reorganización de enero —que agregó más miembros al Presidium—, la presente constituye otro esfuerzo por conservar el control del Partido sobre sucesos que amenazan con desbordarlo.
Dentro de él, Smrkovski será visto como portavoz de las tendencias “radicales”, y pondrá sus dotes personales, que le valen amplia audiencia entre los jóvenes, al servicio de un aparato que se empeña por recuperar el control de la situación.
Dos días más tarde, en la sesión postergada del Presidium resulta nominado para la jefatura de Estado el general Ludvik Svoboda, quien goza de la confianza de Moscú, y cuya reputación de honesto no puede dejar de ganarle simpatías entre intelectuales y estudiantes.
El 1° de abril se verifica la reapertura del plenario del Comité Central. Estaba generalizado en la víspera el sentimiento de que éste consagraría la eliminación de Novotny y sus fieles mediante la convocatoria anticipada del XIVº Congreso del Partido, que a su vez permitiría la elección de un nuevo Comité Central adaptado a las circunstancias. Pero el desarrollo de esas sesiones decepcionó a muchos. Volvieron a oírse, de parte de conservadores no novotnystas, críticas a los “desbordes” de obreros y estudiantes; denuncias de “antisocialismo”; alarma por la “debilitación del papel del Partido”.
Al clausurar, cuatro días después, el plenario, Dubcek recogió en su balance un eco —si bien atenuado— de tales voces. Manteniéndose firme en la línea democratizante, el primer secretario advertía, basado en la tesis de los “límites necesarios”, que “el respeto por las normas del Partido es la mejor garantía contra las tendencias anarquistas”, y terminaba puntualizando: “Nuestra política exterior tiene por fundamento nuestra alianza con la URSS y los demás países socialistas”. Una vez más la defensa del aparato y del control de la democratización situaban a Dubcek en el centro prudente: algo de lo que había dado muestras el 1° pronunciándose contra la convocatoria anticipada del XIVº Congreso.
Para asegurarse el control de la situación —cosa que por el momento logran— los “vencedores de enero” mantienen una actitud en la que combinan simultáneamente la búsqueda del cambio y la continuidad. Esto se expresa en la constitución de los organismos directivos como él Presidium, donde el equipo Dubcek tiene las riendas en sus manos, pero que ostenta sin embargo un aire francamente conservador, o el gobierno en cuya composición se codean los partidarios de la reforma: tal el primer ministro Oldric Cernik y el vicepresidente Ota Sik, y los conservadores de más viejo cuño.
Los intelectuales y periodistas más radicalizados perciben claramente la indefinición del plenario de abril, su carácter de compromiso entre las diferentes fracciones, y se expresan decididamente contra esta barrera a la participación efectiva de las masas en la vida del país. “Literarni Listy” no teme cuestionar al mismo Partido, y se pregunta si éste, “al mismo tiempo causa y víctima de la degeneración”, será realmente capaz de renovarse. Una vez más la defensa de las libertades obtenidas hasta el momento aparece como la única garantía de la profundización del proceso; en primer lugar, la de palabra que “por ahora es el resultado más tangible de la democratización”.
Ante este estado de cosas, no pocos se preguntan si Dubcek, cuya persona se identifica con el “socialismo humanizado” al que todos aspiran, es un árbitro o está cercado. El Programa de Acción adoptado por el plenario —en el cual el Partido trabajaba febrilmente desde enero y que debía ser precisamente la expresión más acabada del “nuevo curso” iniciado por Checoslovaquia— muestra el mismo espíritu de compromiso. Mucho más moderno y atractivo en su vocabulario que las viejas letanías de la época de Novotny, el Programa comienza recordando que Checoslovaquia emprendió la transformación socialista de la sociedad implantando un “sistema burocrático” de gobierno, que sin embargo no impidió alcanzar algunos éxitos importantes. Pero, continúa, en la década del 60 el país entró en una nueva etapa, caracterizada por la desaparición de los antagonismos de clases y la necesidad de modernizar los métodos de dirección y administración, especialmente en la economía, a fin de “preparar al país para que integre la revolución científica y técnica mundial”. Es entonces necesario implantar “un nuevo sistema político”, y “dinamizar a la sociedad socialista para que pueda enfrentar la competencia mundial”. El primer paso en este sentido debe ser la lucha contra la nivelación de los salarios, que favorece “la madurez técnica, la rentabilidad del trabajo y su productividad”. Asimismo, habrá que restablecer “las funciones positivas del mercado”. En consecuencia, hay que combatir el “centralismo burocrático” y reconocer el derecho de crítica e incluso el deber de tomar iniciativas. Esta nueva política impone la rehabilitación de todas las víctimas del stalinismo, la apertura del Partido a la juventud y el establecimiento de una real igualdad entre checos y eslovacos.
Contradicciones y “desbordes”
Votado por unanimidad, el Programa no sólo marca el movimiento de masas, sino también con los dirigentes de la Unión Soviética y de los demás países del Este. Ya superado por el desarrollo de los acontecimientos, antes de su adopción, este programa no haría más que agravar las contradicciones. La primera de ellas se expresó en la cuestión de las rehabilitaciones, que respondían a una exigencia a través de la cual se manifestaban todas las aspiraciones de una sociedad oprimida durante largos años por la burocracia. El Programa de abril quería impulsarlas como condición imprescindible para instaurar la democratización en el país, pero pretendía hacerlo mesuradamente. Esto resultaba imposible porque las rehabilitaciones implicarían forzosamente un cuestionamiento total del sistema, y el sistema era el aparato del Partido, a cuya preservación apuntaba la democratización dubcekiana. Un escritor francés señaló al respecto: “A partir del momento en que se nombra, se señala, se revela la actividad de la 8ª Sección, todo el sistema queda cuestionado”.
La otra consecuencia fue que afectarían las buenas relaciones con la URSS. Para todos resultaba claro que los abominables crímenes del pasado habían sido uno de los efectos de la alianza con los soviéticos.
En torno a este problema de las rehabilitaciones, se producirá el primer agrupamiento político no comunista tolerado por el régimen, que dará pábulo a la prensa rusa para que denuncie, que en Checoslovaquia actúan “fuerzas contrarrevolucionarias”. Tras esa experiencia surgen otras de igual signo, que despiertan la preocupación de Brezhnev. El Número 1 del PC soviético afirma: “Dubcek está siendo desbordado. Los acontecimientos de Praga ponen en peligro las conquistas del socialismo no sólo en Checoslovaquia sino en las demás democracias populares”. Ninguno de los nuevos agrupamientos, clubs o partidos que intentaban formarse, tenía la menor posibilidad de “debordar” a Dubcek. Sin embargo, Brezhnev no se equivocaba, sólo que la amenaza venía de las fábricas (donde se sucedían las reivindicaciones obreras por los salarios y la democratización de la gestión), del seno del propio Partido y de las organizaciones de masa, cuyas bases y militantes exigían participar realmente en la elaboración de la política.
Dentro de esa atmósfera se reiteran los amagos de huelga y las huelgas efectivas. “Prace”, el órgano de los sindicatos, revelaque en 250 empresas (incluidas las más importantes del país), las asambleas generales han destituido a sus antiguos dirigentes y designado otros en su reemplazo.
La movilización permanente de los checoslovacos comienza realmente a perturbar al bloque socialista. Tras una breve visita del primer secretario del PC a Moscú, de magros resultados, el 9 de mayo los dirigentes de Polonia, Bulgaria, Hungría y Alemania oriental, se reúnen en la capital soviética para debatir con los dueños de casa el “problema checoslovaco”. De allí surgirá el compromiso de luchar por todos los medios —menos la fuerza— contra los “elementos antisocialistas” que corroen la autoridad del Partido y obstaculizan la vía propia al socialismo.
En el plano interno, la evidente injerencia soviética produce un endurecimiento de los conservadores. Esto, a su vez desencadena una nueva ofensiva de los obreros, dispuestos a luchar contra ellos bajo la consigna de crear “comités de defensa de la libertad de prensa”, que rápidamente proliferan en Praga y todas las ciudades industriales. Tales comités constituyen una forma auténticamente clasista de organización política que escapa al control del aparato.
En medio de estas luchas, Novotny pierde definitivamente sus chances; lo excluyen del Comité Central y lo suspenden del Partido. Pero al mismo tiempo se suceden las denuncias de los conservadores sobre los peligros que está corriendo el país. Dubcek, una vez más, trata de componer, y a fin de poder cortar las alas a los novotnystas, en quienes ve a los responsables del clima de “nerviosidad y desconfianza” del pueblo, decide convocar al XIVº Congreso del Partido para principios de setiembre. De este modo acepta el repetido reclamo de los progresistas, que saben que el evento posibilitará la creación de instituciones adecuadas para llevar adelante la reforma. El 30 de mayo llegan a Checoslovaquia las primeras unidades del ejército soviético, con bastante antelación al comienzo de unos ejercicios conjuntos que debían comenzar el 20 de junio. La cuestión checoslovaca se ha convertido en una cuestión internacional. Apretado entre la agitación doméstica y la aprensión moscovita, el equipo de Dubcek recurre al único expediente capaz de avanzar su vacilante autoridad, y empieza a poner en práctica el Programa. Una serie de medidas en el campo de la legislación social trata de satisfacer, por lo menos parcialmente, las reivindicaciones obreras. Con ello se logrará cierta desmovilización.
Para enfrentarla y evitar que las cercanas vacaciones acentuaran el reflujo, Ludvik Vaculik y otros intelectuales redactan a fines de junio el conocido manifiesto Dos mil palabras. Moderado en su forma y contenido, constituye sin embargo un texto verdaderamente revolucionario. Por primera vez se plantea el problema crucial de todo país dominado por la burocracia el del poder; la necesidad de la organización independiente para luchar contra el aparato y un llamamiento a la iniciativa y al movimiento de las masas.
A éstas se les propone un programa a través de la lucha por la aplicación real del Programa de Acción.
El momento de la aparición de “Dos mil palabras” es sumamente delicado: acaban de finalizar las maniobras de las tropas del Pacto de Varsovia y están por iniciarse las reuniones preparatorias del XIV° Congreso. Todo lo organismos importantes del Estado se ocupan del hecho. Las opiniones se reparten. Los conservadores propician medidas drásticas. En cambio, los liberales no quieren dramatizar el asunto temiendo que la crisis se agudice si aquellas se adoptan. Finalmente, el Presidium emite una resolución condenatoria del manifiesto, que ha conseguido una amplísima adhesión en el pueblo.
En efecto, los principios de la democracia obrera, tal cual los pregonan sus firmantes, están en el centro de las preocupaciones de numerosos militantes. Ello se refleja en la elección de los delegados al Congreso, que se lleva a cabo en todo el país, y de donde surgen muchos hombres nuevos, y en la atenta escucha prestada por los trabajadores a los intelectuales. De este modo se delinea una tendencia que busca conscientemente reasumir las antiguas tradiciones revolucionarias, sobre todo las de Lenin y su partido bolchevique, por encima del aparato. La situación también influye en los estudios preparatorios de los estatutos del Partido, que incluyen vigorosas críticas al “centralismo burocrático” y reivindicaciones como la del derecho de la minoría a formular su punto de vista.
Sumados, el ejercicio de la democracia obrera y “Dos mil palabras” resultaban intolerables para los restantes países del bloque. El ejemplo checoslovaco, que permitiría la destrucción “legal” del aparato, la restauración de la democracia interna, la revalorización del Partido como vanguardia del socialismo, podía volverse un precedente demasiado nefasto. A partir de la primera semana de julio, esto se vio claramente en las reacciones de la prensa de la URSS, Polonia, Alemania oriental, Bulgaria y Hungría. Semejante animadversión se prolongará hasta la entrada de los tanques soviéticos en Praga.
Los “Cinco” a la ofensiva
Entre el 14 y el 15 de ese mes, los “Cinco” se reúnen en Varsovia. Esta vez las advertencias son más directas que en mayo. En una famosa Carta, esos regímenes atacan el “nuevo curso” checoslovaco y se ofrecen a acudir en auxilio del país para “salvar el socialismo”. Dubcek demora su publicación y es el presidente de la Asamblea Nacional, Josef Smorkovski, elegido para ese cargo el 18 de abril, el encargado de darla a conocer a la opinión. La repulsa de la población es unánime. El presidium responde la carta refutando todas sus apreciaciones y reiterando su propuesta de negociar bilateralmente con cada uno de los “Cinco”, en territorio checoslovaco.
Moscú acepta la cita. El 29 prácticamente todo el Politburó soviético acude a Cierna-nad-Tisòu a entrevistarse con los miembros del Presidium. Hasta el 1° de agosto, en un clima “pesado” gracias a los redoblados ataques de prensa de los “Cinco” y al desarrollo de grandes maniobras soviéticas sobre la frontera con Checoslovaquia, ambas partes exponen sus puntos de vista. Los visitantes presionan; sus interlocutores explican, y se habrían comprometido a controlar más de cerca la democratización. En todo caso, unos y otros resuelven ampliar las negociaciones con la presencia de los “Cinco”, el 3, en Bratislava. La conferencia dura apenas unas horas. A su término, se expide un comunicado (la “Declaración de los seis Partidos Comunistas”), muy formal y ambiguo, donde se repiten algunos lugares comunes sobre la “solidaridad inquebrantable”, la “cooperación” y la “fundamental importancia del Pacto de Varsovia”.
Al día siguiente, Dubcek aparece en la televisión praguense para informar al pueblo que la democratización continúa. La prensa internacional habla de “victoria” del primer secretario, pero los hechos indicarán que en Bratislava su suerte ha quedado sellada.
En las semanas sucesivas, los dirigentes checoslovacos reciben la visita del mariscal Tito (el 9) y del rumano Ceausescu (el 15). La simpatía popular hacia esos líderes ariscos a los dictados del Kremlin crea cierto clima de seguridad en el aparato dubcekiano y tal vez permite a sus miembros pensar que una “resistencia” a Moscú en las actuales condiciones pondrá bajo su conducción a la corriente protestataria interna. Sin embargo, hay que computar también las entrevistas de Dubcek con el alemán oriental Ulbricht (el 12) y con el húngaro Janos Kadar (el 17, día de la partida de Ceausescu) para contrapesar ese juego de alianzas o apoyaturas que Praga parece haber comenzado a fin de defender su experimento. El 18, el Comité Central soviético se enfrascará durante dos días en una sesión extraordinaria. El tema único a tratar es la insoportable situación checoslovaca.
El 20 a la noche, las unidades blindadas del Pacto de Varsovia cruzan la frontera en dirección a Praga.
Ese viento del Este que abatirá la Primavera iniciada en enero, pone punto final al arbitraje de Dubcek. Este, a partir de la necesidad de la reforma limitada del sistema burocrático, había luchado contra una política represiva para evitar la revolución política, y contra el movimiento de masas so pretexto de evitarle la represión. El movimiento de masas lo vio como su intercesor ante el Kremlin, y el Kremlin como un instrumento para canalizar a aquél, si era posible. De aquí la ambigüedad del primer secretario, sobre la cual descansaba su gran popularidad. De aquí también su impotencia para seguir siendo el mediador, el conciliador, entre un aparato poco independiente y las capas políticamente activas de la sociedad. Doce años antes, otro apparatchik comunista, propiciador de una reforma que frenase el ascenso de las masas y partidario de un socialismo con cara humana, había pensado como él que cuando las masas están descontentas no hay que cambiar las masas, sino la política o los dirigentes., Se trataba del húngaro Imre Nagy, ejecutado por “contrarrevolucionario”. Seiscientos mil hombres armados por la URSS y los “Cinco” completaron la invasión de Checoslovaquia el 21 de agosto. Si el desplazamiento de esa tropa, fogueada por recientes maniobras, constituyó un éxito, no puede decirse lo mismo de la operación política que le diera lugar. El “Pravda” moscovita del 22 explicaba la “intervención fraternal” aludiendo al “pedido de los responsables del PC checoslovaco y de los hombres de Estado del país”. Asimismo, justificando la prisa del Pacto por acudir en auxilio de esos dirigentes, agregaba que no se debía solamente a la actividad del “grupo minoritario de Dubcek”, sino también a la amenaza del “revanchismo oeste-alemán”. El problema fue que al llegar los tanques al corazón de Praga, no había indicios de la presencia de los alemanes de Bonn… ni rastros de quienes solicitaran el envío de los blindados fraternos.
Dubcek, Smrkovski y Cernik son arrestados por los ocupantes. La misma suerte les cabe a otros miembros del presidium y el Comité Central, pero el presidente Svoboda rechaza las imposiciones de los soviéticos en el sentido de que avalase la formación de un gobierno “obrero y campesino”, y parte a Moscú a negociar. En la capital rusa están detenidos los principales dirigentes de Praga, para quienes los invasores, por imprevisión de aquellos que “solicitaron su auxilio”, no saben hallar reemplazantes dispuestos a colaborar.
Ello no significa que no los hubiese. Pero la movilización masiva con carácter de resistencia, el estrechamiento de las filas populares en torno a su Partido, el apoyo incondicional a la plana mayor de la Primavera de Praga, hace poco rentable políticamente la eventualidad de utilizar a hombres de paja. Para colmo, el 22, ya presos Dubcek y sus amigos, el PC checoslovaco consigue organizar en la clandestinidad el XIVº Congreso, en principio anunciado para setiembre, que cobra por este motivo carácter de extraordinario. Los delegados se las ingenian por todos los medios para asistir a él (se disfrazan, viajan hasta en ambulancias y bicicletas), y en una atmósfera apasionada y silenciosa, declaran que la ocupación extranjera viola la soberanía nacional y que en el país no existe “ni contrarrevolución ni peligro para el socialismo”; renuevan su confianza en los dirigentes arrestados y amenazan con lanzar una huelga general si no se inician inmediatamente tratativas para la partida de las tropas extranjeras.
Ante esta situación explosiva, que puede conducir a resultados revolucionarios, la URSS cambia su juego. Ahora precisa interlocutores libres de movimiento y con representatividad. La extraordinaria resistencia del pueblo checoslovaco; el rechazo de los imprenteros a publicar las proclamas del ocupante; la organización de una red de radios clandestinas, que mantiene constantemente informada a la ciudadanía y le transmite consignas; la propaganda surgida espontáneamente para desmoralizar a las tropas invasoras mediante el uso combinado de demostraciones de fuerza, de argumentaciones políticas y de humor; las manifestaciones callejeras, en la boca misma de los cañones del Pacto de Varsovia; los centenares de artimañas puestos en práctica para confundir a los soviéticos, y sobre todo la organización de la población, evidenciada magistralmente en la reunión del XIVº Congreso, obliga a sacar de su encierro al “gupo minoritario de Dubcek”. Estos hombres, ayer tratados de contrarrevolucionarios, serán trasladados desde sus celdas a los salones del Kremlin. Allí se les pedirá que “hagan lo que sólo ellos pueden hacer: alzar una vez más una barrera mediante sus personas, su prestigio y su autoridad, que proteja al aparato contra las masas e imponer a estas últimas lo que se llamará la ‘normalización’”.
Quizás nunca como en esta oportunidad, se haya empleado mejor el término. La Primavera de Praga, que acababa de expirar, fue, efectivamente, un intento —si bien ambiguo— de instaurar lo anormal.
Con las palabras de Pierre Broué, “el mito de Dubcek, su compromiso con la burocracia bajo el rótulo de ‘socialismo con cara humana’, ya no constituye actualmente en Praga una verdadera pantalla entre los obreros y las perspectivas de la revolución política. Pero aún puede servir a los burócratas, tanto en la Unión Soviética, contra la revolución política, como en los países capitalistas, contra la revolución socialista, manteniendo sobre todo la ilusión, entre los trabajadores del Este y del Oeste, de que la burocracia sería capaz de reformarse a sí misma”.
Bibliografía
Garaudy, Roger: Ya no es posible callar, Caracas, Monteavila, 1972.
Dubcek, Alexander: La vía checoslovaca al socialismo, Barcelona, Ariel, 1968.
Sik, Ota: Sobre la economía checoslovaca, Barcelona, Ariel, 1971.
Varios: Checoslovaquia 68, Bs. As., Replanteo, 1968.
Nagy, Laszlo: Democracias populares, Barcelona, Aymá, 1969.
Fejtö, François: Histoire des democraties populaires, París, Seuil, 1952,
Broué Pierre: Le printemps des peuples commence á Prague, Paris, La Verité. 1969.
Tigrid, Pavel: Praga —1948— agosto ‘68. Milán. Jaca Book, 1968.
Varios: Praga ora zero, Roma, Trapani, 1968.
Checoslovaquia según Sartre
Los checos y los eslovacos tuvieron la impresión de que una mampostería enorme les caía en la cabeza, y se rompía destrozando todos los ídolos. Fue, me imagino, un penoso despertar. ¿Despertar? Quizá la palabra no sea justa porque, como escribe uno de ellos, no hubo demasiada sorpresa: les parecía haber sabido desde siempre lo que ahora les decían de golpe. Por lo demás, lejos de encontrar un mundo de vigilia y de plena luz, todo les parecía irreal; los que asistieron a los procesos de rehabilitación volvieron consternados: se absolvían muertos con los mismos discursos, las mismas palabras que habían servido para condenarlos. Ciertamente: ya no era criminal vivir. Pero eso se sentía y no podía probarse: la mentira institucionalizada permanecía. Inerte, intacta. Testigos de un derrumbe gigantesco y lejano, olían algo podrido en el reino soviético; sin embargo, se enteraban por fuentes autorizadas de que en casa, el modelo importado de la URSS nunca había caminado mejor. La máquina funcionaba perfectamente. Todo había cambiado, nada había cambiado. Khruschev lo hizo notar muy bien cuando el pueblo húngaro quiso sacar inoportunas consecuencias del XX Congreso. Evidentemente, los checoslovacos ya no creían en la mentira institucionalizada, pero tenían mucho miedo de no creer ya en nada. Habían vivido, hasta ese momento, en lo que uno de ellos llama “la niebla socialista; ahora que se disipaba un poco, podían censar los daños: la economía —arrasada— amenazaba arruinarse; las fábricas, envejecidas, vendían —sin preocuparse por las exigencias reales de la coyuntura— productos de mediocre calidad; el nivel de las capacidades técnicas y profesionales bajaba día a día; los “conocimientos humanistas disminuían irresistiblemente” (Kundera); el país se ignoraba a sí mismo, puesto que la mentira oficial y el falseamiento de las estadísticas habían aplastado el antiguo saber y detenido las encuestas y las investigaciones socioeconómicas sobre su realidad. Y no vayamos a creer, sobre todo, que los dirigentes conocían la verdad y la escondían: la verdad no existía, simplemente, y nadie disponía de los medios para establecerla. La juventud, sin ninguna duda, era la peor dotada: “El saber de los jóvenes es parcelado, atomizado, deshilvanado, la escuela media es incapaz de brindar a los alumnos una visión de conjunto de lo que sea, incluyendo a nuestra historia nacional; y ni hablemos de la historia universal: la carencia pedagógica en esta materia es desesperante” (Goldstücker). Nuestros testigos se hallaban en un país desconocido, en un planeta desconocido, entre el Este secreto y el Oeste perdido. Sospechaban que el discurso bufonesco y trágico sobre los “delitos de Stalin” encontraría su verdad si se lo integraba a un análisis marxista de la sociedad soviética. Pero ¿que confianza podían tener en el marxismo cuando la cosa en el poder no dejaba de autoproclamarse su dueño? Si era la mentira oficial ¿cómo podía ser, al mismo tiempo, la verdad? Y si había dos marxismos, uno verdadero y un falso: ¿cómo serían capaces ellos, productos del falso, reconocer al verdadero? Se dieron cuenta entonces de que, en esa tierra ignorada, los indígenas más desconocidos eran ellos mismos. Se dice que el convencional Joseph Le Bon, interrogado por sus jueces, en 1795, sobre las razones de su política represiva en Pas-de-Calais, respondió con una especie de asombro: “No comprendo… todo pasó tan rápido…” Nada iba muy rápido en la Checoslovaquia del 48 al 56, pero había sin duda, —fatiga, costumbre, resignación, falta de imaginación, voluntarismo de la ilusión— una opaca verosilimitud de lo inverosímil, una normalidad de lo anormal, una vida cotidiana de lo invivible y la bruma envolviendo eso. De la bruma, rota, no quedaban sino harapos arrastrándose sobre la llanura y esos hombres desengañados se decían, también ellos: no comprendo. ¿Quiénes eran después de haber vivido lo invivible, tolerado lo intolerable, encarado la destrucción de su economía para la construcción de la economía socialista, abandonado la razón por la fe en nombre del socialismo científico y, para terminar, reconocido errores o confesado crímenes que no habían cometido? No podían recordar su vida pasada, medir el “peso de las cosas hechas y dichas”, evocar el más íntimo de los recuerdos, sin caer en el ligero desvarío que Freud denomina extrañamiento.
El manifiesto de las 2.000 palabras
El 27 de junio de 1968, bajo el título “Dos mil palabras”, sesenta y seis personalidades checoslovacas expresaban sus sentimientos sobre las lentitudes y perspectivas de la democratización. Este artículo fue primero recibido con reservas por los dirigentes de Praga. Luego, los soviéticos y los comunistas “ortodoxos” se desencadenaron contra los autores de este texto, que es, según ellos, el manifiesto de la “contrarrevolución”. El asunto de las “Dos mil Palabras” ha jugado un gran rol en la crisis actual:
“La mayoría de la nación había aceptado el programa del socialismo con un sentimiento de esperanza. Pero los controles del Estado no cayeron en buenas manos. Que los dirigentes carecieran de experiencia como estadistas, de conocimientos prácticos o de cultura filosófica, no hubiera tenido importancia si hubieran sido capaces de escuchar las opiniones de los demás, y si se hubieran dejado reemplazar poco a poco por gente más capaz.
El partido comunista, que luego de la guerra poseía la confianza del pueblo, ha trocado gradualmente esa confianza por puestos, hasta detentar solo todos los cargos, y nada más. La situación en el interior del partido comunista sirvió de modelo y provocó una situación similar en el Estado. El hecho que el partido comunista estuviera ligado al Estado, lo llevó a perder las ventajas del alejamiento del Poder Ejecutivo. No había críticos de las actividades del Estado y de las organizaciones económicas. El Parlamento olvidó los procedimientos parlamentarios, el gobierno olvidó cómo se gobierna y los dirigentes olvidaron cómo se dirige. Las elecciones dejaron de tener significado, y las leyes perdieron su valor. Nosotros no podíamos contar más con nuestros representantes en ninguna organización. Si bien podíamos tenerles confianza, no podíamos pedirles nada, pues ellos nada podían hacer. Peor aún, ya no podíamos tenernos confianza los unos a los otros. El honor personal y colectivo declinaba. El aparato decidía lo que debía o no debía hacerse. Era él quien dirigía las cooperativas en lugar de los miembros de éstas, las fábricas en vez de los obreros y las organizaciones nacionales, en lugar de los ciudadanos. Ninguna organización pertenecía realmente a sus miembros, ni siquiera las organizaciones comunistas.
La falta principal y la mayor mentira que utilizaron estos dirigentes fue la justificación de esta arbitrariedad diciendo que ésa era la voluntad de los obreros.
Si debemos creer en este engaño, sería necesario acusar hoy a los obreros de ser responsables de la declinación de nuestra economía, de crímenes perpetrados contra personas inocentes, de la instauración de la censura que impedía que todo eso fuera publicado. Serían así los trabajadores los responsables de las inversiones erróneas, de las pérdidas comerciales y de la crisis de la vivienda. Naturalmente, ninguna persona sensata cree en esta culpabilidad de los trabajadores. Cada uno sabe que la clase obrera no decidía prácticamente sobre nada; los funcionarios obreros eran propuestos por otros. Muchos obreros creían que tenían el poder, pero éste era ejercido en su nombre por un grupo de funcionarios del partido y del aparato del estado especialmente entrenados para ello. Desde el comienzo de este año, nos encontramos en el renacimiento del proceso de democratización. Eso ha comenzado en el partido comunista. Debemos decirlo, y aquellos de entre nosotros que están fuera del partido, y que hasta hace poco no esperaban de nosotros nada bueno, lo saben también. Debemos añadir que este proceso no hubiera podido comenzar en otra parte. Solo los comunistas han podido vivir durante veinte años una cierta vida política.
Solo la crítica comunista estaba en condiciones de evidenciarse. Solo la oposición dentro del partido comunista tenía el privilegio de estar en contacto con el enemigo. La iniciativa y los esfuerzos de los comunistas democráticos no son sino el pago de la deuda contraída por el conjunto del partido hacia la gente no perteneciente a él, y que éste mantenía en situación de desigualdad. Es por eso que no cabe el agradecimiento hacia el partido comunista, si bien hay que reconocer que éste se esfuerza honestamente por utilizar esta última ocasión de salvar su honor y el de la nación. El pueblo temía, hace un tiempo, que el proceso de democratización se hubiera detenido. Esta impresión era debida en parte a la fatiga de la efervescencia de los acontecimientos y, parte al hecho de que la temporada de las revelaciones sensacionales, de las renuncias de personajes altamente colocados y de los discursos de intoxicación de una brutalidad verbal sin precedentes, había pasado. Sin embargo, la explicación es sencilla: la lucha entre las fuerzas se ha vuelto menos visible. El combate se libra ahora por el contenido y la aplicación de las leyes, por la amplitud de las medidas prácticas que se toman.
De todos modos, solo tendremos con los otro países relaciones de igual a igual, si mejoramos nuestra situación interna y si llevamos el renacimiento hasta llegar un día a realizar elecciones que permitan elegir estadistas dotados de suficiente coraje, honor y madurez política como para establecer y mantener tales relaciones. Dicho sea de paso, este es el problema de todos los pequeños estados del mundo. En esta Primavera, como al finalizar la guerra, se nos ofrece una gran oportunidad: nuevamente tenemos la posibilidad de tomar en nuestras manos nuestra causa común, que nosotros llamamos socialismo, y la posibilidad de darle una forma que corresponda mejor a la buena reputación que teníamos, y a la opinión relativamente buena que teníamos en otros tiempos de nosotros mismos. Esta Primavera recién ha terminado. No volverá jamas. Este invierno sabremos todo.
Con esto, concluimos nuestra declaración a los trabajadores, campesinos, funcionarios, artistas, sabios, técnicos y a todo el mundo. Esta declaración ha sido hecha por sugerencia de científicos.”
(Fragmentos)
Habla Fidel Castro
“Nosotros por nuestra parte, no teníamos ninguna duda que el régimen checoslovaco evolucionaba peligrosamente hacia un cambio sustancial en el sistema. Eh dos palabras: que el régimen checoslovaco marchaba hacia el capitalismo y marchaba inexorablemente hacia el imperialismo. De eso nosotros no teníamos la menor duda.
Yo me pregunto, a la luz de los hechos y a la luz de la amarga realidad que llevó a los países del pacto de Varsovia a enviar sus fuerzas para aplastar la contrarrevolución en Checoslovaquia, y apoyar allí —según declaran— a una minoría frente a una mayoría con posiciones de derecha, si cesarán de apoyar también en la América latina a esas direcciones derechistas, reformistas, entreguistas, conciliatorias, enemigas de la lucha armada revolucionaria, que se oponen a la lucha de liberación de los pueblos.
Y ante este ejemplo, ante esta amarga experiencia, me pregunto si los partidos de esos países, consecuentes con la decisión tomada en Checoslovaquia, dejarán de apoyar a esos grupos derechistas y traidores al movimiento revolucionario en América latina.
Ciertamente, nosotros no creemos en las posibilidades de mejoramiento del campo socialista con el imperialismo en las condiciones actuales. Y realmente bajo ninguna condición mientras exista tal imperialismo. No creemos ni podemos creer en las posibilidades de mejoramiento del campo socialista con el gobierno imperialista de Estados Unidos mientras tal país represente el papel de gendarme internacional, enemigo de la revolución en todo el mundo, agresor de los pueblos y opositor sistemático de las revoluciones en todo el mundo. Y mucho menos creemos en ese mejoramiento en medio de una agresión tan criminal y tan cobarde como la agresión a Vietnam.
Ciertamente nuestra posición sobre esto es bien clara: o se es consecuente con las realidades del mundo o se es realmente internacionalista y se apoya realmente, decididamente, al movimiento revolucionario en el mundo, y las relaciones entonces con el gobierno imperialista de Estados Unidos no podrán ser mejoradas o las relaciones con el gobierno imperialista de Estados Unidos se mejoran, pero sólo a costa de dejar de apoyar de manera consecuente el movimiento revolucionario en el mundo. “En la declaración de Tass, al explicar la decisión de los gobiernos del Pacto de Varsovia, en su último párrafo se declara: “Los países hermanos oponen firme y resueltamente su solidaridad inquebrantable a cualquier amenaza del exterior. Nunca se permitirá a nadie arrancar ni un solo eslabón de la comunidad de Estados socialistas.” Y nosotros nos preguntamos: ¿Esta declaración incluye a Vietnam? ¿Esta declaración incluye a Corea? ¿Esta declaración incluye a Cuba? ¿Se considera a Vietnam, Corea y Cuba como eslabones del campo socialista que no podrán ser arrancados por los imperialistas?
En aras de esta declaración se enviaron las divisiones del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia. Y nosotros: ¡¿Serán enviadas también las divisiones del Pacto de Varsovia a Vietnam si los imperialistas Yanquis acrecientan su agresión contra ese país el pueblo de Vietnam solicita esa ayuda?! ¡¿Se enviarán las divisiones del Pacto de Varsovia a la República Democrática de Corea si los imperialistas yanquis atacan a ese país?! ¡¿Se enviarán las divisiones del Pacto de Varsovia a Cuba si los imperialistas yanquis atacan a nuestro país o incluso ante la amenaza de ataque de los imperialistas yanquis a nuestro país si nuestro país lo solicita?!
Nosotros aceptamos la amarga necesidad que exigió el envío de esas fuerzas a Checoslovaquia, nosotros no condenamos a los Países socialistas que tomaron esa decisión. Pero sí nosotros, como revolucionarios y partiendo de posiciones de principio, tenemos el derecho a exigir que se adopte una posición consecuente en todas las demás cuestiones que afectan al movimiento revolucionario en el mundo.
Sobre nuestro país, para qué ocultar que se habrán de cernir grandes peligros. Casi se frotan las manos de gusto los partidarios de la agresión armada militar a Cuba. Hoy mismo tenemos aquí un cable ya abogando en ese sentido. Nosotros debemos decir cómo vemos las cuestiones. ¿Acaso es el principio de la soberanía? ¿Acaso es la ley lo que ha protegido y protege a nuestro país frente a la invasión yanqui? Nadie cree eso. Si fuera la ley, si fuera el principio de la soberanía lo que protegiera a nuestro país, hace rato que esta revolución habría desaparecido de la faz de la tierra. Lo que ha protegido esta revolución, lo que la hizo posible, fue la sanare de los hijos de este pueblo, la sangre luchando contra los esbirros y los ejércitos de Batista, la sangre luchando contra los mercenarios, la disposición aquí de morirse hasta el último hombre en defensa de la revolución demostrada en la crisis de octubre, la convicción que tienen los imperialistas de que aquí jamás podrán escenificar una maniobra o un paseo militar. Lo que defiende a esta revolución no es un principio abstracto, legal, reconocido internacionalmente.
¡Lo que defiende a esta revolución es la unidad de nuestro pueblo, su conciencia revolucionaria, su espíritu de combate, su decisión de morir hasta el último hombre en defensa de la revolución y de la patria!”
(Fragmentos)
Oscar A. Troncoso
© 1973
CEAL - Centro Editor de América Latina. Cangallo 1228
Indice
Conquista y ocupación del Tercer mundo
Civilizaciones prehispánicas de América
Estructura de las colonias españolas
Motivos económicos del saqueo colonial
El imperialismo inglés y el librecambio
En el estudio del proceso de expansión europea sobre América, Asia y Africa, muchas veces los historiadores distrajeron su atención con hechos anecdóticos. Los fantásticos relatos de Marco Polo sobre sus andanzas en China, Birmania y Japón se trasmitieron como leyendas por varios siglos; la prioridad de Erico el Rojo o Cristóbal Colón en el descubrimiento de América ocupó a numerosos eruditos; los conocimientos de navegación de portugueses y españoles no dejaron también de ser considerados desde el punto de vista de los preceptos teológicos.
En cambió, Erasmo de Rotterdam puso de relieve en sus escritos la necesidad de impulsar un estudio científico desligado de las ataduras dogmáticas religiosas. El sentido crítico de los escritores humanistas posibilitó el encuentro de una nueva visión del mundo y Nicolás Copérnico osó sostener que la Tierra no era el centro del sistema planetario. La dominación de la península balcánica y Constantinopla por los turcos, entre otros hechos políticos, dificultaban el comercio con Oriente, por lo que se imponía la necesidad de buscar la vía marítima de conexión con las Indias para la provisión de artículos suntuarios (sedas, perfumes, terciopelos, porcelanas) y, en particular, las especias, que dejaban grandes beneficios a los comerciantes. Dicho proyecto se tornó factible con el conocimiento de la brújula, el empleo del compás y la nueva teoría, que ganaba adeptos, acerca de la redondez de la Tierra.
Durante el período que abarcan los siglos XV al XX se produjo una expansión colonial que fue, fundamentalmente, incentivada por el afán de lucro y se ejecutó “sobre sociedades precapitalistas con diferente expresión de modos de producción primitivo”. En ellas existía la explotación, observó Luis F. Rivas, “pero estable ida a partir de una determinada relación de equilibrio ecológico y social que fue destruida, dislocada, deculturada. Esta acción operará en dos niveles que podemos llamar estructural y superestructural. En el primer caso la destrucción, paralización o modificación de la economía será consecuencia inmediata: allí donde el campesino (recolector o cazador) había obtenido una combinación estable de recursos para sostener un nivel de vida mínimo, la movilización separada y diferenciada de esos recursos como objetos de compraventa puso en peligro esa relación mínima. En todas partes el predominio de las mercaderías produjo una crisis ecológica”. En el aspecto superestructura) “debe reconocerse que si bien las sociedades tradicionales mantenían una común finalidad con la clase dirigente y con los objetivos sagrados —agregó el mismo autor refiriéndose a las zonas coloniales—, los europeos incorporan con su nueva explotación de la tierra, objetivos que sólo tienen como destinatario el provecho máximo y la gloria particular de ellos mismos”. Las características principales del proceso de la conquista quedan resumidas en las pautas mencionadas: los colonizadores buscaban riquezas fáciles y la formación de una economía basada en la producción de excedentes; los colonizados, en cambio, tenían el sentimiento de participar en un trabajo que ni redundaba en beneficio de su sociedad tradicional ni la transformaba de manera positiva y superadora. Ese es el hilo de Ariadna de la expansión europea y la ocupación colonial.
El primer imperio mundial
El cuarto hijo del rey de Portugal, Juan I, fue el pionero de los descubrimientos portugueses, después de participar en expediciones contra los musulmanes en Marruecos. Hacia 1415 el príncipe Enrique se dedicó a estructurar una escuela de navegación, astronomía y geografía, en la que se reunió la mayor cantidad posible de informes sobre tierras desconocidas, libros y mapas. Merced a esos datos, los portugueses lograron llegar, sucesivamente, al cabo Bojador (1433), al cabo Blanco y al cabo Verde (1441), al Ecuador (1471), la desembocadura del Congo (1485). Dos años después una gran tempestad arrastró a Bartolomé Díaz hacia el sur y alcanzó el Océano Indico, aunque no llegó a conocer su destino. A su regreso bautizó a la punta sur de Africa con el nombre de Cabo de Buena Esperanza, tales eran sus anhelos de retornar a Lisboa. En 1498 el decidido Vasco de Gama retomó el camino recorrido por Díaz, remontó la costa oriental de Africa, pasó por Mozambique y finalmente arribó a la India, superando los temores y la superstición de la tripulación, que creía en la existencia de monstruos marinos, en zonas de aguas hirvientes y en piedras que atraían a los barcos al fondo del mar para provocar su naufragio. Despejado el camino de las Indias por el Océano Indico, los portugueses comenzaron a tomar todas las medidas para usufructuar su descubrimiento con exclusividad. En primer término impusieron el terror, destruyendo a los barcos extranjeros que encontraban en la ruta recién abierta, y Alfonso de Albuquerque, sucesor de Vasco de Gama, reforzó el dominio apoderándose de Socotora y Adén (1513) en la entrada del mar Rojo y de Ormuz (1515), el lugar más estratégico del golfo Pérsico, llegando a controlar los puertos más importantes de los únicos caminos que habían de seguir las mercancías de Oriente para llegar al Mediterráneo. El primer gran imperio colonial de Europa siguió avanzando hacia el este, ocupó Malaca (1511), en el estrecho que separa el golfo de Bengala del mar de la China, luego Java, las Molucas, llegó a Cantón (1517), en la costa China. Tres años más tarde una embajada portuguesa era recibida en Pekín.
Portugal era un país demasiado pequeño para defender sus dominios, tan increíblemente extensos para la época, por lo que se limitó a ocupar cierto número de lugares en la costa, sin intentar internarse en los territorios. Acumulaba productos exóticos, particularmente las solicitadas especias, que eran despachados a la metrópoli.
“Las comunidades agrícolas de Europa, antes del siglo XVII al menos, padecían un déficit crónico de forraje de invierno para el ganado —puntualizó J. H. Parry en ‘Europa y la expansión del mundo’—. Gran cantidad de bestias tenían que ser sacrificadas cada otoño, y su carne conservada para el consumo invernal, salándola o adobándola. De ahí la constante e inagotable demanda de especias para el condimento y la conservación. La sal era el preservador más común y barato, y mucha de la provisión de sal de la Europa occidental venía de Portugal. Aparte de la sal, las especias preservadoras se producían todas en los países tropicales: la pimienta, la especia más común, en la India; la canela, en Ceilán, y la nuez moscada y la macis en Célebes y otras islas de las Indias Orientales. El jengibre era un producto chino, aunque una clase inferior se daba también en Malabar. El clavo, la más preciada de las especias preservadoras, venía de la más reducida área productora, unas cuantas islas pequeñas del grupo de las Molucas.”
Albuquerque, con sus oportunos ataques a los árabes, se constituyó en la pieza fundamental del comercio portugués porque con la destrucción de sus competidores provocó la escasez de especias y su consiguiente alza de precio. Los venecianos, que monopolizaban su comercialización, eran sus principales compradores, y cuando éstos pretendían fletar sus propias naves, la corona portuguesa, en Ceuta, les impedía el paso por el estrecho de Gibraltar. Sin descuidar detalles, el verdadero fundador del imperio colonial portugués envió al Papa un hermoso elefante de regalo. León X accedió a las peticiones de Albuquerque y mediante una bula dio su bendición a Portugal, concediéndole todas las tierras que conquistara a los infieles, no sólo en Africa y en la India sino en cualquier otra región. El nuevo modo de vida impuesto a los pueblos asiáticos tuvo vastas consecuencias, señaló K. M. Panikkar. En primer término, predominó el poder marítimo sobre el terrestre; las comunidades orientales, que basaban su economía sobre la producción agrícola y el mercado interno, debieron abastecer repentinamente las necesidades del comercio internacional; y la irrupción europea provocó la aparición de una clase comercial nativa, aliada con intereses mercantiles foráneos.
Las Indias Occidentales
En esa época los mayores emporios comerciales eran Venecia y Génova; Florencia, en cambio, fue el prototipo del centro industrial. En esta última florecieron los establecimiento de crédito, bancos y de cambios.
La riqueza florentina era de tal magnitud que le permitía tener ejércitos a sueldo y hacer grandes empréstitos a los reyes. Una familia de banqueros, la de los Médici, llegó, en el siglo XV, a ser tan poderosa que tuvo bajo su completo dominio a la ciudad. Por su parte, los venecianos se jactaban de ser los dueños del Adriático: disponían de una flota de 3.100 barcos y se decía que poseían todo el oro de la cristiandad. Los genoveses se enriquecieron con las Cruzadas y tenían grandes condiciones para la navegación. Las caravanas que atravesaban Turquestán llegaban a orillas del mar Caspio y seguían luego hasta el Mar Negro, donde cargaban los barcos genoveses, que tenían almacenes fortificados en los principales puertos musulmanes del Mediterráneo Oriental. La caída de Constantinopla en mano de los turcos y su establecimiento a orillas de ese mar tuvo como inmediata consecuencia la ruina del comercio de Génova. Precisamente un navegante genovés, Cristóbal Colón, que creyó posible el viaje a las tierras de las especias por el oeste, descubrió América por un error de cálculo, porque supuso que en el lugar en que está ubicada la isla de San Salvador encontraría a Japón. Sin saberlo, conquistó para España nuevas tierras, a las que, persistiendo en su equivocado concepto, llamó Indias Occidentales. Los tres nuevos viajes de Colón, durante los cuales descubrió las Antillas y tocó el continente americano, llegando a la desembocadura del Orinoco, hicieron pensar a muchos que los nuevos territorios no pertenecían a Asia. En previsión de que así fuera, el rey de Portugal, Juan II, decidió —entre el primero y segundo viaje de Colón— reclamar su derecho a parte de esa zona. Fernando e Isabel, teniendo en cuenta que el Papa era español y por lo tanto iba a favorecer sus conquistas, solicitaron la mediación de la Santa Sede, única autoridad internacional reconocida entonces. Alejandro VI expidió una serie de bulas que confirmaban la posesión española sobre las nuevas tierras y trazando una frontera imaginaria de norte a sur, cien leguas al occidente de las islas Azores y de Cabo Verde, dispuso que la tierra y el mar al oeste de dicha línea sería el área de exploración exclusiva para Colón y los navegantes que le siguieran a las órdenes de la corona. Portugal manifestó su discrepancia y, merced a la labor de sus diplomáticos plenipotenciarios, logró que la línea que servía de límite fuera trasladada 270 leguas más al oeste. Gracias al tratado de Tordesillas, firmado en 1494 de acuerdo con el arbitraje papal, los portugueses tuvieron derechos legales sobre Brasil, aún no descubierto. A pesar del monopolio concedido por el Papa a los soberanos españoles, varias expediciones rivales habían partido hacia el Nuevo Mundo, como algunos lo denominaban. Enrique VII de Inglaterra concedió licencia a Juan y Sebastián Caboto, quienes en 1497 recorrieron la mayor parte de las costas de América del Norte, desde Groenlandia por el Labrador, Terranova, Nueva Escocia y Nueva Inglaterra. El florentino Américo Vespucio visitó en 1499 las costas de América del Sur, ya reconocida por Colón, y escribió una serie de cartas que, en una compilación alemana, tuvieron gran difusión, por las interesantes narraciones de sus viajes. A este hecho atribuyen la mayor parte de los eruditos que, finalmente, prevaleciera el nombre de América para designar las nuevas tierras.
Los portugueses Gaspar y Miguel Cortereal exploraron la isla de Terranova en 1500 y Pedro Alvarez Cabral llegó por casualidad al Brasil. Todos buscaban un paso que permitiera atravesar el continente y continuar el camino hacia las Indias: el español Vicente Pinzón descubrió la desembocadura del Amazonas (1500); Juan Díaz de Solís tocó Yucatán y México (1508) y en otro viaje, buscando un paso por el sur, encontró el Río de la Plata (1514), lugar donde fue ultimado por los indígenas. La solución al problema fue lograda por Hernando de Magallanes, un portugués al servicio de España, quien halló el estrecho que luego llevaría su nombre (1520); se internó en un gran océano al que llamó Pacífico y desembarcó en las Filipinas (1521), lugar en el que murió en combate con los nativos. El viaje fue continuado por Sebastián Elcano; éste volvió a Europa por el sur de Africa, llegando a Sanlúcar el 6 de setiembre de 1522, concretando el primer viaje alrededor del mundo, fantástica hazaña de navegación para la época. Anteriormente, por tierra, Vasco Núñez de Balboa atravesó las montañas del istmo de Panamá y descubrió el mismo Océano Pacífico (1513), al que bautizó Mar del Sur, y solemnemente tomó su posesión en nombre del rey de España. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, realizando dos nuevas hazañas, cruzó el nuevo continente desde el Golfo de México hasta el Pacífico (1536) y se internó por el Brasil hasta el Paraguay (1542).
“El foco del universo comercial se desplaza desde el Mar Latino hacia el Atlántico. El sol de Venecia y demás ciudades italianas cae en su ocaso. En esa hora apasionante, la historia tendrá por hijos favoritos a España y Portugal y luego también a Inglaterra, Francia y Holanda —describe el chileno Volodia Teitelboim en ‘El capitalismo y la conquista de América’—. Baja asimismo el telón del brillante acto mercantil que tuvo por escenario predilecto el Mar Báltico. El teatro se ha vuelto inmenso. Abarca la suma de los océanos y cuatro continentes, dos de los cuales, vírgenes, serán brutalmente desflorados por el conquistador.” En Europa la conmoción se advertía con claridad, “despuéblanse las ciudades interiores. Los hombres, en inquietante éxodo, se vuelcan sobre los puertos. Presas del fetichismo del mar, quieren vadearlo cuanto antes, pues sólo la excitante aventura ultramarina pondrá término a la áspera miseria del terruño. Aquel que logra alistarse en el navío que parte hacia el lejano país indiano cree a pies juntillas disponer de un pasaje para la tierra cuajada de minas de oro y plata y de piedras preciosas. Brotan como hongos organizaciones de navegantes y mercaderes. Famosa fue la empresa conocida por el pintoresco título de Misterio y Compañía de los aventureros y mercaderes para el descubrimiento de regiones, dominios, islas y lugares desconocidos, que financia a navegantes, soñadores y piratas, en ese tiempo en que estas categorías solían identificarse”.
Civilizaciones prehispánicas de América
En el momento de su descubrimiento América estaba habitada por pueblos cuya existencia era completamente ignorada por los europeos. Algunos vivían en grupos de chozas formando poblaciones estables que tenían una organización social y productiva no demasiado complicada: cultivaban el suelo o vivían de la caza; existían también grupos nómades. Otras tribus habían llegado a un importante grado de civilización; así fue como en México, América Central y Perú los españoles se encontraron frente a sociedades altamente organizadas. En esa época, los más grandes focos culturales del continente eran los constituidos por los mayas, que vivían en la península de Yucatán, parte de México, Guatemala y Honduras; los aztecas, en México; los Chibchas, en Colombia, y los incas, que ocupaban el actual territorio del Perú. Los conquistadores españoles encontraron a la civilización maya en decadencia: sus ciudades estaban destruidas o estancadas, pero eran un testimonio del brillo de su pasado. Tenían amplios conocimientos astronómicos; su escritura era la más adelantada de las usadas por los aborígenes de América; cultivaban la pintura y descollaban en la alfarería y cerámica. Edificaron grandes y bellísimas construcciones, labraron muy bien la piedra, esculpieron estatuas y sobresalieron en el bajorrelieve.
La Confederación Azteca era, en cambio, una poderosa reunión de diversos pueblos. La tierra pertenecía a la comunidad y la sociedad era de carácter igualitario. No había diferencias sociales y los funcionarios públicos eran electivos y renovables. Sus distintas categorías establecían las únicas diferencias existentes, según el carácter militar, político o sacerdotal del cargo público que desempeñaban. La agricultura era considerada como una labor honrosa: preparaban muy bien la tierra, el cultivo era esmerado y los canales y acequias por ellos construidos aseguraban el riego. Tenían ciudades más importantes que muchas europeas. La capital de México, Tenochtitlán, edificada en medio de un lago, fue descripta con asombro por Hernán Cortés:
“vemos todos los días cosas tan sorprendentes que apenas si podemos dar crédito a nuestros ojos —escribía al emperador Carlos V—. La ciudad es tan grande como Sevilla y Córdoba, las calles principales son muy anchas y muy derechas. Hay varias plazas grandes que sirven de mercado; entre ellas hay una, más grande que la ciudad de Salamanca, rodeada de pórticos, donde más de 60.000 almas compran y venden continuamente y en gran cantidad todos los comestibles y todas las mercaderías que encuentran en el resto del Universo”.
En la meseta de Bogotá (Colombia) estaban radicados los chibchas, que se encontraban divididos en cinco jurisdicciones territoriales en permanente lucha intestina cuando arribaron los conquistadores. Eran tejedores habilísimos, trabajaban los metates y conocían las diferentes aleaciones, sabían construir calzadas bien empedradas y empleaban puentes colgantes hechos con fibras vegetales para vadear los ríos. Los jefes militares y civiles vivían en palacios que eran verdaderas fortalezas y en la ceremonia consagratoria de cada uno de ellos se cumplía un fastuoso ritual: el jefe era despojado de sus ropas comunes y su cuerpo cubierto con una sustancia pegajosa sobre la que espolvoreaban oro en polvo, a sus pies se ofrendaban presentes del dorado metal y piedrerías; luego, acompañado de cuatro grandes sacerdotes, se alejaba en una balsa hasta el centro del lago, donde hacía ofrenda a los dioses arrojando joyas al agua. De allí surgió la leyenda de El Dorado, que hablaba de un país inmensamente rico, donde el soberano “se cubría todos los días con renovada capa de oro”. Esa historia fue un poderoso polo de atracción para los conquistadores y originó gran parte de las expediciones que exploraron el continente. Era la réplica del fabuloso reinado del Preste Juan en suelo asiático. En la misma forma se divulgaron relatos acerca de un imperio situado mucho más al sur, inagotablemente rico. Se trataba de la zona dominada por los Incas, que se extendía desde el sur de Colombia hasta el río Maule, en Chile; su principal escenario era el actual territorio del Perú y parte de Bolivia. Manco Capac, profeta político-religioso que decía descender del sol, fue el unificador de los numerosos grupos culturales del lugar, entre los que se encontraban los aimarás y yuncas; fundó el Cuzco con suntuosos templos y palacios, sólidas fortalezas y estratégicos bastiones defensivos, digna capital de tan vasto imperio. La del Inca era una monarquía de carácter patriarcal y a él pertenecía todo el reino con sus tierras, cereales, ganados, minas y manufacturas; los funcionarios reales estaban encargados de repartir los productos del trabajo entre la población; por ello Louis Boudin escribió sobre “El imperio socialista de los Incas”, pese a que tiene que ver muy poco con la acepción postmarxista del término socialista.
Para la comprensión histórica de la etapa de la conquista y de la primera época colonial es muy importante tener en cuenta la existencia de esas culturas indígenas, tanto por lo que fueron en sí mismas como por la atracción que ejercieron sobre los españoles.
“Ostentaban los mismos caracteres generales que la primitiva del Viejo Mundo —advirtió Salvador Canals Frau en “Las civilizaciones prehispánicas de América”—. Se basaban principalmente en el cultivo de un cereal, el maíz, habían domesticado varios animales, como la llama, el cuis y el pavo. La sociedad estaba estratificada, con esclavitud, aristocracia, monarquía divinizada y trabajo especializado. Por su parte, la técnica contaba con progresos comparables, ya que conoció el trabajo de los metales, las embarcaciones a vela, la cerámica de alta calidad, las construcciones megalíticas; se contaba con un principio de escritura y se disponía de suficientes conocimientos astronómicos y matemáticos como para elaborar con ellos un calendario de 365 días similar al del otro hemisferio.”
No obstante ello, existían disparidades fundamentales. “La civilización indígena americana —agrega el mencionado autor— no dio importancia al principio de la rueda, pese a haberla conocido también, y careció por tanto de rodados y del torno del alfarero. Tampoco conoció el trigo ni la cebada, ni el vidrio ni el hierro ni el verdadero arco arquitectónico y los animales domesticados pertenecen a especies distintas de las euroasiáticas. Ni supo unir la fuerza de tiro de un animal a una azada, por lo que sus cultivos agrícolas ignoraron un instrumento tan útil y simple como es el arado.” La contrapartida fueron algunos adelantos intelectuales del nuevo mundo: “los mayas, por ejemplo, supieron dar un valor distinto a las cifras de acuerdo con su posición e inventaron un símbolo para la nada: el cero. Cosa que nunca llegaron a conocer, no ya los egipcios y sumerios antiguos, sino que ni siquiera los posteriores griegos y romanos”. Los factores decisivos para la conquista fueron la pólvora y las armas de fuego que conocían los europeos y aterrorizaban a los nativos de América. La artillería de campaña y las culebrinas de mano —primer esbozo de fusil— otorgaron poderes políticos y militares. Invistieron al invasor de características sobrenaturales ante los indígenas y contribuyeron en mucho para solidificar su autoridad y apurar la destrucción de las civilizaciones precolombinas.
La conquista española
Como los portugueses en Asia, los españoles en América ocuparon en un principio solamente cierto número de lugares en las costas, sin tratar de penetrar en el interior. En Oriente existían las especias que reportaban pingües ganancias; en las tierras descubiertas por Colón se buscaba oro con febril anhelo. El incentivo que movía a los hombres a internarse en el continente eran las noticias trasmitidas por los indígenas acerca de zonas en que había abundancia del precioso metal. La isla Española (actuales República Dominicana y Haití) fue la base de operaciones desde la cual partieron sucesivas expediciones a las Antillas, Tierra Firme y México.
En somera relación, se destacaron: Juan Ponce de león, que conquistó Borinquen (Puerto Rico, 1508), Diego de Velázquez ocupó Cuba (1511), donde se descubrió el uso del tabaco, que fue adoptado por los europeos; el ya mencionado Ponce de León, buscando la Fuente de Juvencia, que, según se decía, restituía la perdida vitalidad en los cuerpos ancianos, recorrió una por una las islas del archipiélago de las Bahamas (1513) y llegó hasta la península de Florida; Pánfilo de Narváez alcanzó México (1528); Hernando de Soto descubrió el río Mississipi (1541) y realizó incursiones por Florida, Carolina del Sur, Georgia, Alabama y Arkansas. La hazaña que empequeñeció a las mencionadas fue la conquista de México por Hernán Cortés. Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva, en el transcurso de las primeras recorridas por diferentes zonas de América Central, tuvieron datos precisos de la existencia de un imperio de enormes recursos.
El que fuera el prototipo de los conquistadores españoles desembarcó en la costa mexicana en 1519 y fundó el puerto fortificado de Veracruz para asegurarse un punto de apoyo en la costa. Audaz, fanático y valiente, Hernán Cortés tomó decisiones que parecen más dignas de integrar un relato de aventuras fantásticas que páginas de historia real. Quemó sus propias naves para obligar a las tropas a no retroceder jamás; en su conquista fue ayudado por un mito mexicano merced al cual fue confundido con el dios-héroe Quetzalcoalt, que iba a volver como vengador del pueblo azteca; los caballos completaron la escenografía que exaltó la superstición de los indios, pues esos animales, desconocidos por los nativos, resultaban seres fantásticos; las armaduras relucientes con que se cubrían los soldados y los cañones, cuyos disparos les parecían truenos portátiles, convencieron al emperador Moctezuma y a su corte de la inutilidad de una resistencia contra lo sobrenatural y aceptaron el predominio de Cortés. Los invasores se excedieron y provocaron una violenta sublevación en la que casi fueron aniquilados; el jefe español y veintitrés de sus fieles se salvaron milagrosamente en aquella que pasaría a la historia como la “noche triste”. Después de un año, repuesto del descalabro, reocupó la ciudad, tomó prisionero a Guatimozin, sucesor del anterior emperador, a quien inmediatamente hizo ejecutar junto con sus más cercanos colaboradores. El resto del territorio mexicano, con una superficie cuatro veces mayor que la metrópoli, fue rápidamente sometido, recibiendo el nombre de Nueva España. Desde esa flamante posesión salieron expediciones que dieron como resultado el descubrimiento de California, el completo reconocimiento del golfo de México y la conquista de América Central. Hasta allí llegaban continuos informes de un territorio situado más al sur, particularmente rico en metales preciosos. Dos capitanes, pobres y analfabetos —Francisco Pizarro y Diego de Almagro—, conquistaron el imperio de los Incas en un derroche de audacia y valentía, aprovechando las disensiones internas del reino. En un drama saturado de sangre engañaron y mataron al Inca Atahualpa; atacaron y ocuparon el Cuzco, completando la ocupación del resto del Perú en 1533. Pizarro hizo decapitar a Almagro y los soldados de éste, a su vez, asesinaron al flamante gobernador de la nueva colonia. En el Alto Perú las minas de plata de Potosí (actual Bolivia) se hicieron mundialmente famosas por su riqueza.
Los aventureros españoles no cejaban en sus exploraciones por lugares inhóspitos y, en algunos casos, incursionaron por las montañas más altas del planeta. En 1520 habían llegado a Nueva Andalucía (Venezuela); dieciocho años después hallaron abundantes minas de oro en Nueva Granada (Colombia); Pedro de Valdivía, antiguo teniente de Pizarro, inició la conquista de Nueva Toledo (Chile) en 1540. Recién en la segunda mitad del siglo XVI Sebastián Caboto y Diego García recorrieron más detenidamente la zona del Río de la Plata, descubierto por Solís, no obstante que Buenos Aires había sido fundada por Pedro de Mendoza en 1536 y Asunción al año siguiente por Juan de Salazar.
La fantástica aventura que significó la colonización española en América despertó una polémica que se puede sintetizar analizando dos estudios diametralmente opuestos. Para el norteamericano Carlos P. Lummis, autor de “Los exploradores españoles del siglo XVI”, los conquistadores fueron “los caminantes” de América y, asombrosamente, exalta
“el espíritu humanitario y progresivo que desde el principio hasta el fin caracterizó sus instituciones. La legislación española referente a los indios de todas partes era incomparablemente más extensa, más comprensiva, más sistemática y más humanitaria que la de Gran Bretaña y la de los Estados Unidos juntas”.
Los mismos hechos para el historiador mexicano Genaro García en su obra “Carácter de la conquista española en América” resultan bastante diferentes. “Los españoles realizaban sus conquistas haciendo a los naturales una guerra sin cuartel llevada siempre a sangre y fuego…”; con abundante documentación demuestra “que, efectivamente, la monarquía española tuvo entero conocimiento desde temprano acerca de todos los males que causaban sus súbditos en las Indias; nos lo hace ver Carlos V en la cédula que expidió en Granada a 17 de noviembre de 1526”, en cuyos fundamentos se reconocía que los indios eran tratados peor que si fueran esclavos. Y continúa García: “los naturales eran vistos por sus dominadores españoles como más semejantes a bestias que a criaturas racionales”.
Los Cronistas de Indias
España obtuvo el más alto grado de poder mundial bajo el reinado de Felipe II (1556-1598). Durante ese período alcanzó la unidad política y religiosa; la unificación territorial de la península, con la conquista de Portugal; el dominio en Europa de la mayor parte de Italia, con Cerdeña, Sicilia, el reino de Nápoles y el Milanesado; el Franco-Condado, Artois, Flandes y los Países bajos; su imperio colonial en América era inmenso. La lucha por el catolicismo constituía el pensamiento predominante del soberano español; de ahí que consagrara los recursos que cada año sacaba de las minas de oro y plata de Perú, México y Colombia a la propagación de su credo religioso. Desde su retiro en El Escorial trataba de descubrir y extirpar la herejía en sus propias posesiones y en los países extranjeros: “cuando España se mueve, la tierra tembla” era el refrán en boga. Los frailes del Santo Oficio —los inquisidores— eran sus delegados, investidos con plenos poderes para “atender por sobre todas las cosas a los intereses de la religión católica”. Por la Ordenanza 15 de Poblaciones, Felipe II dispuso que “los que fueren a descubrir por mar y tierra” debían informar sobre las costumbres, religión y formas de vida de los indios, así como también sobre las riquezas naturales de la región; para ello se previó la creación del cargo de Cronista de Indias. En virtud de la naturaleza del origen de esas funciones, en todos los escritos de los cronistas se aprecia una pronunciada tendencia religiosa que justificaba las arbitrariedades y atropellos de los conquistadores por su finalidad supuestamente evangelizadora. En un principio se conocieron los Comentarios, Memoriales, Cartas o Relaciones de los jefes de cada expedición, escritos por Colón, Hernán Cortés, Pedro Cieza de león, Alvar Núñez Cabeza de Vaca y otros. Así el descubridor de América, refiriéndose a los indígenas, decía:
“muy sencillos, de buena fe y espléndidos con cuanto tienen; ninguno niega lo que posee a quien lo pide y convidan ellos mismos aun para que se les ruegue. No cierran sus heredades ni con fosos ni con paredes ni con setos; viven en huertos abiertos, sin leyes, sin libros; sin jueces; de su natural veneran al que es recto; tienen por malo y perverso al que se complace en hacer injuria a cualquiera”.
El vencedor de los aztecas, por su parte, recordaba que cuando fue huésped de Moctezuma “estuve muy bien proveído de todo lo necesario y visitado de muchos de aquellos señores”; “… habría quedado el negocio de los españoles muy bien puesto… si los soldados… refrenaran un poco la mucha codicia que traían de riquezas, la cual les impedía tanto que no les dejaba sosegar para tener un poco de paciencia en aguardar felicísimas coyunturas que se ofrecieron para entregarse en paz toda esta tierra”. La misma actitud se repetía en todas las comarcas: por cada villa que fundaban los españoles destruían muchos pueblos indígenas. Acerca del valle de Motupe, en el Perú, donde los Incas tuvieron palacios y sepulcros de gran belleza, Pedro Cieza de león certificó: “con las guerras pasadas falta mucha gente de los primeros; los edificios y los aposentos están deshechos y desbaratados y los indios viven en casas pequeñas”.
Los eruditos hicieron con posterioridad una distinción entre los cronistas oficiales y los historiadores de Indias. El segundo grupo estaba constituido por los acompañantes letrados de los conquistadores, los misioneros y los nativos que se ocuparon de comentar los sucesos que ocurrían en la tierra nueva.
Fernando Colón, segundo hijo del descubridor, escribió la Historia del Almirante de las Indias con el objeto de reivindicar a su padre de injustas acusaciones. El fraile dominico Bartolomé de las Casas fue el más notorio defensor de los indígenas. En su Brevísima relación de la destrucción de las Indias los describió como seres tranquilos y apacibles; “en estas ovejas mansas entraron los españoles como lobos y tigres cruelísimos de muchos días hambrientos”. En sucesivos capítulos enumera cómo despoblaron y asolaron todo lo que encontraron a su paso. Gonzalo Fernández de Oviedo dejó un Sumario de la natural historia de las Indias, aclarando que escribía sin la “autoridad de algún historiado a poeta, sino como testigo de vista” y, como tal, afirmó “que la pólvora contra los indios es incienso para el Señor”. El Inca Garcilaso de la Vega, tanto por su origen americano como por el valor histórico de sus Comentarios Reales, merece especial atención. La primera parte de su obra trata de las tradiciones, religión, supersticiones, usos y costumbres de los indios; la segunda narra el descubrimiento y conquista del imperio de los Incas por los españoles y la guerra civil desatada entre éstos. Bernal Díaz del Castillo, autor de La Verdadera historia de la conquista de la Nueva España, fue uno de los acompañantes de Cortés, pero no se detuvo en el protagonista, sino que supo describir el marco multitudinario. Francisco Antonio Pigafetta, el veneciano que acompañó a Magallanes y Elcano, detalló el viaje que hicieron los españoles alrededor del mundo. Poco tiempo después comenzó a tomar cuerpo la leyenda sobre la existencia de una fabulosa “Ciudad de los Césares”, en el sur de América… “es una ciudad encantada de la que todos tienen noticias, pero a la que nadie pudo hallar —se lamentaba Pedro Sarmiento de Gamboa—, populosa, esplendente de riquezas, a tal punto que en su aledaña campiña se ara con arados que tienen rejas de oro”. Las desventuras de la primera fundación de Buenos Aires fueron puntualizadas por el aventurero alemán Ulrico Schmidl en Viaje al Río de la Plata y por el fraile Luis de Miranda en Romance Elegiaco, donde aludiendo a las privaciones que padecieron escribió: “allegó la cosa a tanto / que, como en Jerusalen, / la carne de hombre también / la comieron”. Las ventajas y desventajas de la conquista de América fueron también relatadas por Agustín de Zárate, Francisco López de Gomara, Alonso Enríquez de Guzmán, Gonzalo Jiménez de Quesada y, entre otros, el milanés Girolamo Benzoni, quien en su Historia del Nuevo Mundo censuró las crueldades contra los indígenas que alimentaron la “leyenda negra” de las conquistas que tantas polémicas desató.
Estructura de las colonias españolas
El Consejo de Indias, con sede en España, era la autoridad suprema en materia colonial. Todos los funcionarios de América le estaban subordinados y su jurisdicción se extendía a los asuntos civiles, militares y eclesiásticos; la parte comercial correspondía a la Casa de Contratación de las Indias.
“Cuando castellanos y portugueses tocan las costas americanas, la existencia de un activo mercado internacional europeo es un hecho desde hace mucho tiempo —afirma Sergio Bagú en Economía de la sociedad colonial—. Un hecho que está reacondicionando toda la economía continental. Castellanos y portugueses, al ponerse en contacto con esta nueva realidad americana, estuvieron movidos por una misma necesidad, por un igual propósito: hallar algo que pudiera ser vendido en el mercado europeo con el mayor provecho posible.”
Las expediciones lusitanas descubrieron el palo brasil, en el territorio que luego llevaría ese nombre, de fácil extracción y ubicado en la zona costera. Los españoles, en cambio, desarrollaron la explotación de los yacimientos de oro y plata en primer término; luego auspiciaron la siembra de plantaciones que los proveyeran de materias primas, que no se daban con tanta abundancia ni tan baratas en la metrópoli. Los beneficios se repartían entre los Adelantados y la Corona. Recibía el nombre de Adelantado el particular que celebraba un contrato o capitulación con el rey, comprometiéndose a equipar y costear, por su cuenta y riesgo, una expedición destinada a la conquista y colonización de determinado territorio de América, cuyos límites eran establecidos de antemano, debiendo fundar ciudades, fortines y evangelizar a los indios. Por su parte, el soberano le cedía los derechos del gobierno político y militar sobre la zona capitulada, alentando así el esfuerzo individual de aquellos que iniciaban la empresa. Después de medio siglo de existencia se comprobó que se enfrentaba el interés político del gobierno con el comercial del Adelantado, que sólo aspiraba a obtener las mayores ventajas económicas. El rey Felipe II reemplazó entonces a los Adelantados por los Gobernadores, que fueron funcionarios que se diferenciaban de los primeros por representar a la autoridad del monarca en sus respectivas jurisdicciones, y cumplían sus funciones como simples delegados a sueldo, ejerciendo el gobierno civil y militar. Como estaban subordinados a virreyes o capitanes generales recibían sus órdenes, pero el rey era el que intervenía en cuestiones de fundamental importancia; los principales territorios eran gobernados por los virreyes. Existía un virreinato en México y otro en Lima; más tarde se crearon los de Nueva Granada y del Río de la Plata; las zonas de menos extensión eran dirigidas por Capitanes Generales. Controlaban a los funcionarios de más importancia altos tribunales de justicia llamados Audiencias, que además tenían derecho de inspección.
Los españoles, como representantes de la raza blanca conquistadora y colonizadora, gozaron de preminencias dentro de la población colonial: ocupaban las principales funciones públicas, eran los poseedores de la tierra y monopolizaban el comercio; la entrada de los extranjeros estaba prohibida, salvo en los casos en que tuvieran un permiso especial, por el que debían pagar elevadas tasas. Los indios fueron considerados esclavos —de acuerdo con el pensamiento de la época— y muchos expedicionarios llevaron cargamentos a Europa para venderlos como tales. Las disposiciones de los Reyes Católicos para evitar ese comercio fueron violadas o deformadas, ya fueran las enmiendas, las reducciones o las misiones, estas últimas a cargo de los religiosos. El régimen de encomiendas fue aplicado en todas las colonias españolas del Nuevo Mundo y exigía al indio el trabajo personal o el pago de un tributo. En su mayor parte se organizaron contando con el esfuerzo individual de los indios, que dependían en forma absoluta de los encomenderos y llevaban una vida equiparable a la de un esclavo. Existieron dos formas de encomiendas: la mita, que consistía en el trabajo periódico, por turnos, y el yanaconazgo, por el que eran destinados al laboreo de las tierras y cultivos como si fueran objetos de labranza, en perpetua servidumbre. Fray Bartolomé de las Casas denunció la increíble mortandad de nativos que esos métodos provocaban y en 1542 se sancionaron ordenanzas, conocidas como Leyes Nuevas, a fin de atenuar las disposiciones anteriores. Estas medidas dieron lugar a la importación de negros esclavos, que fueron empleados en los cultivos de caña de azúcar en las Antillas, sustituyendo a los indios sometidos al régimen de las encomiendas; más tarde se generalizó el tráfico de buques negreros, que volcaron su carga en América elevando el número de esclavos. Los jesuitas crearon un sistema original de economía en sus Misiones, que tuvo un desarrollo considerable en el Paraguay y en el norte argentino. La tierra era considerada “posesión de Dios” y sus productos se almacenaban en los depósitos de la Orden; a los indios se les otorgaban sectores de terrenos en proporción al número de miembros de cada grupo y debían pagar un tributo anual por su utilización; todo el ganado, elementos de labranza y el inventario eran propiedad de los jesuitas. La industria artesanal adquirió un incipiente desarrollo, pero los artículos manufacturados eran comercializados por la Orden, que tenía su propio ejército y policía.
La Iglesia Católica llegó a ser la propietaria territorial más poderosa de América y una gran inversora de dinero en préstamos e hipotecas dado que —como lo indicó Bagú— la estructura política y económica permitió una precoz y cuantiosa acumulación de capitales, derivados de las explotaciones mineras, de los productos de la tierra (cacao, azúcar, tabaco, etc.), el comercio, el tráfico negrero, el diezmo y las donaciones piadosas.
El capital comercial
El desarrollo de las Cruzadas, que abrieron nuevas rutas en el intercambio con Oriente, varió el estilo comercial de fines de la Edad Media y fue la causa de la quiebra de muchas casas señoriales del occidente europeo, con lo cual comenzó la decadencia del feudalismo. Posteriormente, la enorme masa de oro y plata que transportaban desde América los galeones españoles fue invertida en la península ibérica en la adquisición de productos industriales de Europa y Asia, en el soborno de jefes militares y de espías, en el sostenimiento del gigantesco aparato burocrático de la monarquía española. Los metales preciosos eran derramados sobre todo el viejo continente y gran parte engrosó las arcas de los mercaderes intermediarios holandeses; en menos proporción ingresaron en las de los industriales y comerciantes. Esencialmente la tierra había sido, hasta entonces, la principal riqueza y estaba en manos de la nobleza; el oro y la plata hizo que los burgueses fueran tan ricos como los nobles y, desde entonces, no cesó de aumentar su influencia social y política. Además, los descubrimientos tuvieron importante papel en la crisis religiosa que provocó la Reforma y en el gran movimiento de ideas del Renacimiento, que hicieron florecer en forma admirable las artes y las letras. España y Portugal disfrutaron durante casi todo el siglo XVI de la hegemonía colonial del mundo, mientras que Holanda, Inglaterra y Francia intentaban entrometerse con escasos resultados. Fracasaron sus sucesivos intentos de encontrar la ruta noroeste de América hacia la China y la India, pero cuando fue descubierto Canadá, en 1542, los franceses comenzaron su colonización con 200 hombres.
Los marinos ingleses iniciaron la ofensiva con cierta discreción, pero rápidamente su acción se transformó en piratería. Atacaban a los galeones españoles despojándolos de su carga y luego les prendían fuego. No cejaban en su empeño, a pesar de que, cuando los capitanes ibéricos lograban tomarlos prisioneros, eran ahorcados o entregados a la inquisición como herejes.
El más famoso corsario, Sir Francis Drake, fue el segundo en dar la vuelta al mundo; durante sus viajes saqueó las costas de Chile y de Perú, apresó arcos y a tal punto alcanzó su audacia que llegó a atacar puertos españoles. A Drake y a sus “perros del mar” les debió Isabel de Inglaterra el triunfo sobre la Armada Invencible (en 1588) y la provocación continua a las potencias coloniales. Se presentaron frente a los puertos de La Coruña, Lisboa y Cádiz; a este último, el más importante y rico de España, lo ocuparon, saquearon y lo destruyeron incendiándolo en 1596. El favorito de la reina, Walter Raleigh, fue el fundador de la primera colonia inglesa en América del Norte, denominada Virginia.
La Inglaterra protestante fue la más encarnizada enemiga de la España católica. Poco antes Holanda se había sublevado contra el dominio español y Felipe II trató de someterla utilizando feroces métodos, pero los insurrectos, con ayuda de los ingleses y franceses, triunfaron después de treinta años de lucha.
A los marinos holandeses los llamaban “los carreteros del mar” porque monopolizaban el transporte de las mercaderías procedentes de Oriente, desde Lisboa, hasta los puertos del norte de Europa. En el momento mismo en que los Países Bajos se separaban de la tutela de Felipe II España contraatacaba anexando Portugal y quedando, en consecuencia, dueña de su imperio colonial. Holanda, no pudiendo continuar su intercambio comercial — que se había constituido en la principal fuente de recursos—, decidió extender su influencia hacia Oriente y América.
El primer paso fue dado con la formación de la Compañía de las Indias Orientales, dependiente del gobierno, que recibió autorización para ocupar y efectuar fundaciones en las colonias portuguesas. De esa manera cayeron en su poder el Cabo de Buena Esperanza, algunos puertos de la India y de Ceylán, Malaca y las islas de Sonda. Con esos triunfos Holanda se convirtió en una gran potencia colonial y comercial. A principios del siglo XVII comenzó sus primeras tentativas de colonización en el Nuevo Mundo, llegando a la actual bahía de Nueva York (1609). Cinco años después los holandeses se establecieron en la isla de Manhattan y, poco más tarde, ocuparon el territorio de las Guayanas, las islas Curazao y Bonaire, en las Antillas, posesiones que sirvieron de base a un comercio activo de contrabando practicado con los puertos de las colonias cercanas. Fundaron entonces la Compañía de las Indias Occidentales, que obtuvo el monopolio del tráfico comercial con América del Sur. Para ello su escuadra se dedicó a atacar a las naves españolas y, como Portugal estaba sojuzgado, ocuparon puntos estratégicos en Brasil.
El sistema holandés de colonización ofrecía “un cuadro de corrupción, asesinato y vileza que no es posible superar”, aseveró Carlos Marx. “El predominio del capital comercial supone siempre un sistema de saqueo —afirmó en “El Capital—, al igual que su desarrollo entre los pueblos comerciales, tanto de la época antigua como de la moderna, directamente unido al saqueo violento, a la piratería, al robo de esclavos, a la subyugación de colonias; así ocurrió en Cartago, en Roma y, posteriormente, con los venecianos, los portugueses, los holandeses.” Para Marx los holandeses fueron el “modelo de país capitalista del siglo XVII”. Habían invertido en el comercio quince veces más que los ingleses, poseían diez veces más barcos que Inglaterra y las tres cuartas partes del tonelaje mundial.
Las compañías colonizadoras
España, a la muerte de Felipe II (1598), había entrado en una paulatina declinación y, poco a poco, fue perdiendo su ejército, armada, recursos, renombre y colonias. La estrella ascendente de Holanda comenzó a molestar el comercio de Inglaterra y Francia. Los holandeses mantenían choques, cada vez más frecuentes, en el Océano Indico, en el Atlántico, en América, en Oriente y en Africa, especialmente con los ingleses. Seis mil barcos de Holanda navegaban por el mar Báltico, cerrando a Inglaterra el comercio con los países de la zona de donde importaban materiales indispensables para la construcción naval (madera, cáñamo, brea); también entorpecían la actividad pesquera y enviaban más barcos y mercancías a las posesiones inglesas que la misma metrópoli. Oliverio Cromwell encaró el problema después que fue derrocada la monarquía. El rey Carlos I había sido ejecutado y se estableció la república, una vez derrotadas Irlanda y Escocia. Al día siguiente de la victoria frente a los escoceses el parlamento votó el Acta de Navegación (9 de octubre de 1651), cuyas disposiciones imponían a todo barco europeo que traficara con Inglaterra la obligación de llevar los productos de su país de origen; también establecía que las mercancías de Asia, Africa y América no podían ser transportadas sino a bordo de navíos ingleses. El Acta, que estaba dirigida contra el comercio y la navegación holandesa, provocó una guerra que duró dos años y terminó ventajosamente para los insulares, relegando a los derrotados a un segundo plano. Marx comentó que “la historia de la decadencia de Holanda, como nación de hegemonía comercial, es la historia de la sumisión del capital comercial al capital industrial”.
Hasta ese momento eran consideradas como grandes potencias Inglaterra, España, Francia, Austria; Holanda, Turquía y Suecia; con la decadencia de los tres últimos países mencionados se inició en el panorama mundial una variación en la correlación de fuerzas. España mantenía con dificultad los restos de su antiguo esplendor y Francia, a través de un lazo dinástico, intentaba coparticipar en el imperio americano. Así se originó la guerra de la Sucesión (1701-1713), que, fundamentalmente, fue una guerra colonial. Por iniciativa de Guillermo III de Orange se formó una coalición integrada por Inglaterra, Austria, Holanda, Portugal y Prusia contra Luis XIV, que pretendía para su nieto Felipe el trono español. Los ingleses no podían tolerar esa sucesión porque el hecho podía provocar un desequilibrio en toda la política mundial, y la lucha se prolongó por más de once años, hasta que, con la paz de Utrecht (1714), España pasó a ser regida por los Borbones, pero sin que Felipe V uniera su destino con su abuelo. Al mismo tiempo, por el tratado, se reconocían los derechos de Inglaterra sobre Gibraltar, ocupado diez años antes, sobre Terranova, zonas del golfo de Hudson en América del Norte y se le concedió el “asiento”, es decir, la exclusividad de introducir anualmente 4.800 negros esclavos en las posesiones españolas del Nuevo Mundo. Simultáneamente comenzaba su desarrollo industrial. Francia tenía colonias en todo el mundo conocido y los ingleses asomaban siempre como rivales, ya fuera en América del Norte y Sur como en levante, Africa, India y otras partes de Asia. La guerra de sucesión de Austria (1741-1748) fue otra etapa de esa enconada disputa por la hegemonía colonial y mercantil. En América se enfrentaban los gobiernos inglés y francés por intermedio de sus representantes; en la India y adyacencias asiáticas la lucha comercial tuvo un carácter menos aventurero y la explotación era más planificada, a través de la iniciativa privada, que se asociaba para formar compañías o sociedades colonizadoras.
Las organizaciones de ese tipo fueron estructuradas casi simultáneamente en Inglaterra y en Francia. La primera compañía inglesa para las operaciones con las Indias Orientales se constituyó en 1599, a fines del reinado de Isabel; la similar francesa fue fundada en 1604 por los comerciantes de Saint-Maló, bajo el reinado de Enrique IV.
La que constituyó el prototipo de sociedad colonizadora inglesa fue la Compañía de Virginia (1606), en América, cuyas bases estaban reglamentadas legalmente por un documento utilizado para la formación de sociedades mercantiles por acciones. Un individuo podía obtener una acción mediante dos formas: invirtiendo dinero de acuerdo con el costo en que se estimaba el establecimiento de un colono o emigrando por su cuenta a Virginia. En un principio, todas las tareas se realizaban en común; luego la tierra debía ser repartida entre los accionistas, en forma proporcional a su inversión. El gobierno de la compañía estaba formado por el conjunto de personas que poseían acciones; más tarde, elegían la Asamblea Directiva. Dicho cuerpo podía dictar leyes que no fuesen contrarias a las de Inglaterra y establecer impuestos, pero carecía de control legal sobre el gobernador, que era designado desde Londres. “Por tanto, Virginia y la mayoría de los establecimientos coloniales ingleses posteriores —destacó J. H. Parry— tenían los gérmenes del gobierno representativo, pero no los del régimen parlamentario.” Entre los colonos predominaban los mercaderes, artesanos y campesinos, en su mayor parte procedentes de la metrópoli, que habían huido de persecuciones religiosas y políticas y su traslado a América era efectuado, no por una temporada, para enriquecerse rápidamente, sino para siempre, para echar en el nuevo país los sólidos cimientos de una economía capitalista. La primera Compañía de Oriente fundó en el golfo de Bengala la factoría de Madrás, que muy pronto se convirtió en una ciudad importante y centro de todas las operaciones inglesas en la India.
En Francia, comerciantes, banqueros, nobles y, a veces, ayuntamientos de ciudades prósperas como las de Lyon, Ruán, Burdeos, Nantes, etc., constituyeron sus Compañías. El capital social se empleaba para construir y equipar buques, pagar empleados, enviar agentes a los países con los cuales se proponían traficar y comprar mercaderías. Posteriormente se solicitaba al gobierno el monopolio comercial de la zona cuyas riquezas deseaba explotar y, además, el derecho de sostener tropas destinadas a vigilar sus establecimientos o a defenderlos de cualquier agresión. Así se fundaron las factorías, basadas en la concesión sobre cierta extensión de terreno en la que construían almacenes, depósitos donde se guardaban las mercancías que compraban los agentes y algunas casas destinadas a los empleados, todo ello rodeado por murallas con bastiones. Las compañías francesas de Oriente escogieron, en un principio, las islas del Océano Indico, especialmente Madagascar, y las tierras vecinas de la isla Mauricio. En 1695 se reconstituyó la principal sociedad colonizadora, que se convirtió en una empresa nacional en la que toda Francia podía tener intereses y no como sucedió antes, cuando solamente eran los capitalistas portuarios. La Compañía de las Indias Orientales fundó entonces, en Bretaña, la ciudad de L’Orient (1666), cuyo nombre indica el interés que los guiaba, y allí instaló sus talleres de construcción, arsenal, el puerto destinado a los barcos y los almacenes generales. Amplió sus operaciones en la India estableciendo una serie de factorías en Bengala (Chandernagor), a orillas del Hugli, uno de los brazos del Ganges; en el sudoeste de la India (Pondichery) y en la India (Maya), durante el período comprendido entre 1676 y 1688.
El objetivo principal de esas empresas colonizadoras era el traslado a Europa de las mercaderías de las regiones coloniales (telas de algodón o indianas, sedas, especias, metales preciosos y productos agrícolas) para su comercialización en el viejo continente Como las grandes sociedades mercantiles llevaban una rigurosa administración que efectuaba sus balances anuales, el excedente o beneficio era repartido en cuotas o dividendos por acciones. En la época de su mayor esplendor las compañías eran uno de los mejores negocios para invertir dinero; la holandesa de las islas de Sonda dio dividendos de hasta el 63%, o sea, más de la mitad de beneficio anual del capital invertido.
El oriente y los cipayos
La India, con una superficie siete veces mayor que Francia, estuvo gobernada desde el siglo XVI al XVIII por una dinastía musulmana de origen mogol; de allí la denominación de Gran Mogol que recibía el soberano del imperio indio. La ciudad capital, Delhi, con dos millones de habitantes, asombraba a los viajeros por sus dimensiones, por sus lujosísimos palacios, las extrañas mezquitas, la particular arquitectura de sus edificios y sus enormes murallas. El reinado de Aureng Zeb (1658-1707) significó el apogeo de los mogoles, pero a su muerte, por la debilidad de los gobiernos de sus sucesores, comenzó a desmembrarse el imperio. Los aventureros musulmanes, desde el interior de la India, y otros provenientes de Persia y Afganistan crearon principados independientes; en la región central una potencia hindú, la Confederación Maratha, efectuaba todos los años sus correrías, en las que asaltaba al comercio pacífico y desarmado e invadía a los nuevos reinos, provocando la anarquía.
Esa situación inspiró a los agentes de la Compañía Francesa una lucrativa operación. Rompieron las obligaciones que habían pactado con los principales lugareños para realizar sus operaciones mercantiles sin molestias e intervinieron en las querellas, que se multiplicaban por todos lados. Esta nueva política fue puesta en práctica entre 1735 y 1741; para ello se organizó un pequeño ejército de nativos adiestrados a la europea, a los que se les llamó cipayos. La Compañía ofreció sus tropas a un soberano en dificultades y recibió en pago del servicio el territorio y la población de Karikal; al mismo tiempo se apoderó, poco a poco, del tráfico marítimo en las costas de la India. Mediante esa práctica, en 1754 la zona que pertenecía directamente a la Compañía o que estaba colocada bajo su influencia se extendía a todo lo ancho de la India peninsular desde el Golfo de Bengala al Golfo de Omán, con una población de treinta millones de personas. Para lograr esa situación de privilegio fueron necesarios 2.000 europeos y 4.000 cipayos pertrechados con recursos de la Compañía.
Sin embargo, a los accionistas franceses les interesaban los dividendos y no las conquistas de nuevas provincias, el comercio y no la guerra. Por esa razón un gobernador firmó un tratado con su colega inglés, que retrotrajo la situación a los límites de principio de siglo.
A partir de entonces comenzó la expansión inglesa. Después de la batalla de Plassey los británicos se apoderaron de Bengala y, con el asalto por la fuerza de Pondichery, determinaron la desaparición francesa de la India, en 1761. Los holandeses se habían retirado hacia Indonesia, archipiélago donde su dominio no era disputado; los portugueses tenían su capital en Goa, pero no significaban una competencia porque su potencial marítimo se había reducido, y los daneses, con una factoría en Tranquebar, se limitaban a desarrollar un reducido comercio en China. Otros factores coadyuvaron al aumento de la influencia de los ingleses en el subcontinente. Uno de ellos fue el surgimiento de una poderosa clase capitalista india estrechamente ligada a los mercaderes extranjeros, como señaló K. M. Panikkar, y que sentía un odio ancestral contra la dominación musulmana; este hecho tuvo importancia fundamental en la historia de Asia en general. La fuerza de la Compañía inglesa residía en su carencia de escrúpulos; con todo su poder, se dedicaba al saqueo de los nuevos territorios que estaban bajo su dominio.
“Para un inglés es penoso pensar que desde el advenimiento de la Compañía la condición del pueblo de este país ha sido peor de lo que nunca fue —escribía Richard Becher a los directivos de Londres en 1769—; este hermoso país, que floreció aun bajo los gobiernos más despóticos y arbitrarios, está marchando hacia la ruina.”
Si bien no era dueña de toda la India, Inglaterra tenía en el mar una supremacía indiscutida, que le permitía concentrar fuerzas en cualquier punto de la costa que le fuera necesario.
“En el curso de cien años de guerras los británicos habían impuesto su autoridad desde el Indo hasta Brahmaputra y desde el Himalaya hasta el Cabo Comorin —agregó Panikkar—. Los reinos cuya subsistencia se permitió, como Kashmir, Mira, Gwaliar, Haidarabad, Barona, Travanrur y los estados rajput, aparte de principados menores, fueron convertidos en territorios dependientes, aislados entre sí y carentes de poder contra la autoridad británica”.
En esa misma época los holandeses, en Indonesia, se limitaban a la administración de establecimientos comerciales que tenían como eje principal a Jaarta (rebautizada Batavia). Sumatra, salvo algunos sultanatos sometidos, era políticamente independiente, pero su economía estaba monopolizada por la Compañía Holandesa, la que, en 1756, firmó su primer acuerdo con uno de los sultanes de Borneo, comenzando así su infiltración en esa gran isla.
Debilitada militarmente desde tiempo atrás y con las rutas marítimas copadas por los ingleses, Holanda aplicó a sus posesiones el sistema de dominación indirecta: los sultanes disponían de sus pueblos y la Compañía explotaba los recursos naturales. Por un tiempo, esto dio resultado, pero, paulatinamente, fue generando conflictos que dificultaron las operaciones comerciales, obligando a la anexión territorial directa de Java, en 1760, donde se cultivaba el café, que se había convertido en una bebida popular en Europa desde fines del siglo XVII. El afán de lucro de la Compañía hizo que redujera arbitrariamente los precios que pagaba por ese cultivo a los productores y estos disminuyeron la siembra de café, como ya había sucedido con el arroz. Los holandeses replicaron con la designación de funcionarios encargados de vigilar a los campesinos para que no descuidaran el cultivo, aunque no recibieran el precio justo. Esa arbitrariedad introdujo en las relaciones con los indonesios una sorda resistencia, que, más adelante, facilitó la penetración inglesa.
Africa y la esclavitud
Los árabes dominaron, de diferentes formas, a Africa durante muchos siglos: al norte, mediante la conquista; al este, por el comercio, y al oeste, por la propaganda religiosa. Mucho antes de la aparición de los portugueses habían establecido una cadena de factorías a lo largo de la costa oriental, tales como Mogadiscio, Malindi, Mombaza, Pemba, Zanzíbar, Mozambique, Kiwa y Sófala. De esa manera se fueron construyendo ciudades similares a las de Arabia, donde los nuevos habitantes de esas zonas llevaban la existencia tradicional de su lugar de origen. No se formó un imperio árabe en Africa sino una serie de centros poblados independientes unos de otros, que se dedicaban a intercambiar objetos de metal, textiles, sal y abalorios, por marfil, oro de Rodhesia, ambar gris y esclavos.
Los árabes organizaron caravanas y depósitos en el interior del continente africano e iniciaron la venta de negros esclavos en los mercados de Asia.
La influencia religiosa del Islam tuvo aceptación entre los reyes y los personajes más destacados; los pueblos se mantuvieron fieles a las creencias de sus antepasados. Conquistó progresivamente el Sudán central y oriental, Kanem, los siete principados hausa, Nubia y fundó un estado musulmán en los confines orientales de Shoá, pero los árabes nunca intentaron someter a las tribus ni anexar sus territorios. Abisinia se mantuvo fiel al cristianismo. A principios del siglo XV los portugueses ocuparon la costa atlántica de Marruecos (Mazagán, Arzila, Ceuta) y los españoles el litoral argelino y tunecino (Orán, Bugia, La Goleta). La exploración del litoral marítimo africano por los navegantes lusitanos ya ha sido considerada; solamente es conveniente agregar que tuvo grandes repercusiones en el continente negro. La nueva ruta de especias hacia Europa aniquiló a la economía egipcia y los portugueses desalojaron a los árabes, por la fuerza, de los puertos orientales. La trata de negros también rindió gran beneficio a los comerciantes de Lisboa, que muy pronto ampliarían sus mercados con las colonias españolas de América y las portuguesas de Brasil. El monopolio fue quebrado por los corsarios franceses, quienes luego dirigieron su interés a la región del Senegal, donde, paulatinamente, fueron extendiéndose por San Luis, Podor y Galam, a orillas del río; Gorea, Gasamanza y Albreda, en la costa del mar, así como por las islas Bissagos y Los hasta el río de Sierra Leona. Durante el siglo XVII los africanos conocieron a otros europeos que terciaban en la conquista de sus territorios: los holandeses, ingleses, suecos y daneses. Los representantes de los comerciantes de Amsterdam construyeron establecimientos africanos entre El Mina y San Pablo de Loanda; al este del Cabo de Buena Esperanza, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales fundó, en 1652, el puerto de El Cabo, como centro de sus operaciones en el Indico, que fue regido con una severa legislación: el lugar no dependía administrativamente de los Países Bajos; los colonos debían observar una escrupulosa moralidad, firmar un compromiso de residencia por diez años; comerciar únicamente con holandeses, y se les prohibía toda relación con los indígenas. Para la cría de ganado fueron llevados los campesinos, o boers, que practicaron un pastoreo trashumante que los alejó del centro de dominio de la Compañía, permitiéndoles desarrollar sus tendencias autónomas, alentadas por la religión reformista, que los incitaba a bastarse a sí mismos, tener confianza en su fe, no esperar nada de nadie y a no escuchar más que a Dios, por su palabra transmitida por la Biblia. Un armador inglés llegó a Benin y, posteriormente, otros tres comenzaron a efectuar expediciones regulares llegando, en algunas ocasiones, a mantener choques con los portugueses. Fundaron dos establecimientos, uno a orillas del Gambia y otro en la Costa de Oro; Sebastián Cabot fue nombrado gobernador de los Merchant Adventurers, Compañía británica especializada en el comercio en Africa, principalmente dedicada a la trata de esclavos. Los negreros ejercían una actividad lícita, que nadie consideraba deshonrosa: ni la Iglesia Católica ni la anglicana pusieron dificultades a su desarrollo. Es más, las largas procesiones de negros encadenados fueron justificadas utilizando textos del Antiguo Testamento y con la excusa de tratarse de una forma de convertir a los paganos. Los suecos levantaron Cape Coast, en la actual Ghana, pero al poco tiempo fueron expulsados por los daneses. Incluso los prusianos aparecieron en la Costa de Oro buscando “madera de ébano”, como llamaban los negreros a los esclavos. Otros importantes centros de exportación fueron: el Congo, Angola, Senegal, Gambia, Togo, Dahomey y Nigeria, cuyos sistemas políticos y sociales tenían como fundamento esencial la captura y el comercio de negros. Cuando los prusianos entregaron a Holanda la totalidad de sus posesiones africanas lo hicieron a cambio de una suma de dinero y doce esclavos, seis de ellos amarrados con cadenas de oro.
Motivos económicos del saqueo colonial
En vísperas de la Revolución Francesa los grandes descubrimientos geográficos que se habían sucedido desde el siglo XV comen. zaron a dar origen a un mercado mundial que nacía del monopolio, la violencia sin embozos y el proteccionismo rudimentario. La acumulación primitiva del capital derivaba del saqueo, el exterminio de pueblos enteros, el robo, la acción de los corsarios y piratas, la servidumbre y la explotación esclavista. El sistema colonial hizo posible el crecimiento del comercio y de la navegación, creando posesiones en todos los lugares del mundo conocido.
Eran colonias toda América, gran parte de la India, Indonesia, sectores de Australia, el litoral de Africa y las islas que se encontraban en esas rutas. Al mismo tiempo se había puesto en evidencia que antiguos países de avan zada cultura, como China, el Imperio Otomano, Irán y Turquía, estaban débiles y, si bien no fueron avasallados, despertaron la codicia y se inició la rapiña.
Las formas y métodos de la explo tación colonial fueron diversos: estaban precariamente adaptados al grado y tipo de evolución de las zonas ocupadas, su pasado histórico y su régimen socioeconómico. Por último, dependían también de la situación mundial y de la competencia entre los países colonialistas. Los españoles y los portugueses introdujeron el feudalismo en los territorios americanos; en las zonas de plantaciones predominaba el esclavismo; en la India y en Indonesia los mercaderes ingleses y holandeses conservaron la dependencia servil que provenía de los sultanes; en las colonias inglesas de América del Norte y Australia se instalaron colonizadores europeos que ocuparon las mejores tierras exterminando a los nativos o haciéndolos retroceder hacia las regiones desérticas, inservibles para los europeos.
“El imperialismo de la Europa del siglo XVIII tuvo algunas características abominables. Fue cruel, cínico y voraz —reconoció Parry—. Unía el egoísmo a la insensibilidad para los sufrimientos de otros pueblos. Claro está que la ambición y la brutalidad habían ido jalonando el curso de la expansión, pero en los primeros sentimiento de admiración, cierto fondo de humildad bajo la barbarie y, a veces, un angustioso examen de conciencia. Es difícil no llegar a la conclusión de que la actitud general de los europeos hacia los no europeos se enmudeció e insensibilizó en el triunfo de la expansión. La familiaridad había producido el menosprecio.”
La expropiación de los bienes de los pequeños productores de mercancías (campesinos y artesanos) y el saqueo colonial eran para Europa parte de una nueva forma de producción. El nacimiento del sistema estatal de crédito, los bancos y la Bolsa estaban estrechamente ligados al sistema de rapiña colonial. La afluencia de metales preciosos de América, en cantidades excepcionales, produjo una revolución en los precios de Europa y cambió bruscamente las anteriores condiciones de vida y comercio.
Hasta entonces, las manufacturas y todas las industrias habían estado en manos de obreros, maestros y contratistas que trabajaban en sus propias casas; la mayoría eran patrones de sí mismos, organizados en gremios o corporaciones. Comenzaron a tomar mayor incremento los capitalistas que alquilaban maquinaria y compraban el producto terminado; en 1765 se terminó de construir la máquina de vapor de Watt, y la industria algodonera fue la primera en pasar al sistema de maquinaria movida por la fuerza hidráulica. Otras industrias reunieron en fábricas a los obreros y el patrono ya no fue más el maestro o capataz.
Inglaterra ocupaba el papel dirigente en las conquistas coloniales. Tenía la llave de la hegemonía comercial y una superioridad sin rival en el mar; de sus posesiones en todo el mundo obtuvo parte del capital que invirtió en la construcción de talleres y fábricas. La revolución industrial disponía de “un fundamento amplísimo, con nuevos mercados de venta asegurados para sus productos manufacturados”.
El imperialismo inglés y el librecambio
La historia mundial registró entonces grandes cambios y acontecimientos de vastas resonancias. Los ingleses arrebataron a los franceses el Canadá en 1759 y doce años después perdieron las trece colonias de América del Norte, que constituidas en los Estados Unidos se transformaron en la primera nación libre del Nuevo Mundo.
La Revolución Francesa con “la declaración de los derechos del hombre”, difundió ideas de soberanía popular, igualdad y fraternidad; la posterior aparición de Napoleón, con su epopeya militar que lo llevó hasta la ocupación de España, ofreció a la América hispánica motivo y excusa para iniciar el camino de su independencia política.
La revolución burguesa en Francia puso de manifiesto que caducaba la vieja política colonial de la violencia y el monopolio, enfermedad congénita del capitalismo en desarrollo. Las Compañías comerciales de colonización sufrían fuertes pérdidas y caían en bancarrota; la absoluta necesidad de adoptar nuevos métodos fue demostrada por la insurrección de los pueblos oprimidos de América, Asia y Africa.
Derrotado Napoleón, el Congreso de Viena (1815) confirmó el dominio mundial de Inglaterra. A partir de entonces el imperio inglés se desarrolló por conquista, por expansión sobre territorios vacantes y por infiltración económica en los países que lograban su independencia política, pero no podían hacer lo mismo con la explotación de sus recursos naturales. Por medio de la conquista ocuparon la India, cuya sumisión se logró en 1856; Birmania, desde 1826 a 1855; en Africa: Egipto ocupado en 1882 y el Sudán egipcio (1896-1908); Natal (1843) y las repúblicas sudafricanas de Orange y de Transvaal (18991902); en Oceanía: Nueva Zelandia (1840-1896). Por expansión pacífica establecieron su dominación en la zona ubicada al norte de Estados Unidos, desde el Atlántico al Pacífico, creando la Federación Canadiense (1867-1871); en Oceanía fundaron las colonias del continente austral (1824-1859) y la Federación Australiana (1901).
Para que nada obstaculizara las comunicaciones con tan vasto imperio (la quinta parte de la superficie del globo terráqueo y la cuarta parte de su población) los ingleses ocuparon los puntos estratégicos marítimos y, así como se habían apoderado de Gibraltar y Malta en el Mediterráneo, ocuparon las islas Malvinas en el Atlántico, tomaron Singapur (1819) y la península de Malaca (1829), en el camino de India a China, y Aden (1839) en la ruta que va de Europa a India.
La infiltración económica levantaba la bandera del librecambio, izada por las comerciantes e industriales ingleses. Hasta principios del siglo XIX se extraían las riquezas de las colonias por la violencia; con el librecambio el saqueo se extendió a países aparentemente independientes, pero en forma más sutil, empleando la táctica de vender a altos precios los productos industriales británicos y de comprar barato materias primas y víveres. El librecambio quebrantó la estabilidad de la economía campesina, mantenida con su tradicional combinación de producción doméstica y agraria, con sus condiciones casi inmutables de reproducción primitiva. Los capitalistas extranjeros procuraron mantener esas formas de explotación, trataron de entorpecer el desarrollo de las industrias locales y de otras fuerzas productivas, de controlar los mercados de venta y “la actividad libre” de las fuerzas espontáneas del mercado. Para esos fines contaron con el apoyo de los comerciantes e intermediarios lugareños, que fueron siempre sus mejores aliados, como socios menores en la empresa. Los ingleses aprovecharon las luchas internas de grupos y de clases que se sucedieron en los países que lograron emanciparse de España en América Central y del Sur para lograr esos y otros privilegios. Eran estados independientes nominalmente, pero en vías de convertirse en semicolonias de la corona inglesa, como lo reconoció el vicepresidente argentino Julio A. Roca, en Londres, en una fecha tan cercana como 1933.
El reparto del mundo
La lucha colonial anglofrancesa no terminó con la derrota de Napoleón; después de un lapso se reinició en 1830, bajo el reinado de Carlos X, cuando el rey de Argel se rindió al cuerpo expedicionario de Francia, que procedió a ocupar toda Argelia, hasta entonces sujeta a la soberanía del Imperio Otomano.
La reorganización del imperio colonial francés siguió con el rey Luis Felipe y no se terminó hasta el reinado de Napoleón III, después de veintisiete años de lucha. Luis Felipe dispuso la ocupación de varias islas del Océano Pacífico, entre las que se encontraba Tahití (1842), y su sucesor prosiguió con Nueva Caledonia (1853), con el ataque a Cochinchina (1859-1867), que fue el comienzo de la conquista de Indochina y el establecimiento del protectorado francés sobre Camboya (1863); en Africa se inició la conquista del Sudán occidental con la ocupación del valle del Senegal (1854-1865). Bajo el gobierno de la Tercera República, y en las últimas dos décadas del siglo XIX, fue cuando se hicieron sistemáticamente las adquisiciones más extensas: Túnez (1881 - 1882), Dahomey (1892), Congo y los territorios del Tchad (1800-1900), Marruecos (1907-1912), todos en Africa; Madagascar (1895), en el Océano Indico; Tonquín y Annam (18821885), en Asia, en guerra con los chinos.
En la segunda mitad del siglo XIX se produjo en Alemania un portentoso desarrollo de la industria y del comercio; con la intención de abrir nuevos mercados para la gran producción germana el emperador Guillermo II ordenó la creación de una importante flota y su cuerpo diplomático desplegó febril actividad. Estos hechos disgustaron a los ingleses porque amenazaban su supremacía marítima y hacían peligrar el imperio colonial.
La diplomacia abría mercados, entablando nuevas relaciones. En Turquía el Imperio Alemán obtuvo la concesión para construir, en la parte asiática, el ferrocarril de Bagdad, que sería el camino más corto hacia el Oriente. Los alemanes acompañaron a esa forma de colonización económica con la ocupación directa en Africa de Togo, Camarones, el sudoeste africano y Africa Oriental Alemana; en Oceanía se instalaron en el nordeste de Nueva Guinea y en algunos archipiélagos inmediatos, luego en las Carolinas y las Marianas, que compraron a España en 1899; en Asia exigieron a China la cesión, en arriendo, de la zona de Kiao-Tcheu, en la península de Chantung. Las colonias germanas eran de mediana importancia y ninguna con la fertilidad necesaria para transformarse en una rica y poblada posesión; para más, la derrota de Alemania en la guerra de 1914-1918 aniquiló su incipiente imperio colonial.
En cambio, los restos de la antigua gran potencia que había sido Holanda se mantenían en regiones muy ricas, como las islas de la Sonda —las Indias Neerlandesas—, la gran isla de Java, con su abundante producción de azúcar y tabaco, y Nueva Guinea Occidental.
En el centro de Africa los dos millones de kilómetros cuadrados del Congo constituían el gran dominio de Bélgica. A España y Portugal les quedaban diseminados los restos de sus antiguos imperios. Esta última conservaba los vastos territorios de Angola y de Mozambique en Africa; las islas Azores, Madera y Cabo Verde en el Atlántico; Goa en la India; Macao en China y el nordeste de la isla de Timor en el archipiélago malayo. España se aferraba, en Africa, a Ceuta y Melilla, a la zona sur de Marruecos, Río de Oro y la Guinea Española; después de haber sido vencida por Estados Unidos y obligada a aceptar el Tratado de París (1898) debió reconocer la independencia de Cuba y ceder al vencedor Puerto Rico y las islas Filipinas, al sudeste del continente asiático. Hacia 1870 Italia logró su definitiva unidad territorial e, inmediatamente, se volcó hacia el exterior, para intervenir en el reparto de colonias en Africa. En Túnez se le anticipó Francia, y entonces se dirigió a Etiopía. Desde 1882 a 1888 ocupó en sus inmediaciones a Assab y Massauah, junto al mar Rojo y Somalia, por el Océano Indico. Cuando el ejército italiano atacó a los abisinios sufrió el desastre de Adua (1896) y debió postergar sus aspiraciones hasta cuarenta años después, durante la dictadura de Benito Mussolini. Previamente, en 1911, Italia se apoderó de Trípoli y de los principales puntos de la costa de Libia, en el Mediterráneo, después de vencer a los turcos, asociados con los árabes.
China, cuya riqueza era conocida desde la Edad Media y que había sido una de las causas determinantes de los primeros viajes de españoles y portugueses hacia Asia, fue el centro de una gran disputa. Los primeros extranjeros que arribaron al Imperio Chino fueron muy bien recibidos, pero la insaciable codicia de que hicieron gala y las brutalidades cometidas determinaron que las fronteras les fueran cerradas durante mucho tiempo. Esta situación se mantuvo hasta mediados del siglo XIX, ocasión en que los europeos las reabrieron por la fuerza: la guerra del opio (1840-1841), emprendida por los ingleses, les reportó como beneficio Hong-Kong y cinco puertos más; la expedición francobritánica (1858-1860) obligó a los chinos a ceder siete nuevos puertos, ampliando las facilidades comerciales. Los descalabros anotados despertaron también la ambición de Japón, que se sumó a la intención mundial de repartirse el inmenso país, como estaba sucediendo con Africa.
Los nipones, que habían abolido el feudalismo y modernizado su producción conforme a las técnicas más avanzadas, atacaron a China —con la excusa de incidentes en el reino de Corea— y vencieron fácilmente. La paz convenida (1895) les otorgaba los dos puntos estratégicos que dominaban la entrada del golfo de Petchili, al norte Port Arthur y al sur Wei-Hai-Wei, y la gran isla de Formosa. Con el pretexto de evitar el desmembramiento de China intervinieron los europeos (Rusia zarista, Alemania y Francia) e impusieron una revisión de la paz. Japón debió limitarse a Formosa y a una indemnización de guerra; Alemania, como se ha mencionado, ocupó el puerto de Quiao-Tcheu, en una región rica en minas de carbón; Rusia construyó los 6.600 kilómetros del ferrocarril Transiberiano por la provincia china de Manchuria y en su extremo final levantó el puerto militar de Vladivostok (dominador de Oriente), frente al Japón; también se reservó Port Arthur. Francia se quedó con Kuan-Tcheu e Inglaterra con Wei-Hai-Wei (1898). Además obtuvieron facilidades para utilizar las vías navegables chinas, derecho de establecer manufacturas y concesiones de explotación de minas. Poco después estalló la guerra ruso-japonesa (1904-1905) y los ejércitos zaristas fueron completamente derrotados. Rusia reconoció el protectorado de Japón sobre Corea, le dejó Port Arthur, una parte de la isla Sajalin y Manchuria fue dividida en dos zonas de influencia: el norte era dominio ruso y el sur japón. La expansión de las grandes potencias fue provocada por razones económicas. La gran industria obligaba a buscar mercados en todo el mundo. Esta nueva era de conquistas coloniales se verificó por las fuentes de materias primas y por las esferas de inversión de capitales, después de una lucha cruel por la supremacía económica, política y estratégica. Las zonas de influencia contrarrestaban la encarnizada competencia y la barrera de tarifas protectoras con que se rodeaban los estados industriales. El librecambio era predicado para los países dependientes, mientras los centros imperialistas practicaban el proteccionismo.
La diplomacia del dólar
Las ex-trece colonias inglesas de América, que aparecieron en el concierto internacional de naciones como los Estados Unidos, demostraron pronto ambiciones expansionistas. En breve tiempo la joven república elaboró la doctrina del “destino manifiesto” —consecuencia de un desusadamente rápido desarrollo económico y justificativo moral de su conducta de dominación mundial—, contradictoria con el ideario de libertad y respeto a la ley sostenido en el período constituyente. A través de la guerra contra México (1846-1848) arrebató a su vecino un millón y medio de kilómetros cuadrados de territorio, que pasaron a constituir los estados norteamericanos de Texas, California, Nevada, Utah, Arizona y una parte de Nueva México. Por un tiempo el proceso se detuvo, con motivo de la contienda civil, originada por el antagonismo existente entre el norte industrializado y el sur agrario. Pero una vez liquidada la guerra de Secesión (1861-1865), con el triunfo norteño y la abolición de la esclavitud, continuó su avance hacia el exterior.
Estados Unidos compró Alaska a Rusia (1867) por siete millones de dólares; se anexó las islas Sandwich (1897), conocidas como Hawai; por el ataque armado contra España quedó dueña —como se ha visto— de Puerto Rico y del archipiélago filipino, aumentando con este último su influencia en el oriente asiático. Sus grandes corporaciones frutícolas, petroleras, cupríferas y de toda índole adquirieron enormes extensiones de valiosas tierras, con lo cual se convirtió en el árbitro de la economía de la mayor parte del Tercer Mundo, especialmente en América Central y del Sur.
La “Enmienda Platt” (1901) le permitió disponer de Cuba, anulando implícitamente su dependencia; la revuelta en Panamá y la ocupación de la zona del Canal le dio el cominio de una estratégica vía de comunicación entre el Atlántico y el Pacífico; las declaraciones del presidente Theodore Roosevelt (1904):
“Todo país cuya población se conduzca correctamente puede contar con nuestra cordialidad. Pero un desorden crónico, una impotencia constante para conservar los vínculos que unen a las naciones civilizadas, en América como en todas partes, podrán requerir la intervención de alguna nación civilizada, y en este hemisferio la fidelidad de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe podrá obligarlos, aunque eso les repugne, a ejercer un poder de policía internacional, en caso flagrante de tales desórdenes o de semejantes impotencias”,
significaban concretamente limitaciones de soberanía a los países del Golfo de México y del Mar Caribe; Nicaragua (1912), Haití (1915) y la República Dominicana (1916), quedaron bajo la dirección administrativa norteamericana. El “gran garrote” y “la diplomacia del dólar” estuvieron al servicio de la penetración imperialista y la intervención de Estados Unidos en la guerra mundial (1914-1918) consolidó definitivamente su peso intenacional.
Entre las colonias de los tiempos pasados y la política del capitalismo en la nueva etapa que simbolizaba Estados Unidos había una diferencia sustancial, aunque los atropellos enumerados hicieran presumir que nada iba a cambiar. Los monopolios pasaron a desempeñar un papel decisivo en la vida económica y con la fusión del capital bancario con el industrial comenzó a tener más importancia la exportación de capitales que la de mercaderías. En consecuencia, se procuró dominar financieramente a los países, obteniendo convenios ventajosos, esferas de influencias, concesiones, que permitió a las corporaciones monopólicas acaparar el mayor poder mundial.
La conquista y ocupación de todas las regiones de la tierra que constituirían el Tercer Mundo puede resumirse, finalmente, en períodos tales como: descubrimiento, colonización y saqueo, asociación con la metrópoli y, por último, dependencia económica-financiera y diplomática. A partir de entonces, cuando el colonialismo asumió esas características, los pueblos dependientes se transformaron, cada vez más, en focos de perturbación, de crisis, de conmociones sangrientas por la liberación nacional.
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Luis F. Rivas: la situación colonial, serie Transformaciones, Nº 83, Centro Editor, Buenos Aires, 1973.
María Elena Vela: Africa, botín del hombre blanco, Centro Editor, Buenos Aires, 1972.
Ch. André Julien: Historia de Africa, Eudeba, Buenos Aires, 1963.
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