La primera etapa del sindicalismo  

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© 1972

Centro Editor de América Latina Sección Ventas: Rincón 87. Bs. Aires

Hecho el depósito de ley

Impreso en la Argentina Printed in Argentina

Se terminó de imprimir en los Talleres Gráficos de Sebastián de Amorrortu e Hijos S. A., Luca 2223. Buenos Aires, en Noviembre 1972.

El texto del presente fascículo ha sido preparado por Fernando Suárez.

El asesoramiento general estuvo a cargo de Alberto J. Pla.

La revisión literaria estuvo a cargo de Aníbal Ford

Fernando Suárez

La primera etapa del sindicalismo. 1

Las formas de producción y la conformación de la clase obrera. 3

La unión de los oficios 3

Las Trade-Unions y el cartismo. 6

Los sindicatos en Francia. 7

Una nueva situación. 10

Los primeros sindicatos en Alemania. 11

Conclusiones 13

Bibliografía. 14

La necesidad de asociarse. 14

Exposición de la clase obrera española a las Cortes 15

Largas jornadas y bajos salarios 16

La gran fiesta nacional, de William Benbow, 1832, pp. 8-13. 17

Una visión de la huelga general de 1842. 18

La mecanización y las nuevas formas de trabajo vistas por un obrero francés en 1841 19

Respuesta del dirigente obrero francés Tolain, ante la proposición del gobierno francés que sugiere a los obreros, en 1861, el envío de una delegación a la exposición a realizarse en la ciudad de Londres 19

La amistad internacional 20

Condiciones de existencia del proletariado alemán en 1848. 20

Legislación del trabajo en Europa antes de 1870. 21

Legislación del trabajo en Inglaterra, 1802-1870. 21

Las primeras luchas reivindicativas no alcanzaron el carácter de acciones obreras, sino de “revueltas de hambre”. Sólo cuando las transformaciones técnicas revolucionen el sistema laboral se podrá hablar de luchas obreras.

En 1720 los sastres de la ciudad de Londres se quejaban al Parlamento:

“Los obreros sastres en el interior y los alrededores de las ciudades, en número de siete mil y más, han formado recientemente una asociación para aumentar sus salarios y abandonar su trabajo una hora antes. A fin de realizar mejor su proyecto han escrito cada uno su nombre sobre registros preparados con este objeto, en las numerosas casas de hospedaje o de reunión donde van habitualmente. Han acumulado sumas considerables para defenderse en caso de persecuciones”.

Uniones análogas se constituyeron, en la misma época, entre operarios cuchilleros y entre obreros de la lana de la zona Oeste del país.

De hecho, las primeras asociaciones de asalariados que adquirieron un carácter relativamente estable precedieron a la revolución industrial en mucho tiempo. Tal es el caso del “compagnonnage”, modo de asociación obrera que aparece entre los compañeros (oficiales asalariados) de un mismo oficio en Francia, a fines de la Edad Media. Es esta una fraternidad destinada al “perfeccionamiento profesional, moral y espiritual de sus miembros” y a la defensa de sus intereses frente a los maestros, en virtud de los abusos en el trabajo y del endurecimiento que se va dando en las posibilidades de acceso a la maestría. Durante todo el siglo XVIII y principios del XIX comienzan a arraigar tanto en Inglaterra como en Francia sociedades profesionales en la forma de círculos o clubes. Sus miembros solían reunirse en tabernas y lugares afines y sus principales actividades eran de carácter mutual, educativo y social: apoyo a compañeros sin trabajo, realización de fiestas, entierros, perfeccionamiento en el oficio, etc. Sin embargo en muchos casos llegaron a actuar como sociedades de resistencia y a encabezar luchas violentas contra las autoridades y los patrones burgueses. En su mayor parte, estos clubes se desarrollaban entre los artesanos y oficiales que ejercían los oficios más calificados, cuyos métodos de trabajo seguían siendo individuales y conservaban las características de los talleres artesanales y manufactureros. Estas sociedades estaban aisladas geográfica y socialmente, pues no se extendían más allá de sus zonas de trabajo. El acceso a ellos era, en general, dificultoso, pues obligaba a quienes querían asociarse a realizar desembolsos bastante importantes. Todo esto limitaba su número y su accionar.

El factor determinante de su organización no es, como muchas veces se ha dicho, la maquinación industrial, la transformación técnica, sino la separación entre el trabajo y la propiedad de los instrumentos de producción. Allí donde se produjo la separación, se formaron las uniones, aun cuando las máquinas no hubiesen todavía aparecido. Allí donde este divorcio no se produjo no hubo asociaciones obreras, aun cuando se hubiese comenzado a utilizar las máquinas. Tampoco nacieron estas primeras uniones de las revueltas llevadas a cabo por las masas miserables contra la explotación capitalista. No son los criados del campo, los mineros o los peones, mal pagados y mal tratados, quienes experimentan la necesidad de asociarse. Las protestas violentas son, entre ellos, efímeras y se manifiestan, inorgánica y espontáneamente, en las “revueltas de hambre”. Sus luchas no estaban determinadas por su carácter de productores sino por el de consumidores. En cambio, la formación de organismos independientes, capaces de resistir —aunque sea en un grado relativo— a la voluntad de los maestros y patronos, exigía un grado de independencia personal y de fuerza que sólo podían tener obreros cuyo nivel de vida había sido protegido durante siglos por reglamentos administrativos y por las costumbres; que organizaban el aprendizaje a través de códigos y limitaban el número de obreros en rada lugar

Fue para proteger privilegios que entraron en crisis que se formaron las primeras uniones.

“El aprendiz y el oficial de los gremios —decía Engels— no trabajaban tanto por el salario y la comida como por llegar a ser algún día maestros.”

Los móviles de estas organizaciones eran conservadores —y no revolucionarios, como se ha pretendido— y sus demandas incluían en muchos casos el mantenimiento de los reglamentos tradicionales del taller, contra aquellos patrones que buscaban poner en práctica las libertades económicas que le permitieran un mayor beneficio basado en una mayor explotación de la mano de obra. Uno de sus métodos de lucha era, por ejemplo, impedir el acceso al trabajo a otros trabajadores que no pertenecían a la asociación. Las uniones, a pesar de estar constituidas por asalariados, consenvaban muchas de las características de las viejas corporaciones de mercaderes y maestros artesanos.

Las formas de producción y la conformación de la clase obrera

Durante los siglos XVII y XVIII el artesanado entra en crisis. A través de un complejo proceso se desarrolla el modo de producción capitalista. Hemos analizado en los capítulos anteriores las características de una forma de transición, el trabajo rural domiciliado, y el salto hacia las nuevas formas económicas producido con el crecimiento de las manufacturas y luego de las fábricas, producto estas ultimas de la Revolución Industrial. También hemos visto los efectos radicales que estos cambios tuvieron en las condiciones de vida y de trabajo de las clases explotadas. Pero es importante remarcar que este cambio se produjo lentamente y que durante mucho tiempo coexistieron diversas formas de producción, hecho que explica la heterogeneidad de la clase obrera durante esta etapa y que influye decisivamente en los modos organizativos y métodos de enfrentamiento que ella va a utilizar en su lucha sindical y política. Coexistieron, en efecto, durante una larga etapa, pequeños artesanos individuales, oficiales y obreros especializados en las manufacturas, obreros con oficio dentro de algunos ramos de las fábricas mecanizadas y un sector en aumento de operarios sin oficio y sin conocimiento especial alguno. Estos últimos conformaron el nuevo proletariado, reclutado generalmente en el campo, emigrante de esas zonas y con una gran proporción de mujeres y niños en su composición. Este era el sector de salarios más bajos y su capacidad organizativa propia era casi nula. Sufrió las consecuencias de su ignorancia absoluta tanto de la vida urbana como de las normas mínimas para contrarrestar la mala alimentación y la falta de higiene, producto de las formas de vida infrahumanas, los bajos salarios percibidos, la desocupación temporaria y el hacinamiento a los que era sometido. Fue el sector más sensible a la mortalidad infantil y su término medio de vida, hacia el año 1840, apenas superaba los veinte años. Con ser en muchos casos el más violento en sus métodos de lucha, fue, durante una extensa primera etapa, el menos proclive a la organización sindical. La unión de los oficiales, con las características señaladas, es, por lo tanto, la forma característica de esta primera etapa de formación sindical.

La unión de los oficios

Se tienen datos escasos sobre las primeras uniones. Ellos provienen, fundamentalmente, de los escritos de sus enemigos, es decir, de las ordenanzas, prohibiciones y comentarios de la burguesía y la aristocracia. A pesar de ello, se sabe que, buscando romper con su aislamiento, las asociaciones obreras llegaron tempranamente a constituir confederaciones de un mismo oficio, como sucedió con los sombrereros de la ciudad de Londres, que en 1771 lograron reunir a sus similares de varias provincias. También en Inglaterra, hacia 1790, los operarios constructores de barcos de la ciudad de Liverpool y los cuchilleros —ya mencionados en 1720— habían constituido asociaciones de un alto nivel organizativo, lo que originó frecuentes quejas de sus patrones ante las autoridades.

En Francia también se desarrollaron uniones similares, en tal grado que el Estado las prohibió en 1749 mediante la siguiente reglamentación:

“Prohibimos a todos los compañeros [miembros del compagnonnage] y obreros que se reúnan con el pretexto de su cofradía que se confabulen para colocarse los unos y los otros junto a un dueño o abandonarle y también que obstaculicen que los dueños escojan por sí mismos a sus operarios”.

En 1790, ya producida la revolución francesa, el gobierno aprobó una resolución por la que concedía a todos los ciudadanos el derecho de reunión y el de formar libremente asociaciones. Pero esta medida se derogó poco después, en 1791, y fue reemplazada por la tristemente famosa Ley Le Chapelier, por la que se prohibían las asociaciones tanto obreras como patronales, pero estableciendo Penas de muy distinto rigor según fueran patronos u obreros los infractores. La ley determinaba también que los jornales del obrero se fijaran “de individuo a individuo”, es decir, en forma personal y no grupal. De esta manera, los obreros tuvieron que enfrentarse individualmente con los patronos. El estado inglés no quedó atrás en este aspecto: en el año 1799 el parlamento promulgó las Combination Acts (Leyes de Asociaciones), mediante las cuales se prohibía toda clase de uniones entre trabajadores.

Pero la legislación represiva no acalló a los trabajadores. Estos respondieron con las huelgas y el avance de sus organizaciones. La huelga de los tejedores de Glasgow (Escocia) realizada en 1804‑1805 llegó a paralizar a 40.000 trabajadores. Las formas organizativas con que respondió el incipiente movimiento obrero a las medidas prohibitivas fueron las sociedades secretas y clandestinas. Uno de los métodos fue la reacción violenta, que en muchos casos se desató contra las máquinas e instalaciones de las fábricas y talleres. Tal el caso del movimiento luddista, que llegó a destruir, en muy pocos años de actividad, alrededor de 100.000 libras esterlinas de capital en máquinas.

Luego de finalizadas las guerras napoleónicas, en 1815, comienza en Inglaterra un período de aguda crisis que incide gravemente en el nivel de vida de los obreros. Las fábricas se encuentran con sobreproducción y muchas de ellas deben cerrar. Los soldados licenciados invaden el mercado de trabajo y la sanción de las Leyes de Granos, destinadas a beneficiar a los terratenientes, perjudica a industriales y obreros al subir el precio del pan. El hambre, la carestía, la desocupación y los bajos salarios dominan estos años. En 1817 se produce la primera Marcha del Hambre, de Manchester a Londres, marcha que finaliza con una violenta represión. La crisis llevará a muchos obreros a apoyar la política de la burguesía radical, que luchaba por el voto y la representación parlamentaria. Son los años de la “matanza de Peterloo”.

Pero, por otro lado y en forma subterránea, la organización sindical prosigue su marcha. Comienza a hacerse habitual el nombre de Unions o Trade-Unions que usan en un principio los carpinteros navales de Londres y otros gremios, nombre con el que son conocidas hasta hoy las organizaciones sindicales inglesas.

La crisis se atenúa en los años siguientes. En junio de 1824 el parlamento vota la abolición de las Leyes de Asociaciones, reconoce el derecho de huelga y permite la formación de sindicatos. Comienza para las TradeUnions un período de expansión y se afirma la solidaridad en el plano nacional y en el interprofesional.

En el otoño de 1829 y bajo la inspiración del obrero irlandés John Doherty, quien desde los veinte Manchester, se organiza la Unión de los Hilanderos de Algodón de Manchester, se organiza la Unión General de Hilanderos y Tejedores a Destajo de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Doherty, después del fracaso de la huelga de hilanderos de la ciudad de Ashton‑under‑Lyne, afirma:

“Ha quedado demostrado que ninguna unión de un oficio particular puede resistir los esfuerzos asociados de los patrones de esa industria particular: es preciso tratar de agrupar a todos los oficios”.

Y de allí en adelante se dedicará a esa tarea. En 1830, dadas las circunstancias favorables, se crea la Asociación Nacional para la Protección del Trabajo, que funciona como una federación de todas las Uniones existentes. Rápidamente la Asociación se integra con 150 Uniones, llega a agrupar a 80.000 obreros y a tirar 30.000 ejemplares de su periódico La Voz del Pueblo. Sus objetivos principales son la lucha salarial y el socorro de huelga. Las ciento cincuenta Uniones comprenden a los hilanderos de algodón (gremio que trabaja en forma mecanizada), los tejedores de géneros de punto, los impresores de calico (un tipo de tela ordinaria), los tejedores de seda y también a los mecánicos, los fundidores, los herreros. A todos éstos se van agregando los obreros de las minas de Staffordshire, del Yorkshire, del Cheshire y del país de Gales, es decir, de todas las zonas claves de la minería del país en ese momento en pleno crecimiento.

Pero el esfuerzo organizativo realizado resultó demasiado grande. Si bien se logró un importante triunfo en la huelga minera de Oldham, La Voz del Pueblo dejó de editarse al poco tiempo y la Asociación Nacional desapareció a mediados de 1832. No llegó a durar tres años, pero fue el primer intento de constituir una confederación sindical que agrupara a todos los oficios. Otra organización que se mantuvo varios años, orientada esta vez hacia la formación de Uniones por ramas de industrias a través de la unificación de un grupo de oficios, fue la Unión de la Construcción. Esta comprendía a los ladrilleros, ebanistas, picapedreros, pintores de brocha gorda, plomeros y peones de la construcción. Las tendencias sindicales del movimiento obrero siguieron fortaleciendo luego la participación de los obreros en las luchas políticas de 1832, que culminaron con la Reforma Electoral. Es en esos años en los que pesa la figura del industrial, filántropo Robert Owen, doctrinario también del movimiento socialista. Owen logró constituir la “Gran Unión Consolidada de los Oficios” lo cual pese a haber durado sólo un año, ejerció una gran influencia en los movimientos posteriores.

La Unión determinó en sus estatutos que cada sindicato componente se convirtiera en una sección, agrupándose en Consejos de distritos regionales y en un Consejo Nacional. El número de los adherentes fue extraordinario: se cree que llegó al millón, y el periódico de Owen, The Crisis, llamaba a sus deliberaciones “el Parlamento Obrero”. Las uniones adherentes comprendían no sólo a los oficios tradicionales, sino también a nuevos sectores del proletariado industrial y a obreros agrícolas. A la lucha salarial y al mutualismo se agregan los proyectos del propio Owen sobre la formación de talleres cooperativos con el fin de eliminar a los patrones. Estos reaccionaron obligando a los obreros a firmar “el documento”, mediante el cual se los obligaba a renunciar a la afiliación. De lo contrario eran despedidos. Todo esto señala con claridad un hecho: el nuevo ordenamiento legal que aseguraba el derecho a asociarse no tenía valor pues se dependía del patrón para poder trabajar y lograr el sustento. Por esta razón, muchos obreros debieron desafiliarse. La “Gran Unión” sostuvo importantes huelgas, hasta quedar exangüe en sus recursos. Además, sus miembros fueron amenazados con la deportación. Poco después del congreso constitutivo, realizado el mes de febrero de 1834, seis jornaleros fueron arrestados y deportados por el solo hecho de pertenecer a ella.

Se producen entonces importantes manifestaciones obreras que permiten al movimiento presentar un petitorio de 250.000 firmas a favor de los condenados y que acercan a la Gran Unión a las uniones que hasta ese momento no habían ingresado en ella: la Unión de la Construcción, la Unión de los Pañeros, la Unión de Leeds, la de los Hilanderos de algodón y la Unión de los Alfareros.

Por primera vez, prácticamente todas las asociaciones obreras inglesas actuaron tras un objetivo común, el cual en última instancia, era la defensa de su propio derecho a la existencia. Sin embargo, la nueva confederación no pudo mantenerse a raíz de la escasez permanente de fondos, debida, a su vez, a la constante colaboración con las diferentes huelgas, a la persecución a sus afiliados y a las maniobras de lock‑out que llegaron a aplicar los patrones, y debió disolverse a fines de 1834. Algunos de los sindicatos que la componían siguieron actuando en forma independiente.

Las Trade-Unions y el cartismo

La etapa siguiente del movimiento obrero inglés se caracterizó por las grandes movilizaciones de masas unidas por reivindicaciones tales como las diez horas de labor, la lucha contra la reducción de los salarios —maniobras muy frecuentes entre los industriales— y los derechos políticos populares. Estas movilizaciones se produjeron entre 1834 y 1848.

Se formaron así agrupamientos de agitación política tales como la Asociación de Trabajadores. Esta, fundada en 1836 reunía a artesanos de Londres que habían participado en los anteriores movimientos encabezados por William Lovett y Henry Hetherington. Sus metas eran: derecho al sufragio universal y secreto, idéntica división de los distritos electorales, dietas para los diputados, etc. Es decir, un programa de reformas democráticas.

Junto a esta asociación se formó la Asociación Democrática, encabezada por Feargus O’Connor y Bronterre O’Brien. Su programa comprendía: la promulgación de la jornada de ocho horas la prohibición del trabajo a los menores, la anulación de las leyes de pobres y la legalización de los sindicatos. Estos grupos, que constituyeron la dirección de la Carta del Pueblo, no se diferenciaban sólo por sus programas sino también por el sector de la producción que representaban, así como por su zona geográfica y su ubicación social. Mientras el primero expresaba a los trabajadores que mantenían sus oficios de tipo artesanal y que vivían en Londres y en otras viejas ciudades del sur, los segundos tenían su base de apoyo en los distritos del norte, en las ciudades pobladas recientemente por el avance industrial y por los obreros fabriles. Es en esta época cuando la idea de la huelga general de todos los oficios, planteada por primera vez por el cantinero Benbow, quien la imaginaba como un feriado prolongado durante un mes. Pero la polémica entre los dos grupos dirigentes, el de Lovett —partidario de la “fuerza moral”— y el de O’Connor y O’Brien —que preconizaba la “fuerza física”— paralizó las acciones decisivas. El primer grupo apuntaba a una agitación conjunta y a la coalición con los grupos liberales de la burguesía industrial, mientras que el segundo veía en las huelgas y el enfrentamiento directo el método fundamental de lucha.

En el mes de abril de 1842 el parlamento rechazó un petitorio organizado por el cartismo, que contaba con más de tres millones de firmas, referido a salarios, horarios, salubridad y alimentación de la clase obrera. En él se afirmaba:

“en todo cuerpo constituyente del Imperio, el capital y la propiedad acumulada habrán de ser colocados en absoluto a los pies del trabajo”.

El 5 de agosto de 1842 los obreros de Ashton abandonan sus talleres y, en forma espontánea, comienza a hacerse realidad la huelga general planteada por Benbow. En pocos días la huelga comprende a 50.000 obreros, los huelguistas se desplazan de una zona a otra formando piquete y difundiéndola. Mientras la huelga se extiende, se celebra en Manchester una conferencia de delegados de “las diferentes profesiones elegidos por sus oficios respectivos”. La conferencia señala en una de sus resoluciones:

“… hasta que la delegación de clase no sea abolida enteramente y hasta que los principios de la unión de los trabajadores no sean instaurados, el trabajador no se hallará en condiciones de beneficiarse con el fruto de su trabajo”.

La relación entre las reivindicaciones salariales y la Carta del Pueblo era innegable para la mayoría de los delegados de los oficios y así lo manifestaban en sus declaraciones. Pero, para muchos obreros, la huelga sólo tenía un contenido sindical. Si bien el movimiento huelguístico fracasó, abrió una tendencia de agitación permanente que permitió a la clase obrera inglesa llevar a cabo una importante serie de conquistas. En 1846 se derogan las leyes de granos, reivindicación burguesa que permitió la baja del precio de los alimentos, y en 1847 se sancionó la ley que rebajaba la jornada laboral a diez horas. Esta ley fue el resultado de la última ola de actividad cartista de masas, que se extinguió poco después de las manifestaciones de abril del 1848, y de la malograda revolución de ese año en el continente.

Karl Marx caracterizó este triunfo como “el producto de una larga guerra civil más o menos abierta entre la clase capitalista y la clase obrera” y consideró a esa ley como la primera gran victoria de los obreros sobre la burguesía.

“Los obreros —decía— han forzado una ley estatal que les impide venderse a sí mismos y a sus familiares a la muerte y a la esclavitud mediante un contrato voluntario.”

Los sindicatos en Francia

La ley le Chapeller no eliminó la organización obrera en Francia. Esta singuió realizándose en mutuales que muchas veces actuaban como cobertura de una lucha reivindicatoria más avanzada. Tal es el caso de las mutualidades lyonesas, que participaron activamente en la dirección de la insurrección de Lyon en 1834.

Pero, justamente a raíz de este levantamiento y de la violenta represión que lo siguió, las organizaciones obreras se vieron obligadas a replegarse por varios años. Los obreros más activos se refugiaron en sociedades secretas, de escaso número, como la famosa Sociedad de las Familias que encabezaba el dirigente revolucionario Blanqui, o se unieron a los grupos republicanos.

En 1840, y a raíz de la grave crisis económica, comenzó una ola de agitación huelguística de caracter reivindicativo que tuvo como objetivo el aumento de salarios y la eliminación de la “libreta de trabajo”. Esta última, sin la cual no se podía obtener trabajo, servía a los patrones para controlar la conducta de un operario a través de las anotaciones que había hecho en ella el patrón anterior. Tres mil obreros sastres interrumpieron sus tareas y lograron el apoyo de las provincias y de los tipógrafos de París. Las huelgas se siguieron produciendo durante todo el año y abarcaron a los obreros en papeles pintados, los zapateros, los constructores de carruajes, los ebanistas, los obreros fabricantes de clavos, los picapedreros y muchos otros oficios. Las reivindicaciones que levantan los diversos gremios configuran un primer programa obrero que aun mucho después tomará parte de las luchas sindicales. Además de los puntos ya señalados, otros puntos importantes eran: la eliminación de los subcontratistas —que con su actividad deprimían artificialmente los salarios—, la reducción de las jornadas a doce horas, con diez horas de trabajo real, y el pago doble de las horas extraordinarias. El movimiento huelguístico fue severamente reprimido bajo la acusación gubernamental de formar parte de un complot republicano y muchos de sus integrantes fueron encarcelados. Durante esta época se acentúa una antigua división en el grupo de los “compañeros del deber” —miembros del compagnonnage— a raíz del mal trato dado por los oficiales a los aspirantes, a quienes se les pagaba bastante menos y se los obligaba no solo a cotizar sin derecho a revisar el empleo de los fondos sino también a toda clase de ritos y vejaciones para acceder al oficio. Comienza así a decaer la organización tradicional de los artesanos frente a ese nuevo compagnonnage sin ritos ni misterios que vive a la luz del día y es accesible a todas las profesiones” y que “pone a todos los trabajadores en un pie de igualdad”. A pesar de estos cambios, el movimiento, en el que participaron figuras como las de Flora Tristán y George Sand, se mantuvo dentro de un esquema programático que no fue mucho más allá de los socorros mutuos y la enseñanza del oficio. Con todo el movimiento huelguístico avanzó en sus planteos con respecto a las viejas corporaciones. Entre los años 1840 y 1848 se llevan a cabo importantes trabajos de organización sindical. Las sociedades obreras que habían actuado en las huelgas crecen al mismo tiempo que se crean nuevas organizaciones. Será la masiva participación obrera en los sucesos del 1848 el hecho que garantizará la obtención de la legislación protectora del trabajo a diez horas en París y a once horas en provincias y determina la aplicación de penas de prisión a los patrones que reincidan en su incumplimiento; pero no se avanza en lo que respecta al trabajo de mujeres y niños. También se logran reglamentos de trabajo en algunos oficios. En febrero de 1848 se deroga la legislación que prohíbe las asociaciones de obreros e industriales y aparece un gran número de nuevas asociaciones. Los carpinteros de París forman una Asociación Fraternal y Democrática con la intención, por un lado, de “sostener al gobierno, republicano, popular y democrático” y, por el otro, de ayudar a las familias de los trabajadores y “eliminar el sistema de subcontratos”. La heterogeneidad de los objetivos será la característica de las nuevas uniones. Los obreros albañiles y picapedreros crean una Asociación Fraternal que comienza a romper el estrecho marco de los distintos oficios “para unificar sus intereses y marchar así hacia el objetivo de la humanidad, la fraternidad universal”. La Asociación es a la vez empresa de trabajos y sociedad de socorros mutuos. Puede afirmarse que, en general, los objetivos más comunes de las muchas asociaciones de esta época eran los socorros mutuos, el pleno empleo y algunas reivindicaciones que fijó el movimiento de 1840. Al mismo tiempo, comienzan a darse las primeras uniones de oficios diferentes, que la producción comienza a agrupar en establecimientos comunes. Así sucede con los albañiles y picapedreros y con los curtidores. descarnadores, sobadores de masa y combadores. La manufactura comienza a tener efectos en la organización obrera. Al día siguiente de la revolución se funda la Asociación de los Trabajadores de los Ferrocarriles Franceses.

En agosto de 1849 se realiza una reunión con el fin de constituir una federación de asociaciones obreras: 103 asociaciones se adhieren al nuevo organismo, el primer intento de este tipo en Francia. La unión se formaliza en noviembre de ese año y comienza a funcionar, pero en mayo de 1850 ochenta agentes de la policía invaden la casa y detienen a los asistentes. Se acusa a los delegados de conspirar contra el gobierno. La situación ha cambiado y la Segunda República terminará derogando la legislación laboral y persiguiendo a las organizaciones obreras, que vuelven a dispersarse.

El Segundo Imperio continúa con la misma política: miles de agricultores y obreros serán juzgados por comisiones militares, acusados de pertenecer a sociedades secretas o a sociedades obreras. Pero luego de la derrota de la revolución, y durante los primeros años de Napoleón III, cambia el panorama para la clase obrera francesa. Se produce un rápido crecimiento económico que modifica en importante grado las condiciones de trabajo y aumenta la concentración fabril. Se comienzan a utilizar máquinas en gran escala. De 1849 a 1869 la fuera motriz empleada por las fábricas se quintuplica; aumenta en grandes proporciones el consumo del hierro y el acero; se construyen ferrocarriles; se amplía la producción textil. El imperio se convierte en el “reino de los negocios”. En octubre de 1852 Proudhon escribe: “… en nuestros departamentos, desde hace cuatro meses, la economía de la sociedad se transforma totalmente. ¡He ahí el hecho!” Se forman grandes compañías fabriles, navieras, etc. “Los obreros pierden en el taller y en la fábrica todo contacto con el patrón.” La burguesía se diferencia cada vez más de los obreros y vive ahora en barrios distintos. En sus Memorias de un obrero de París, el economista liberal Armando Audiganne resume la situación:

“Se diría una continua sucesión de cambios evidentes: las fábricas y los talleres fueron verdaderamente transformados. Así, las exigencias económicas impulsaron a la industria hacia la aglomeración de capitales inmensos y la posesión de un material extremadamente poderoso […]. De esa constitución manufacturera y comercial, tan enérgica y tan absorbente, resultaron para el trabajo condiciones nuevas. Frente a esas unidades poderosas, a esas asociaciones colosales donde el anonimato debe aumentar sin cesar, ¿qué es el obrero, aisladamente considerado? Un grano de arena”.

Al mismo tiempo, persiste la derogación de las leyes de protección al trabajo y se impone un control estricto a las asociaciones obreras. El régimen, que en esos aspectos muestra una mano severa, buscará apoyo popular con otros métodos: hará donaciones a las sociedades de socorros mutuos, dedicará fondos a la reparación de viviendas obreras y apoyará la beneficencia. Pero, nuevamente, las sociedades de socorros mutuos ampararán la existencia de verdaderos sindicatos de resistencia: de 1852 a 1858 los expedientes de procesos señalan 584 huelgas, la mayoría de ellas organizadas con ese sistema. En estas huelgas se afirman cada vez más los objetivos que caracterizarán al sindicalismo posterior: aumentos de salarios, reducción de horas de trabajo, protesta por las malas condiciones higiénicas y defensa de despedidos.

Las modificaciones en la estructura industrial inauguraron un período de inseguridad, desempleo y bajo nivel de vida. Pero, el mismo tiempo, el programa de reivindicaciones obreras adquiere un nuevo contenido. Carente del apoyo de un sector burgués, el emperador buscará nuevas formas para lograr el apoyo de una clase obrera cuya actitud había sido hasta entonces indiferente y hostil. Nombra a su primo presidente de la sección francesa de la Exposición Industrial de Londres y la prensa oficial sugiere a los obreros que participen en ella, con el argumento de “conservar sobre los obreros de otras naciones esa superioridad que hasta hoy aseguró nuestra supremacía en todos los mercados”. Se llegó entonces a un acuerdo y los presidentes de las sociedades de socorros constituyeron una comisión obrera, la que eligió doscientos delegados por los distintos oficios en febrero de 1862 para concurrir a la Exposición.

Una nueva situación

El viaje a Londres permitió a los obreros franceses comparar su situación con la de sus compañeros ingleses.

Durante la década del 40 los Trade-Unions habían sufrido importantes modificaciones. La finalización de las luchas cartistas, unida a una mejora de la situación económica general y a un nuevo avance del desarrollo capitalista, produjo un aumento considerable del número de afiliados a las Uniones y la estabilización de éstas. La Unión Consolidada de los Mecánicos, que se constituye en 1850 y se compone especialmente de obreros calificados, tiene en 1861 más de 20.000 miembros y un activo de 73.000 libras. Los albañiles, fundidores de hierro y los fabricantes de máquinas de vapor constituyen sindicatos de un nivel tal que les permite tener secretarios rentados para la contabilidad y la correspondencia. Su alcance es nacional y su organización centralizada.

Las nuevas Uniones tienden a reunir exclusivamente a obreros calificados, y dejan de lado la idea, ya tradicional, de la solidaridad obrera. Pero este principio no será adoptado por todas: las dos tendencias antagónicas se mantendrán durante un largo período.

Se forma también un Consejo Nacional de Sindicatos de Londres, que comienza a funcionar desde 1860.

Tal unificación es la consecuencia directa de uno de los conflictos obreros más importantes de esos años: la huelga de los obreros de la construcción que tuvo lugar en el año 1859, fue motivada por la negativa patronal ante un pedido de reducción de la jornada a nueve horas de trabajo y de descanso el sábado por la tarde. A esta medida los patrones responden con un lock‑out y 43.000 obreros quedan sin trabajo. Sólo se emplea a aquellos que se desafilian. La huelga dura nueve meses, gracias a la solidaridad de todos los otros sindicatos y culmina con el triunfo de los trabajadores. Al mismo tiempo las condiciones se tornan favorables: se realizan una serie de fusiones entre las Uniones menores y se produce la formación del ya mencionado Consejo.

Los delegados franceses pudieron comprobar que el trabajo del obrero inglés era mejor retribuido y que su jornada de trabajo era más corta. Los ebanistas de París decían en su informe al regreso:

“El salario se fija por un reglamento de la sociedad corporativa en un mínimo de 32 chelines, que equivale a 40 francos, de suerte que el obrero inglés gana el doble que el obrero francés”.

Y observaban, junto con esto, que sus gastos eran prácticamente iguales. Las Uniones inglesas habían intentado también obtener protección para la vejez de sus afiliados y establecer seguros por enfermedad y desocupación.

En cuanto a la libertad sindical lograda, nada mejor que escuchar a los tipógrafos franceses:

“… discuten [los obreros ingleses] con plena libertad, no solamente su salario, sino también las condiciones de toda naturaleza que se refieren a su trabajo [y si algo lesiona sus intereses] se reúnen en el taller, discuten el caso en calma y sin coacción toman una decisión que es comunicada al jefe del establecimiento [quien] mientras deliberan los obreros se abstiene cuidadosamente de entrar a su propio taller”.

La reunión de los obreros ingleses y franceses tuvo dos consecuencias importantes. Para los franceses la experiencia sirvió como punto de referencia para tomar conciencia de sus propias limitaciones y, al mismo tiempo, de modelo programático para sus reivindicaciones futuras. Para el resto de los obreros europeos sirvió de base para la construcción de la primera herramienta fraternal que habría de actuar por sobre los límites nacionales: la Primera Internacional de Trabajadores, que comienza a funcionar en 1864.

Los primeros sindicatos en Alemania

En comparación con Inglaterra y Francia, puede decirse que en las primeras décadas del siglo en Alemania se produjeron estallidos caóticos y que el grado de organización obrera era muy inferior. Persistía el tipo de organización artesanal a raíz de que la producción se ajustaba, fundamentalmente, a las pautas del artesanado. Entre los años 1800 y 1810 el porcentaje de población que vive de la agricultura constituye un 80% del total. La máquina de vapor y la libertad de oficios comenzarán a afirmarse en la década de 1830 y en 1834 la burguesía recién logrará unificar el mercado interno mediante la creación de la Unión Aduanera Alemana, lo cual permitió el tránsito de productos de una zona a otra en un país todavía dividido por el esquema feudal. En 1848 hay aún en Prusia alrededor de un 60% de ocupados en las artesanías frente a un 40% de trabajadores fabriles. El porcentaje de asalariados asciende, con respecto a la población total, a un 10%. Las organizaciones obreras de las primeras décadas no pasan de ser simples mutuales, débiles en número, de escaso alcance y muy vinculadas con los grupos religiosos.

Entre los años 1830 y 1840 se produjeron cambios. Aparecieron sociedades secretas, similares a las francesas, la más importante de las cuales fue la Liga de los Justos, fundada por artesanos emigrantes que entraron en contacto con obreros y artesanos franceses. En estas sociedades se discutían las propuestas para resolver la cuestión social realizadas por ideólogos franceses como Louis Blanc y Saint Simon o ingleses como Robert Owen. De la liga dejos Justos surgió, poco antes de 1848, la Liga de los Comunistas, para la cual Marx y Engels escribieron el Manifiesto Comunista.

El régimen dominante buscó frenar la generalización de estas ideas prohibiendo, en 1835, las emigraciones de operarios al extranjero, pero no logró el éxito esperado. Aparecieron también, en esta época, las primeras sociedades culturales de obreros y artesanos, los cuales actuaron, sin embargo, bajo la influencia de la burguesía. El autoritarismo alemán consideró peligrosa esta situación y aplicó la Ordenanza General del Trabajo, mediante lo cual se prohibió la formación de asociaciones obreras, así como los acuerdos entre operarios para “interrumpir o impedir el trabajo con el propósito de inducir a los patronos e incluso a la autoridad a hacer concesiones”. Los acontecimientos revolucionarios de 1848 y 1849, que se extienden también a Alemania, permiten la formación de organismos obreros de más vasto alcance.

En abril de 1848 se organiza en Berlín un grupo en torno a Stefan Born, que funda una sociedad destinada a la discusión de los asuntos obreros. Sus objetivos son: salario mínimo, jornada de trabajo máxima, unión de los obreros para el mantenimiento de salarios fijos, abolición de impuestos indirectos al consumo, implantación de impuestos progresivos sobre la renta, enseñanza gratuita a la juventud, bibliotecas populares, abolición de la restricción a los viajes y libertad de movimientos. Este mismo grupo convoca a un congreso que crea la Hermandad Obrera, primera organización laboral independiente de Alemania, que reúne a treinta y una sociedades obreras y tres comités, la mayoría de Sajonia y Prusia. Sin embargo, su programa definitivo es menos avanzado que el del grupo organizador: ideas mutualistas y cooperativistas y algunas reivindicaciones sindicales, tales como la defensa de la jornada laboral de diez horas.

La Hermandad Obrera desarrolló posteriormente una intensa actividad: llegó a integrarse con ciento setenta sociedades locales y organizaciones de distrito y editó su propio órgano de prensa, La Hermandad. Después del congreso de obreros se constituyó como organización sindical nacional la Asociación de Obreros del Cigarro, entidad precursora en ese aspecto.

Luego del fracaso de la revolución se frenó el avance de las Uniones y la represión estatal aumentó hasta tal punto que una ley de junio de 1854 obligó a los gobiernos de los diferentes estados alemanes a disolver, en el plazo de dos meses, todas las sociedades obreras que tuvieran objetivos socialistas o comunistas.

Durante la década de 1850 se aceleró el proceso de descomposición del viejo régimen artesanal. Se fueron nutriendo las filas del proletariado y, hacia fines de la década, recomenzó la agitación. En ese momento volvieron a fundarse sociedades culturales guiadas por la burguesía, pero en éstas los obreros actuaron con un mayor grado de independencia. El obrero cigarrero Fritzsche afirmaba en esos años que la tarea de las sociedades debía consistir en “introducir a los obreros en la política y la vida pública y no en rellenar las lagunas de la educación escolar”. Al mismo tiempo, entre 1862 y 1863 comienzan a hacerse públicas las ideas de Ferdinand Lassalle, quien realiza una crítica activa contra el régimen. Tal actividad desembocó en la creación de la Asociación General de Trabajadores de Alemania (ADAV), que se fijó el objetivo de trabajar por caminos pacíficos, legales y “especialmente mediante la persuación pública, por la implantación del sufragio general, igual y directo”. A pesar de que el alcance organizativo de la nueva asociación es muy escaso —a la muerte de Lassalle, en 1864, llega sólo a 4.000 afiliados— y que la mayoría de los obreros permanece en las sociedades culturales burguesas, la influencia de la ADAV es de real importancia en el futuro movimiento sindical y político alemán. De su seno salió la fracción socialista encabezada por Bebel y Liebknecht, que formará la sección alemana de la Primera Internacional. Esta, en su congreso de 1868, se pronunció por la unión de los trabajadores en cooperativas gremiales centralizadas, considerando a éstas como la mejor manera de sostener la ayuda mutua. El sector de Bebel hizo también especial hincapié en la formación de sindicatos, que eran considerados “escuela del socialismo”.

Desde 1861, en Sajonia, se deroga la prohibición de asociarse. Nuevamente se sindicalizan los obreros del cigarro en 1865, los tipógrafos en 1866 y los sastres y los obreros de la madera en 1868.

Sin embargo, es al sector “lassalleano” de la ADAV —que no ingresa a la Internacional— a quien corresponde el mérito de abrir camino a los primeros sindicatos centralizados de Alemania. En 1868 llama a un congreso general de obreros alemanes, que se realiza en Berlín en setiembre de ese año y que cuenta con la participación de 200 delegados de 56 ramas profesionales de 105 localidades. Se decide allí la fundación de doce sindicatos centralizados, que se deben unir en la “Federación General Alemana de Sindicatos”. Se formaliza así el primer intento de coordinar los esfuerzos de los nacientes sindicatos alemanes.

Conclusiones

Todo lo señalado con respecto a los países europeos, donde primero se dio el capitalismo y el desarrollo industrial, permite observar evoluciones desiguales, no sólo si comparamos diferentes países entre sí, sino también diferentes regiones de un mismo país y aún diferentes ramas de la producción. La heterogeneidad en las formas de trabajo afectó y determinó las características de las organizaciones obreras que se desarrollaron durante esta etapa y fue el factor que impidió la concreción de fraternidades estables.

Mientras que en Inglaterra los sindicatos avanzaron tal como lo hemos señalado y sobre el final de este período se comenzaba a hablar de un “nuevo tipo de sindicalismo” (organizaciones importantes, funcionarios rentados, logros fundamentales en la legislación laboral), en Francia y en Alemania los sindicatos, en el sentido que hoy tiene este término. apenas habían comenzado a aparecer y sus primeras luchas se llevaban a cabo bajo la cobertura que les brindaban las sociedades de ayuda mutua o de educación obrera.

Pero es importante hacer notar que, durante esta etapa, las Unions inglesas no llegaron a agrupar a todos los trabajadores. Será necesario que se desarrollen las nuevas estructuras Industriales para que entren en crisis definitiva los viejos oficios y se igualen las formas y condiciones de trabajo, y para que, con ello, los sindicatos, registrando el cambio, den cabida a las masas obreras hasta ese momento no sindicalizadas. En muchas ocasiones los dirigentes obreros intentaron superar las barreras que las condiciones económicas imponían al desarrollo de las organizaciones obreras, pero la suerte de las primeras asociaciones muestra que fueron más las derrotas que los triunfos. Esto último no debe llevar el análisis hacia una idealización, en reemplazo de un análisis científico, que exija, en el movimiento obrero de la época, la superación de obstáculos que la base material no había superado. El estudio de los momentos posteriores del proceso demuestra que la unión de los diversos grupos de trabajadores alcanzó permanencia y se organizó en torno a objetivos comunes, no a partir de las coincidencias de momento o de los grandes programas idealistas, sino a partir del análisis de las condiciones y posibilidades, objetivas y concretas, en que cada paso adelante era llevado a cabo.

Bibliografía

Dolléans, Edouard. Historia del Movimiento Obrero. Buenos Aires, Eudeba, 1962.

Marx, Carlos. El Capital. Méjico, F.C.E., 1966.

Engels. Federico. “Del socialismo utópico al socialismo científico”, en Obras escogidas de Marx y Engels. Moscú, Progreso.

Kuczynski, J. Evolución de la clase obrera. Guadarrama. Madrid. 1967.

Dobb, Maurice. Estudios sobre el desarrollo del capitalismo. Eudeba, Siglo XXI - Argentina, 1971.

Mallet, Serge. La nueva condición obrera. Madrid, Tecnos. 1968.

Abendroth, Wolfgang. Historia social del movimiento obrero europeo. Barcelona. Estela. 1970.

Benoist. Luc, Le Compagnonnage et les métiers. París. Presses Universitaires de France, 1966.

La necesidad de asociarse

Los obreros de distintos gremios se quejan de la insuficiencia de sus salarios para satisfacer sus necesidades […]. Los unos discuten la legitimidad de nuestras reclamaciones y aconsejan a nuestros burgueses, con alegría de corazón, que rechacen despiadadamente nuestras exigencias; los otros nos dicen que tengamos paciencia, como si se tuviese tiempo para esperar cuando se tiene hambre. Nosotros, los que sufrimos, no contamos más que con nosotros mismos; sentimos el mal, busquemos un remedio inmediato y eficaz; apliquémoslo. Yo creo que lo encontraremos en la asociación […]. Comprenderéis todos perfectamente que la asociación tiene la doble ventaja de agrupar todas las fuerzas y de dar a ese todo una dirección. Si quedamos aislados, dispersos, somos débiles […]. Es preciso, pues, un lazo que nos una, una inteligencia que nos gobierne; es preciso una asociación. Así, el primer paso es la formación de un cuerpo compuesto de todos los trabajadores del mismo oficio; dar a ese cuerpo una administración que lo gobierne, una comisión que discuta con los patrones los intereses del gremio o que reciba, de manos de los consumidores, la labor por realizar y la distribuya a los asociados […]. A una señal dada por ella, todos los obreros abandonarán sus talleres y suspenderán el trabajo para obtener de los patrones el aumento del precio reclamado […]. Pero no habréis alcanzado el objetivo que os proponéis si no procuráis formar una asociación de todos los gremios.

Es preciso unir las sociedades parciales de trabajadores por un vínculo común, establecer entre ellas relaciones fáciles y prontas […]. Los derechos, los intereses obreros, cualquiera sea el gremio a que pertenezcan, son siempre los mismos; al defender los derechos y los intereses de un gremio se protegen los derechos y los intereses de todos los demás. Todos queréis un salario en armonía con vuestras necesidades, todo queréis ganar con vuestros brazos con qué vivir honestamente todos tenéis las mismas necesidades, todos tenéis hambre; todos quered pan… ¿Por qué dividiros en lugar de unirnos? ¿Por qué debilitaros en lugar de agrupar nuestras fuerzas?

(Folleto escrito por el obrero zapatero Efrahem titulado De l’Assoclatlon des ouvriers de toas les corps d’état, publicado en París en 1833.)

Exposición de la clase obrera española a las Cortes

Señores diputados de las Cortes Constituyentes:

Hace años que nuestra clase va caminando hacia su ruina. Los salarios menguan. El precio de los comestibles y el de las habitaciones es más alto. Las crisis industriales se suceden. Hemos de reducir de día en día el círculo de nuestras necesidades, mandar al taller a nuestras esposas, con perjuicio de la educación de nuestros hijos; sacrificar a estos mismos hijos a un trabajo prematuro. Es ya gravísimo el mal, urge el remedio y lo esperamos de vosotros. No pretendemos que ataquéis la libertad del individuo, porque es sagrada e inviolable; ni que matéis la concurrencia, porque es la vida de las artes; no que carguéis sobre el Estado la obligación de socorrernos, porque conocemos los apuros del Tesoro. Os pedimos únicamente el libre ejercicio de un derecho: el derecho de asociarnos. Hoy se nos concede sólo para favorecernos en los casos de enfermedad o de falta de trabajo: concédasenos en adelante para oponernos a las desmedidas exigencias de los dueños de talleres, establecer de acuerdo con ellos tarifas de salarios, procurarnos los artículos de primera necesidad a bajo precio, organizar la enseñanza profesional y fomentar el desarrollo de nuestra inteligencia y atender a todos nuestros intereses.

Desaparecerá entonces esa ruinosa concurrencia entre nosotros mismos, hija sólo del hambre. El empresario participará de los quebrantos a que nos condenen los sucesos y la fatalidad de las leyes económicas. No se apelará a la baja de los salarios sino después de haber apurado cuantos medios existan para abaratar los productos y vencer en las luchas industriales. Se sostendrá, por una parte, el precio de la mano de obra, y se facilitará, por otra, en los gastos de subsistencia, una considerable economía. La enseñanza vendrá a destruir los efectos subversivos de la división del trabajo. La solidaridad entre los asociados y las asociaciones templará los desastrosos resultados de las crisis. Se evitarán abusos. Cesarán los conflictos.

Se teme que asociados hemos de promover desórdenes, mas infundadamente. Los artesanos franceses lo estuvieron casi todos durante los últimos años del reinado de Luis Felipe, y ni un solo día turbaron la paz del Reino. Tampoco los operarios de Cataluña, mientras la autoridad no se mostró hostil a sus numerosas sociedades. Pero si llegamos a interrumpirla, ¿no están, además, los gobiernos? Destinados a hacer respetar los derechos de todos, extiendan enhorabuena sobre nuestras cabezas la hoja de su espada. Sus fuerzas serán siempre superiores a las nuestras.

Mas ¿a qué hablar de fuerzas? Ante la nueva potencia de las asociaciones jornaleras, el dueño de taller no tarda en renunciar a exageradas pretensiones. Transige y se realiza la armonía entre el capital y el trabajo.

Clama ahora el capital porque se nos niegue la facultad que pedimos, pero sin justicia. Asociándose es como ha precipitado la ruina de la pequeña industria y acelerado la nuestra. ¿Es equitativo que él solo disfrute de este beneficio? Ya que aun a los ojos de la ley hayamos de estar en lucha, debemos disponer de iguales armas. Nuestra libertad no queda, a buen seguro, violada porque otros la ejerzan; no porque nos asociemos le ha de quedar la suya. Ni la suya ni la de nadie. Deseamos la asociación y aspiramos a generalizarla, pero no por la violencia. Libre ha de ser en ella la entrada, libre la salida, obligatorios sus acuerdos sólo para sus individuos; pasiva su resistencia; puramente moral su acción sobre los capitalistas. Que éstos accedan o no a las resoluciones de la Asociación, nos creemos siempre en el deber de respetar su derecho. Nos calumnian los que nos acusan de espíritu de opresión y exclusivismo. Ni la consideración de la servidumbre en que vivimos puede excitar en nosotros tan bastardos sentimientos.

Nuestros dolores son, indudablemente, grandes. No sólo no podemos cubrir nuestras primeras atenciones; trabajamos más de lo que consienten nuestras fuerzas y nuestra salud se altera; somos objeto de groseros insultos y, a pesar de sentir vivamente lastimado nuestro orgullo, hemos de devorarlos en silencio. Otros, con ser menos penosa su carga y menos útiles, piden protección, condecoraciones, privilegios; nosotros sólo (pedimos) la universalización de un derecho o, por mejor decir, la sanción de una libertad que está en nosotros. Véase hasta dónde llegan nuestras exigencias. ¡Ojalá sean, cuando menos, entendidas!…

(Tomado de García Venero, Historia de los movimientos sindicalistas españoles. 1841-1937. Madrid, 1961, pp. 140-41.)

Largas jornadas y bajos salarios

Los que tienen que trabajar duro y más tiempo reciben los jornales más bajos, mientras aquellos cuyo trabajo es más atractivo ganan más por regla general, y muchos que no hacen absolutamente nada ganan aún más. Se puede concluir, pues, que aquellos que trabajan más duro y más tiempo reciben los jornales bajos precisamente porque su trabajo es tan largo y tan duro. Los que trabajan demasiado duramente están tan agotados y exhaustos que no desean más que satisfacer sus necesidades físicas; por otra parte, los que trabajan menos; tienen tiempo para cultivar sus gustos y desean cosas que sobrepasan sus necesidades puramente materiales. Los que trabajan tan duro y durante tanto tiempo no pueden ser inducidos a pedir jornales más altos porque no les quedan fuerzas ni tiempo ni deseos. Pensamos en un hombre que trabaja catorce horas al día. No tiene tiempo para bañarse, escribir cartas, cultivar flores, tener invitados o contemplar obras de arte. Para él su vivienda significa comer y dormir. Por otro lado, un hombre que trabaja ocho horas al día tiene mucho más tiempo a su disposición.

(Panfleto escrito por Ira Stewart, citado por j. Kuczynski, p. 114.)

La gran fiesta nacional, de William Benbow, 1832, pp. 8-13

[…] Nosotros somos el pueblo, nuestros intereses están con el pueblo para realizarlos en forma correcta debemos encargarnos de ellos. El pueblo ha sido convocado para trabajar para sí; presentamos un plan de operativos, no tenemos ni seguridad, ni libertad, ni igualdad, ni tenemos la posibilidad de pensar que la tranquilidad, la alegría, la paz, el placer sean posesiones del pueblo, a menos que nosotros cooperemos para ello; les presentamos un plan, les haremos la guerra, a menos que sigan nuestras indicaciones.

Holy day, o sea día sagrado, es el significado real de holiday* y el nuestro ha de ser de todos los días sagrados el más sagrado. Es el más sagrado porque está destinado a crear la felicidad y liberar a la humanidad; nuestro día sagrado está signado para establecer la abundancia, abolir la carencia, para hacer que todos los hombres sean iguales. En nuestro día sagrado vamos a legislar para toda la humanidad, la constitución escrita durante nuestro día de fiesta ubicará a cada ser humano en el mismo nivel, iguales derechos, iguales goces, igual trabajo, igual respeto, igual parte de la producción: ¡este es el objetivo de nuestro día sagrado, de nuestro festival!!!

Los fundamentos y la necesidad de tener un mes de vacaciones surge de la circunstancia en la cual estamos ubicados. Estamos oprimidos en el sentido más completo de la palabra, hemos sido privados de todo, no tenemos propiedad, riquezas, y nuestro trabajo no nos sirve de nada, desde el momento que lo que producimos va a las manos de los demás. Hemos hablado con los gobernantes una y otra vez acerca de nuestras carencias y miserias; pensamos que ellos eran sabios y buenos, durante años hemos confiado en sus promesas, y nos encontramos hoy en día luego de vivir tantos siglos de tolerancia en la más completa ruina moral y económica. Nuestros señores y patrones no nos han propuesto ningún plan que podamos adoptar; se contradicen aún sobre lo que ellos llaman la fuente de nuestra miseria; unos dicen una cosa, otros dicen otra. Un canalla, un sacrílego, blasfema, dice “que el exceso de producción es la causa de nuestra miseria”. Cuando nosotros que somos los productores, semihambrientos, con todo nuestro esfuerzo apenas obtenemos lo indispensable para no morirnos de hambre. Es la primera vez en toda época y país que la abundancia fue declarada como una causa de la carencia. ¡Mi Dios! ¿Dónde está la abundancia? ¿Abundancia de comida? Pregúntele al trabajador dónde la ha de encontrar; sus rostros enflaquecidos son la mejor respuesta. ¿Abundancia de ropas? La desnudez, el temblor por frío, el agua, los resfrios, los reumatismos del pueblo, son pruebas de la abundancia de ropa. Nuestros señores y patrones nos dicen que producimos demasiado; muy bien, entonces dejaremos de producir durante un mes y pondremos en práctica la teoría de ellos.

Nuestros patrones y señores dicen que el exceso de población es otra causa de nuestra miseria. Lo que quieren decir con esto es que los recursos del país son inadecuados para su población. Debemos probar lo contrario y durante unas vacaciones efectuar un censo de población y una medición de la tierra, y ver mediante el cálculo si es que no se trata de una desigual distribución y una mala administración de la tierra, que hace a nuestros señores y patrones decir que son demasiado para nosotros.

Estos son dos fundamentos muy válidos para nuestro holiday, para un Congreso de la clase trabajadora. Antes de que tenga lugar el mes de vacaciones se deben realizar preparaciones universales para ese fin. No debe tener lugar durante tiempo de sembrado o de cosecha. Todo hombre debe prepararse para él mismo y ayudar a su vecino; las preparaciones deben comenzar antes del tiempo establecido. Comités para la dirección de la clase trabajadora se deben formar en cada ciudad, pueblo, villa o parroquia a través del reino. Estos comités deben familiarizarse con el Plan y usar la máxima actividad y perseverancia para ponerlo en ejecución tan pronto y en forma tan efectiva como sea posible. Deben convocar mitines frecuentes y señalar la necesidad y el objetivo de este holiday. Cuando se pongan en ejecución todos los detalles del Plan mencionado el comité de cada parroquia y distrito seleccionará un grupo de hombres sabios que serán enviados al Congreso Nacional. Cada parroquia o distrito con una población de 8.000 habitantes mandará dos hombres sabios al Congreso; una población de 15.000 habitantes, cuatro hombres; una población de 25.00 habitantes mandará 8 hombres y Londres enviará 50 hombres sabios también al Congreso.

El objetivo del Congreso será Reformar la sociedad. Debemos eliminar lo que está podrido en nosotros para sanarnos. Veamos lo que está podrido. Todo hombre que no trabaja está podrido; se lo debe hacer trabajar para que se cure. No sólo está la sociedad podrida, sino que la tierra, la propiedad y el capital están pudriéndose. No es sólo una cosa, sino que todo lo humano y natural está podrido en esta actual situación y nosotros debemos cambiarla.

(Tomado de Cole y Filson, British Working class mouvements. Selected documents. 1789-1895. Mc Millan, Londres, 1967.)

Una visión de la huelga general de 1842

Richard Pilling, obrero cartista, da su opinión sobre la huelga general de 1842, en el proceso que se le sigue por instigación;

Los trabajadores de Ashton y de los alrededores [ante una nueva reducción de salarios] se indignaron tanto que no sólo se reunieron los que eran cartistas, sino los de todas las opiniones; un local en el que cabrían mil individuos fue llenado hasta la sofocación y no hubo más que una sola voz en la asamblea para declarar que no servía de nada tratar de levantar una suscripción para los otros sino que era preciso hacer huelga; y la huelga estalló en un minuto de un extremo a otro de la sala; whigs, torys, cartistas, radicales vergonzantes y todos los demás. En una reunión en que hubo 15.000 personas y la población total es solamente de 25.000. […] Cualquiera que haya sido para otros la causa de la huelga, para mí fue una cuestión de salarios. Y digo que si el señor O’Connor hizo de ella una cuestión del cartismo, hizo maravillas para extenderla a través de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Pero, para mí esa huelga fue siempre una cuestión de salarios y de la reforma de las 10 horas [de trabajo]. Combatí largo tiempo para mantener los salarios y obraré así hasta el fin de mis días; e inclusive encerrado en los muros de un calabozo, sabiendo que, como individuo, cumplí con mi deber; sabiendo que fui uno de les principales obstáculos opuestos a la última reducción de salarios; sabiendo que, gracias a esa huelga, millares y decenas de millares de hombres comieron el pan que no habrían comido si la huelga no hubiese tenido lugar; quedaré satisfecho, cualquiera sea el resultado. Después de estas observaciones, voy a dejaros cumplir con vuestro deber. No dudo de que me dejaréis, con vuestro veredicto, volver con mi mujer, con mis hijos y mi trabajo.

La mecanización y las nuevas formas de trabajo vistas por un obrero francés en 1841

[…] ahora, con la división del trabajo, los nuevos procedimientos y las máquinas, la mayoría de los oficios tienden a volverse puramente mecánicos y los obreros de todas las profesiones serán relegados pronto a la clase de trabajadores no especializados […]. Muy pronto no habrá necesidad de trabajadores más que para hacer girar las manivelas, llevar cargas y hacer diligencias; es verdad que tendrán instrucción primaria, es decir, su inteligencia será bastante desarrollada para comprender que la sociedad los rechaza como parias. Por la simplificación de los medios de fabricación, el hombre no tiene ya necesidad de su fuerza física ni de su aptitud y no es más necesario que un niño.

(Escrito del tipografo Adolphe Boyer, 1841, citado por Dolléans, tomo 1, p. 10.)

Respuesta del dirigente obrero francés Tolain, ante la proposición del gobierno francés que sugiere a los obreros, en 1861, el envío de una delegación a la exposición a realizarse en la ciudad de Londres

Yo creo como Ud. que los obreros de París son inteligentes y por mi parte, le agradezco la opinión que tiene de ellos. Pero ¿cómo conciliar esta inteligencia con esa inercia? ¿Por qué no se ayudan ellos mismos? Es un reproche que se les hace a menudo y al cual no es fácil responder sin acusar. Cuando la iniciativa viene de lo alto, de la autoridad superior o de los patrones, no inspira a los obreros más que una mediana confianza. Se sienten o se creen dirigidos, conducidos, absorbidos, y las mejores tentativas raramente son coronadas por el éxito. Es un hecho que compruebo, sin querer discutir aquí si los obreros tienen razón o no. Cuando la iniciativa viene de abajo es cosa muy distinta: encuentra imposibilidades materiales contra las cuales se estrella. Que se forme un comité exclusivamente compuesto de obreros al margen del patrocinio de la autoridad o de los fabricantes, que trate de formar un centro, de agrupar a su alrededor adherentes, de reunir suscripciones; por inofensivo que sea su objetivo, esté seguro de que, no se le permitirá alcanzarlo. Así, hace falta una fuerte dosis de resolución para ponerse al frente cuando, además, siempre, con razón o sin ella, los promotores se sienten puestos en el index: porque el obrero que se ocupa de cuestiones políticas, en el país del sufragio universal, es considerado un hombre peligroso; es peor si se ocupa de cuestiones sociales […]. Pero ¿por qué, dirá Ud., rehusa los consejos de aquellos cuyas luces y cuya balsa les serán de tanto provecho? Porque no nos sentiremos libres, ni en nuestro objetivo ni en nuestra elección ni en nuestro dinero, y las más hermosas afirmaciones no valdrán nada contra una opinión que quizás está subrayadamente justificada. No hay más que un solo medio, es el de decirnos: “Sois libres, organizaos; tratad vuestras asuntos vosotros mismos, no os pondremos trabas. Nuestra ayuda, si tenéis necesidad de ella, si la juzgáis necesaria, será completamente desinteresada, y en tanto que quedéis en los límites de la cuestión no intervendremos”.

(“Carta” publicada por Tolain, como respuesta al diario L’Opinion Nationale que publico la proposición hecha por el Gobierno Francés el 2 de octubre de 1861.)

La amistad internacional

Hemos comprobado con felicidad que nuestros colegas ingleses no son, con respecto a nosotros, lo que se esfuerzan algunas veces por hacernos creer. En Inglaterra no hemos encontrado más que atenciones, amistad, fraternidad. He aquí lo que hemos encontrado en el corazón del obrero inglés. Estamos más convencidos que nunca de que el espíritu de animosidad entre los pueblos es un prejuicio desastroso que engendraron solamente las antiguas monarquías. Nuestra permanencia en Londres es una negación formal del principio funesto de nacionalidad y, si el porvenir quiere que las exposiciones universales se propaguen, así como las delegaciones, es seguro que se irá de sorpresa en sorpresa. Propaguemos nuestras ideas, hagamos voto por la continuación de las delegaciones, tanto en interés de la industria como para la fraternidad de las clases obreras.

(Informe de los joyeros franceses luego de un viaje a Londres en 1862 con motivo de la Exposición Universal de ese año.)

Condiciones de existencia del proletariado alemán en 1848

El proletariado tiene conciencia de su situación. Esta es la causa de su diferencia fundamental con el pobre, que acepta su suerte como una orden divina y no pide nada más que limosnas y una vida ociosa. El proletariado se da cuenta claramente de que estaba en una situación intolerable e injusta; pensaba en ello y sentía el deseo de tener propiedad; deseaba tomar parte de las alegrías de la existencia; rehusaba creer que había de pasar la vida en la miseria, justamente porque había nacido en ella; además tenía conciencia de su fuerza, como hemos apuntado arriba; veía cómo el mundo temblaba ante él y esta idea le animaba; llegó hasta desafiar la ley y la justicia. Hasta entonces la propiedad había sido un derecho: él la calificó De latrocinio.

Nosotros tenemos un proletariado, pero no tan bien desarrollado. Si uno fuera a preguntar a nuestros artesanos, que han sido arruinados por la competencia y muchas otras causas; a nuestros tejedores parados, a nuestros tejedores de seda, que viven en nuestras casamatas y casas de familia; si uno se atreviera a penetrar en esas chozas y cuevas, si se hablara a las gentes y se conociera su situación, uno se daría cuenta con sorpresa de que tenemos un proletariado. No obstante, no se atreven a proclamar sus demandas. Porque el alemán es generalmente tímido y le gusta ocultar su desgracia. ¡Pero la miseria crece y podemos estar seguros, sin duda alguna, de que la voz de la pobreza será un día terriblemente alta!

(“Anonimo de MagdebuRgo” de 1844, citado por J. Kuczynski, p. 81.)

Legislación del trabajo en Europa antes de 1870

Año

Principales disposiciones de las leyes

En Francia

1813

Prohibe el trabajo de niños menores de 10 años en las minas.

Incumplida.

1841

Prohibe el trabajo de niños menores de 8 años en fábricas que empleen más de 20 trabajadores; jornada de 8 a 12 horas para los jóvenes de hasta 16 años; prohibe el trabajo nocturno de niños menores de 13.

Incumplida.

1848

Jornada de 10 horas para niños menores de 14 años.

Incumplida.

En Prusia

1839

Prohíbe el trabajo de niños menores de 9 años en fábricas y minas; jornada de 10 horas, sin trabajo nocturno ni los domingos para jóvenes menores de 16 años. No establece la inspección gubernativa del trabajo.

1853

Prohibe por lo general el trabajo de niños menores de 12 años en las fábricas; nuevas limitaciones de la jornada para los jóvenes. Inicia la inspección del trabajo.

1869

La Confederación Alemana del Norte adopta la legislación social de Prusia.

En Austria

1854

Reglamentación del trabajo de niños y mujeres en las minas.

Incumplida.

1859

Prohíbe el trabajo en las fábricas de niños menores de 10 años; jornada de 10 a 12 horas para los jóvenes.

Incumplida.

Legislación del trabajo en Inglaterra, 1802-1870

Año

Principales disposiciones de las leyes

1802

Limita el trabajo de los aprendices indigentes a 12 horas diarias, sin trabajo nocturno.

No fue cumplida.

1819

Prohibe emplear niños menores de 9 años en las manufacturas de algodón; jornada de 12 horas para los niños de 9 a 16 años.

No fue cumplida.

1833

Prohibe el trabajo de niños menores de 9 años en la mayor parte de las industrias textiles; semana de 48 a 69 horas para los jóvenes menores de 18 años, sin trabajo nocturno; primera inspección gubernativa de las fábricas, con 4 inspectores autorizados; penas por incumplimiento de la ley: 1 a 20 libras de multa.

1842

Prohibe el trabajo en las minas de niños menores de 10 años; semana de 38 horas para niños de 10 a 13 años; excluye de las minas a las mujeres. Es la primera ley que trata del trabajo de las mujeres adultas.

1847

Jornada de 10 horas para jóvenes y mujeres, ampliadas después a 10 ½

1862

Preferencia al pago de los salarios, dando prioridad a éstos en caso de quiebra.

1867

Se amplía la legislación del trabajo a la mayor parte de las industrias.

(Tomado de Friedlander y Aser, Historia económica de Europa moderna. Fondo C. Económico, México. 1967. pp. 198-199.)


* Holiday equivale a vacaciones, y es el significado que se le daba al cese de tareas.

Sindicalismo y laborismo inglés  

Posted by Fernando in

Sindicalismo y laborismo inglés

Irma Antognazzi

© 1972

Centro Editor de América Latina

Sección Ventas: Rincón 87, Bs. Aires

Hecho el depósito de ley

Impreso en la Argentina

Printed in Argentina

Se terminó de imprimir en los Talleres Gráficos de Sebastián de Amorrortu e Hijos S. A., Luca 2223, Buenos Aires, en Noviembre 1972.

El texto del presente fascículo ha sido preparado por Irma Antognazzi

El asesoramiento general estuvo a cargo de Alberto J. Plá

La revisión literaria estuvo a cargo de Aníbal Ford

Sindicalismo y laborismo inglés 1

El imperialismo y la clase obrera inglesa. 1

Las corrientes políticas en el movimiento obrero hasta 1890. 4

Las organizaciones sindicales: del viejo al “nuevo’ sindicalismo. 7

El Partido Laborista Independiente: ¿un partido de la clase obrera? 9

El Partido Laborista Inglés 11

“La patria está en peligro” 12

Bibliografía. 16

La misión nacional de Inglaterra según Chamberlain. 17

La cuestión de Irlanda. 17

Viejo y nuevo unionismo. 19

William Morris, fundador de la Liga Socialista. 20

Un ex combatiente de la guerra contra los Böers 20

Porcentaje de territorio perteneciente a las potencias coloniales europeas y a los Estados Unidos 21

La declaración sobre la guerra de la Segunda Internacional 22

“Lo mismo por su situación particular que por sus aspiraciones la aristocracia obrera confirmaba que era terreno favorable para la política de colaboración de clases.”

Morton y Tate, “Historia del movimiento obrero inglés”.

En 1873 una de las crisis más graves producidas hasta ese momento conmovió a Inglaterra y a todo el mundo capitalista. El mercado interno inglés ya no pudo absorber una producción industrial en constante aumento; ésta tampoco pudo ser volcada con facilidad en el mercado externo —monopolizado hasta esos años por Inglaterra— a causa de la competencia de las otras potencias imperialistas que habían entrado en escena después de un acelerado proceso de industrialización. La saturación del mercado produjo la baja de los precios y con ello el cierre de fábricas, la desocupación, la disminución de los salarios. Esta situación, la gran depresión, se prolongó hasta mediados de la década de 1890, afectó profundamente a los países imperialistas y a los que dependían de ellos, y originó graves tensiones sociales.

El imperialismo y la clase obrera inglesa

El proletariado había crecido rápidamente en toda Europa durante la segunda mitad del siglo XIX y había comenzado a organizarse tanto en el plano sindical como en el político. Pero, a pesar del optimismo de sus dirigentes con respecto a la posibilidad de liquidar en poco tiempo el sistema capitalista y establecer el socialismo, todavía le quedaba a la burguesía un largo camino por recorrer. Esta, con el poder en sus manos, reajustó sus proyectos económicos y políticos y pudo afirmar su hegemonía. La reducción de los beneficios que producían sus capitales, a causa de la saturación del mercado, la resolvió exportando esos capitales a los países dependientes. La creciente presión del proletariado la contrarrestó haciendo concesiones, en la medida de lo posible, pactando con los dirigentes sindicales y dividiendo al movimiento obrero. Dos fenómenos estrechamente relacionados. Así, el imperialismo, “fase superior del capitalismo”, al decir de Lenin, salvó al capitalismo de la crisis de fin de siglo. Pero también agudizó sus contradicciones: la concentración del capital en grandes asociaciones (trusts, cártels, etc.) destruyó la libre competencia; el nuevo crecimiento de la burguesía se hizo a expensas de una mayor explotación de ciertos sectores del proletariado interno y, muy en especial, de las colonias y los países dependientes; comenzó el desarrollo capitalista dependiente en los países de la periferia; se incrementó la competencia entre las grandes potencias imperialistas, hecho que desembocaría en la guerra de 1914.

La relación entre la nueva etapa imperialista y el desarrollo del movimiento obrero inglés es estrecha. Las enormes ganancias que se obtenían no sólo del comercio internacional sino también de la exportación de capitales y bienes de capital permitieron hacer concesiones y frenar las luchas del proletariado. Así, las reformas paulatinas, los reajustes parciales del sistema, evitaron las tensiones que podía provocar su transformación radical. Por otra parte, el proletariado, todavía no totalmente sindicalizado, sumergido en la más sórdida miseria, sin representación política, fue a veces manejado con relativa facilidad por los dirigentes obreros que la burguesía, con su nueva política, había comprado o conquistado. Pero también hay que señalar que la burguesía no tuvo razones para temer del proletariado hasta principios de siglo. Y esto a pesar de que en Londres habían trabajado Marx y Engels y se había realizado la Primera Internacional. Antes de esa época, si bien el movimiento obrero fue creciendo en magnitud y fuerza y buscó una salida política independiente, no dejó de ser un apéndice de la política liberal; es decir, no enfrentó a la burguesía desde una posición clasista.

El proletariado inglés no era homogéneo. Algunos sectores, con calificación tradicional, que la mecanización reciente todavía no había reemplazado, tuvieron más prestigio y mejor nivel de vida que el resto. Pero aunque el crecimiento industrial fue homogeneizando las condiciones de trabajo, el imperialismo permitió ganarse la voluntad de los sectores obreros industriales claves y de sus dirigentes mediante el arbitraje, el fraude, la corrupción, los beneficios individuales. Resulta fácil descubrir en la historia del movimiento obrero inglés un desfazamiento entre la política sindical y del partido obrero y los reclamos de las bases proletarias.

En todos los casos en que el movimiento obrero estuvo a punto de radicalizarse hacia el socialismo revolucionario fue frenado por sus dirigentes y desviado hacia las propuestas burguesas. Este período de fin del siglo XIX y comienzos del XX se caracteriza por el crecimiento del poder, la conciencia y la organización del proletariado en todos los países de Europa. Pero en todos, con excepción de Rusia, la revolución en potencia se frustró por la fuerza de los movimientos reformistas y la política reformista pudo realizarse en gran medida gracias al imperialismo.

El imperialismo pronto tuvo sus teóricos, sus ideólogos, sus propagandistas. La explotación de los países dependientes fue justificada de diversas maneras. De los periódicos a las escuelas se difundió la concepción de que los ingleses eran la “primera raza del mundo”. Consecuencia: “mientras mayor sea la parte del mundo que habitemos [los ingleses] mejor será la raza humana”. Para Chamberlain, ministro de Colonias, el imperialismo era la “política justa, inteligente, económica”, y Cecil Rhodes afirmaba: “si hay Dios creo que a él le gustaría que yo pintase con el rojo británico tanta parte del mapa de Africa como fuese posible”.

Pero, a nivel interno, no bastaba en Inglaterra con la difusión del nacionalismo imperialista. La alta burguesía, que había desencadenado el nuevo proceso en defensa de sus intereses económicos, debió repartir, en busca de apoyo, los beneficios provenientes de la explotación de los países dependientes. Los nuevos beneficiarios fueron los pequeños ahorristas, accionistas de pequeñas empresas radicadas en el extranjero; el nuevo sector de “trabajadores de cuello blanco” que forman el grueso de la llamada “clase media”; la “aristocracia obrera”, un 15% del total de la clase obrera, con alta calificación en su trabajo (mecánicos, obreros de la construcción y carpinteros), que no habían sido desplazados todavía por la gran industria y que gozaban de trabajos permanentes mejor remunerados. Este sector, que recibe los beneficios del imperialismo, es reducido con respecto a la mayoría de la población: el proletariado rural y urbano, a excepción de la “aristocracia” y los “especializados” en los nuevos trabajos industriales que exige la técnica, vive en la miseria: subalimentación, condiciones deplorables de trabajo, desocupación, hacinamiento.

El progreso técnico de la década del 70, la “era del petróleo y de la electricidad”, la llamada Segunda Revolución Industrial, permitió aumentar la concentración de capital y la explotación de la mano de obra.

La nueva acumulación del capital produce, además de la ruptura del mercado competitivo, el crecimiento del proletariado Industrial. Junto con el crecimiento demográfico sorprendente, los cambios técnicos en la agricultura y, básicamente, su crisis a raíz de la importación de productos agrícolas de las colonias, llevaron a las ciudades a grandes masas de campesinos necesitados, fenómeno agravado por el éxodo de los campesinos irlandeses. En las ciudades industriales y mineras (Londres, Liverpool, Manchester, Leeds, etc.), que eran cada vez más populosas, competían en el mercado de trabajo desocupados, mendigos y obreros en la miseria.

El crecimiento de la industria no llega a absorber el crecimiento del proletariado urbano. Estos “obreros sobrantes”, que forman la categoría que Marx llamó “ejército industrial de reserva”, constituyen una condición propia y normal del modo de producción capitalista. Están, allí, a disposición del, capitalista, para cuando el auge industrial requiera su empleo. Además, con su sola presencia y su hambre, hacen crecer desmedidamente la oferta de trabajo, mantienen bajos los salarios y boicotean la resistencia de los obreros por conseguir mejoras laborales.

Pero “el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber”, había dicho Marx al inaugurar la Asociación Internacional de Trabajadores en 1864. Y la mano de obra inglesa no estaba aún organizada sindicalmente. El movimiento sindical, aunque en crecimiento desde mediados del siglo XIX, no era un real representante de la clase obrera. Sus cuadros dirigentes habían entrado en francas componendas con los grupos de poder.

El desarrollo capitalista desde mediados del siglo XIX produjo una serie de cambios sociales: promovió la “especialización”, capacidad requerida para el manejo de las nuevas máquinas, lo cual hizo aparecer un sector de obreros especializados; permitió reunir a grandes grupos de trabajadores, hasta millares, en grandes establecimientos industriales, que participaban de experiencias y condiciones de trabajo similares; produjo el desarrollo del sector terciario, dedicado a tareas no productivas dentro de las empresas, los “trabajadores de cuello blanco”, que por la seguridad, el tipo de trabajo —intelectual— y el nivel de sus salarios se ubicó en la escala social entre la burguesía y la “aristocracia obrera”; hizo que la “aristocracia obrera” viera disminuidos sus privilegios por el surgimiento de los “especializados” y la uniformidad de las condiciones de explotación de la clase obrera; aceleró el proceso de crecimiento de la burguesía industrial y financiera y de consolidación de su poder político, a expensas de la aristocracia terrateniente. Una serie de leyes (las correspondientes a la derogación de las Leyes de granos, a la Reforma Parlamentaria, a la Reforma Agraria y a las Reformas Impositivas) disminuyeron progresivamente el peso de la aristocracia terrateniente en beneficio de la nueva burguesía industrial y financiera.

Las corrientes políticas en el movimiento obrero hasta 1890

Cuando se creó la Asociación Internacional de Trabajadores en Londres, en 1864, sólo algunos sectores de trabajadores estaban sindicalizados. No existía en Inglaterra una organización central de la clase obrera. Sólo dos décadas después se constituiría un partido obrero “independiente”. Marx había insistido en la necesidad de la organización de la clase obrera para conseguir el poder político y de la organización de un movimiento sindical nacional e internacional, así como en la necesidad de formar un partido obrero inglés separado de los partidos liberal y conservador, representantes de distintos sectores de la burguesía. Ese partido se fundó en 1903, pero sin las características revolucionarias que Marx había pretendido de él. A pesar de la dirección que Marx y Engels quisieron imprimir al movimiento obrero, los dirigentes sindicales ingleses se preocuparon fundamentalmente por la reforma parlamentaria y el logro de los derechos laborales, y dirigieron a la clase obrera desde una perspectiva liberal‑radical.

En la década del 80 se perfilan claramente varias corrientes políticas. El Partido Conservador, que representa a la aristocracia terrateniente y a la burguesía comercial y financiera tradicional, se turna en el poder con el Partido Liberal, cuyas alas más radicalizadas, los nuevos sectores de la burguesía con acceso al poder político a través de las sucesivas leyes de Reforma, forman asociaciones Lib-Lab (liberales y representantes obreros) y captan a los dirigentes sindicales.

Los sindicatos se mantenían dentro de la acción puramente reivindicativa pues no existía un partido de la clase obrera que encuadrara políticamente la acción sindical.

Hasta entonces, como vimos, los sectores bajos del proletariado, la amplia mayoría, no tenían participación política ni estaban organizados sindicalmente, mientras que los sectores calificados participaban aliados con el Partido Liberal. Engels, tal como lo había hecho Marx, propuso la organizacón de un partido político independiente de la clase obrera.

“No hay poder en el mundo —afirmaba— capaz de resistir un solo día a la clase obrera británica organizada.”

El nacimiento de la. Federación Social Demócrata en 1881 fue la respuesta de Henry Hyndman, y de algunas organizaciones burguesas, a la necesidad de crear un nuevo partido. Si bien la Federación se declaraba socialista —Hyndman era un lector asiduo de la obra de Marx— eludía uno de los puntos claves de la teoría marxista: la necesidad de una revolución que destruyera el sistema capitalista y creara la sociedad socialista. Hyndman sostenía que el capitalismo por sí solo produciría automáticamente su caída y no hacía referencia a la ruptura revolucionaria. Fue, afirman los historiadores Morton y Tate, un “propagandista más que un organizador o dirigente capaz de conducir al pueblo a través de sus necesidades y aspiraciones diarias a la lucha por el socialismo”. A pesar de las limitaciones en el plano de la acción política, la Federación, con la presidencia de Hyndman, contribuyó a la difusión de la teoría marxista. Pero el ingreso en 1883 de William Morris —artista, obrero calificado y escritor— le dio a la Federación un programa más decididamente socialista. Hacia 1884 las acusaciones de oportunismo y sectarismo contra Hyndman produjeron en el seno de la Federación un movimiento disidente. Los miembros más radicalizados de la asociación, dirigidos por Morris, se apartaron para formar la Liga Socialista. Al decir de Morton y Tate,

“Morris, el más grande de los socialistas británicos, junto con un grupo de obreros e intelectuales intentaba crear un verdadero partido socialista en Gran Bretaña”.

La Liga Socialista denunció el oportunismo de Hyndman, quien continuó siendo en el fondo un “patrono burgués”, así como su dirección dictatorial.

Si bien más leales con sus principios, los miembros de la Liga se limitaron en su acción a la propaganda del marxismo a través de conferencias públicas, libros y periódicos. Pero no debemos desconocer que esta propaganda era necesaria en las masas obreras, influidas por la tradición reformista y liberal. Los hombres de la Liga comprendían la necesidad de la revolución, pero, en lugar de encuadrar la acción sindical por las reivindicaciones económicas dentro de un contexto político, de acuerdo con la teoría que proclamaban, se apartaron de los sindicatos por considerar su acción en búsqueda de “paliativos” como perjudicial para el proceso de la revolución. En suma, no intentaron la conducción política del proletariado.

La Liga desconoció a su vez la vía parlamentaria, pues consideraba que el Parlamento, manejado por la burguesía, era una “trampa” para la clase obrera. Tanto la Federación como la Liga estuvieron constituidas por pequeños grupos de intelectuales y obreros. Solo algunos dirigentes sindicales, miembros de la Federación, tuvieron un papel preponderante en las movilizaciones obreras de fines del 80, pero esto fue por razones que no provenían de los lineamientos de la Federación. Ni ésta, ni la Liga Socialista pudieron transformarse en un partido obrero. Casi simultáneamente a la constitución de la Liga se fundó la Sociedad Fabiana “con el objeto de reconstruir la sociedad con las más altas posibilidades morales”. Compuesta por un pequeño grupo de intelectuales —nunca tuvo inserción en la clase obrera— y pretendidamente socialista, sus propuestas no fueron más que meros intentos de reforma social, paulatinos, graduales, con la creencia de que a través de dichos cambios se llegaría a alcanzar el socialismo. Sus fundadores, Sidney Webb y el escritor George Bernard Shaw, fueron sus ideólogos más importantes.

Los miembros de la Sociedad Fabiana no eran socialistas revolucionarios sino jóvenes de la clase media, conmovidos por los conflictos sociales de la época y por la deplorable situación de la clase obrera. Su ideología reformista implicaba, en última instancia, una perspectiva burguesa, en la medida en que la acción de “reformar” permitía el mantenimiento del sistema.

A pesar de su propuesta inicial de estudiar la realidad no llegaron a desentrañar los mecanismos del modo de producción capitalista. Al desconocer el análisis científico de la sociedad capitalista que Marx y Engels habían elaborado a partir de la sociedad inglesa, los fabianos propusieron exclusivamente medidas reformistas: derecho al sufragio para todos los adultos, incluyendo a las mujeres, jornadas de trabajo de ocho horas, socialización de los ferrocarriles, etc. Confiaban en el Parlamento y en la “democracia” capitalista y aceptaban y empleaban los medios “democráticos” de representación popular. En contraposición a la propuesta revolucionaria marxista esgrimían el “gradualismo”. Engels, en una carta a Sorge escrita en enero de 1893. decía de los fabianos:

“[…] son un ambicioso grupo londinense que han comprendido lo bastante como para darse cuenta de la inevitabilidad de la revolución social, pero que posiblemente no podría confiarle esta gigantesca tarea al rudo proletariado solamente, y que por ello tienen la amabilidad de ponerse a la cabeza. El principio fundamental de ellos es el temor por la revolución. Son los “cultos” por excelencia […] Su socialismo es un socialismo municipal: no es la nación sino el municipio el que ha de convertirse, al menos por el momento, en propietario de los medios de producción. Este socialismo es presentado como una consecuencia extrema pero inevitable del liberalismo burgués, a consecuencia de lo cual siguen la táctica de no oponerse resueltamente a los liberales en cuanto adversarios, sino de empujarlos hacia conclusiones socialistas, y por tanto de intrigar con ellos; de penetrar de socialismo al liberalismo, de no presentar candidatos socialistas contra los liberales, sino de imponérselos a éstos, obligándolos a aceptarlos o metiéndoselos de contrabando. Por supuesto que no se dan cuenta de que en este proceso se mienten y engañan a sí mismos o bien traicionan al socialismo […] En medio de toda clase de basura han producido algunos buenos escritos de propaganda, en realidad lo mejor en su tipo que han hecho los ingleses. Pero apenas ponen manos a su táctica específica de ocultar la lucha de clases todo se torna podrido. De aquí también su odio fanático contra Marx y todos nosotros: a causa de la lucha de clases…”

Los fabianos sostenían que, a través de los mecanismos “democráticos”, se lograría el “convencimiento general” de la necesidad de socializar los medios de producción y que con ello se lograría el “bienestar general”.

Daban por supuesta una “convicción racional e inspirada por el impulso ético para realizar la Justicia social”. Su principio de la impregnación o “penetración” del Partido Liberal por el socialismo provenía de no considerar al estado como representante de una clase social. Proponían la apropiación social de la renta de la tierra a través de un aparato financiero. Consideraban que la renta de la tierra era la forma principal de “ingreso no ganado” que debía pasar a ser propiedad pública. Proponían que los Consejos de Condado cobraran los impuestos y centralizaran así el capital necesario para inversiones más adecuadas. Sostenían que la competencia entre las empresas privadas y las estatales haría desaparecer gradualmente a las primeras, dado que las segundas trabajarían en mejores condiciones y podrían pagar mejores salarios y atraer así a los mejores obreros, desmantelando a las otras. No haría falta, según ellos, estatizar las empresas privadas ya que morirían por sí solas por la competencia de las empresas públicas, formadas por la confiscación progresiva de las rentas de la tierra.

Debemos observar que, de hecho, la práctica de estos principios significa una redistribución del ingreso: el impuesto a la renta de la tierra pasaría gradualmente a ser controlado por el estado. De este modo, la burguesía industrial y financiera que tenía el poder político recogería parte del ingreso que se extraería de la aristocracia terrateniente, la cual, aunque también estaba representada en el Parlamento, se hallaba en una posición política cada vez más desventajosa.

Hasta 1890 la Sociedad contaba con 173 miembros. Aunque luego su número aumentó no llegó a tener ninguna influencia en la clase obrera. La creación del Partido Laborista Independiente redujo su número y la relativa importancia que habían alcanzado algunas de sus filiales del interior a las cuales incorporó al crearse ofreciendo a sus miembros una perspectiva política Independiente opuesta a los principios de la Sociedad Fabiana central. La acción de la Sociedad Fabiana quedó otra vez limitada a Londres, donde sus miembros llevaron a cabo una política de colaboración con los liberales progresistas del condado. Pero, por otra parte, es innegable que la ideología fabiana pesó en el Partido Laborista Independiente y más tarde en el Partido Laborista Inglés.

Las organizaciones sindicales: del viejo al “nuevo’ sindicalismo

El “viejo” sindicalismo —primer período del sindicalismo, hasta 1890— nucleaba solamente a tos obreros calificados. Para pertenecer a los sindicatos los obreros debían pagar cuotas mensuales relativamente altas, lo cual requería tener salarios altos y trabajo. Dichas cuotas formaban parte de los fondos de ayuda a sus miembros en caso de paro, enfermedad, etc. Estos “viejos” sindicatos —llamados sindicatos de oficio— defendían exclusivamente los intereses de su oficio, no los de la clase obrera en su conjunto. Sus dirigentes participaban de la política Lib-Lab, entraban en el juego de la conciliación con la burguesía radical. Quedaban fuera de estos sindicatos las grandes masas de obreros no calificados: portuarios, transporte, gas, etc.

Hacia la década del 1880 la agitación obrera se hizo cada vez más intensa. Las huelgas prolongadas agotaron los fondos de los sindicatos y se produjo un fenómeno fundamental: entraron a participar en las luchas callejeras y en las huelgas, violentas y prolongadas, las masas de obreros no calificados, que habían quedado hasta entonces fuera del proceso sindical y político. A este nuevo movimiento se agregaron los obreros de las Industrias y de las minas, ya organizados desde tiempo atrás, que a raíz de haber sufrido las consecuencias de la gran depresión habían comenzado a tomar conciencia de la ineficacia de las viejas fórmulas sindicales.

La década de 1880 marca el hito final del “viejo” sindicalismo.

Se inicia el “nuevo”, caracterizado por la movilización de grandes masas de obreros no calificados, por la búsqueda de reivindicaciones laborales comunes a toda la clase obrera y por la promoción de una salida política Independiente que expresara sus auténticos intereses de clase. Los mecánicos Tom Mann, John Burns y Fred Hammill dirigieron este movimiento y tomaron como eje para amalgamar a millones de trabajadores dos reivindicaciones generales: la jornada de trabajo de 8 horas y el salario mínimo garantizado (hasta ese entonces el salario oscilaba según las ganancias y los intereses de los capitalistas). La reducción legal de la jornada de trabajo permitiría al obrero no solamente mejorar su situación laboral sino también participar en las actividades políticas y culturales, algo hasta entonces vedado por las largas jornadas. Las huelgas se sucedieron en Londres: desde las que realizaron en 1888 las obreras de las fábricas de fósforos —una, de las ramas industriales más insalubres— y los obreros del gas hasta el estallido en 1889 de la huelga de los portuarios, que inmovilizó a unos 60.000 obreros de distintas ramas, calificados y no calificados. Se organizaron piquetes de huelga, bonos de socorro entre los obreros hambrientos, mitines y manifestaciones callejeras que conmovieron a la opinión pública al poner en evidencia la miseria atroz de uno de los puertos más grandes del mundo.

Esta huelga logró el aumento de salarios que se proponía, hecho que sirvió para dar fuerza al movimiento obrero al ver el éxito alcanzado por los obreros no calificados.

El número de obreros organizados en sindicatos seguía en aumento: 500.000 en 1885, 860.000 en 1889 y casi dos millones en 1890.

La bandera levantada por los nuevos dirigentes —la jornada de ocho horas— siguió siendo el nexo de unión para la clase obrera. La creación de la Federación Minera de Gran Bretaña, del Sindicato de Obreros del Gas y de otros sindicatos (portuarios, marineros, fogoneros ferroviarios, etc.) dan la pauta de un movimiento cada vez más intenso hacia el nucleamiento de la clase obrera con sentido de “solidaridad” y en el que se expresaba una nueva conciencia de clase.

Estos “nuevos” sindicatos se encargan de hacer contratos colectivos; nuclean a obreros con salarios bajos y trabajos inestables que no podían pagar altas cuotas mensuales. El sindicato había dejado de ser una institución de beneficencia para convertirse en una institución de lucha sindical y política.

Pero el “nuevo” sindicalismo no aniquiló al “viejo”. Subsistieron dirigentes, sindicatos de oficio, asociaciones Lib-Lab, sobre todo entre los obreros del carbón y del algodón, que insistieron en las reivindicaciones parciales. Y a tal punto subsistieron que, hacia fin de siglo, cuando se produjo la reacción patronal ante el avance político y sindical de la clase obrera, volvieron los de la “vieja banda” a liderar el proceso.

Engels, en una carta a Sorge escrita en 1889, decía, refiriéndose al nuevo movimiento:

“Formalmente, por el momento el movimiento es sindical, pero absolutamente distinto de las “viejas” trade unions, [que representan a] los obreros calificados, la “aristocracia del trabajo […] La gente [los dirigentes] se está poniendo al trabajo en forma muy distintas: está conduciendo a la lucha a masas muchísimo más colosales, está conmoviendo mucho más profundamente a la sociedad, está planteando demandas de mucho mayor alcance: jornadas de ocho horas, federación general de todas las organizaciones, solidaridad total […] Se han formado por primera vez ramas femeninas, en el Sindicato de obreras del gas y en la Unión General Obrera…”

Pero en la misma carta observa también que “la respetabilidad burguesa se ha adentrado profundamente en los huesos de los obreros”, a tal extremo que se ve a los dirigentes J. Burns, Champion y T. Mann en contacto con la burguesía y orgullosos de su relación con los liberales y aun con los conservadores. Recordemos que en pocos años después, en 1906, J. Burns, de la Federación Social Domócrata, fue miembro del gobierno liberal, “deslizándose hacia el oportunismo, el arribismo y las alianzas sin principios con la “vieja banda” del T.U.C. (Trades Union Council), los políticos burgueses del Parlamento, y el Consejo del Condado de Londres”.

Los dirigentes obreros del nuevo sindicalismo no eran miembros de las instituciones pretendidamente socialistas, excepto J. Burns, sino dirigentes de sus respectivos sindicatos y no tenían antecedentes en la lucha política liberal.

No solo las masas de Londres se movilizaron. En todas las ciudades industriales del interior se produjeron fenómenos similares. El descontento aumentó a fines de la década del 1880: la concentración del capital incrementó la explotación de la mano de obra. El aumento de la desocupación, el rechazo de las demandas laborales obreras, los lock-out y las leyes para debilitar a los sindicatos sirvieron como marco a los movimientos obreros, cada vez más radicalizados y más violentamente reprimidos.

El Partido Laborista Independiente: ¿un partido de la clase obrera?

La experiencia sindical de fines del 80 así como la situación económica —aumento del porcentaje de desocupados, aun entre los obreros especializados, disminución del salario real, pérdida de las conquistas alcanzadas en 1889— contribuyeron a crear un clima propicio para el surgimiento de un partido político obrero.

Londres dejó de ser el único centro de movilizaciones obreras. La agitación trascendió sus límites y el norte industrial pasó a ser el centro de la acción política. Mientras las centrales londinenses de la Federación Social Demócrata, la Sociedad Fabiana y la Liga Socialista se movían con una dirección aliada con la burguesía, en componendas con los liberales, las filiales del interior adoptaron otra actitud y comenzaron a participar en las luchas populares. Por primera vez se intentó la fusión de las ideas y los grupos socialistas con el movimiento de masas. La creación de la Unión Obrera de Bradford es un hito en este proceso en que la lucha política se suma a la lucha reivindicativa, proceso estrechamente relacionado con el surgimiento del “nuevo” sindicalismo.

En 1893, K. Hardie, joven minero escocés vinculado con los socialistas de Londres, convencido de la necesidad de que la clase obrera llevara adelante la lucha política de manera independiente, fundó el Partido Laborista Escocés (Scottish Labour Party), antecedente inmediato del Partido Laborista Independiente. Ya en 1892 hubo resultados electorales favorables a los candidatos obreros en Londres y en otras ciudades industriales. Eran los que por primera vez utilizaban el derecho electoral para representar a la clase obrera. Pero todavía no se había logrado una unificación real de esta.

En 1893, en Bradford, ciudad industrial del centro de Inglaterra, en una reunión en que participaron delegados de todas las tendencias socialistas y obreras independientes (la Sociedad Fabiana, la Federación Social Demócrata y la Liga por la Jornada de ocho horas), el Partido Laborista Escocés y representantes de las organizaciones obreras de Yorkshire, se fundó el Partido Laborista Independiente. El eje de su programa fue la lucha por la jornada de ocho horas, pero a ello se agregó “la propiedad colectiva de los medios de producción, de distribución y de cambio”.

Engels recibió con alborozo la noticia de la creación del P.L.I. En una carta a Sorge, en 1893, le decía: …

“La F.S.D. por una parte y los fabianos por otra no han sido capaces, por su actitud sectaria, de absorber la presión socialista que se ejerce en las provincias, de manera que la fundación de un tercer partido es beneficiosa. Pero la presión se ha vuelto ahora tan grande, especialmente en los distritos industriales del norte, que el nuevo partido es ya, en su primer congreso, más fuerte que la F.S.D. o que los fabianos, si no más fuerte que los dos partidos juntos. Y la masa de los afiliados es muy buena, ya que su centro de gravedad está en las provincias y no en Londres, reducto de las camarillas […] El Partido Laborista Independiente puede lograr ganar la masa de la F.S.D. y también la de los fabianos de las provincias, reforzando así la unidad”.

Pero a pesar de la confianza depositada en él por Engels, el P.L.I. adoptó una política reformista. Sus dirigentes, a pesar de estar en relación directa con los teóricos marxistas como el mismo Engels, no habían desarrollado una concepción realmente revolucionaria que articulara su acción. Hardie, uno de sus más valiosos dirigentes, luchó, a partir de 1895, para lograr una organización común de los sindicatos y de los socialistas, bajo una dirección socialista, pero los casos de oportunismo y conciliaciones de sus dirigentes con la burguesía nos muestran qué lejos estuvo de alcanzar su propósito.

Aunque el P.L.I. se decía a sí mismo socialista, tal como lo hacían la F.S.D. y la Sociedad Fabiana, toda su acción se limitó al logro de reformas sociales importantes (la jornada de trabajo de ocho horas, derecho al trabajo o al sustento y un jornal mínimo legal), pero sin definir una estrategia para la toma del poder. G. D. Cole sintetiza: “Trataban de luchar en favor de los más miserables mucho más que en favor de toda la clase obrera en su conjunto”.

El Partido Laborista Independiente fue el vocero del nuevo sindicalismo y adoptó, casi desde su fundación, la ideología fabiana.

Hacia 1895 el nuevo sindicalismo había perdido terreno. La reacción de la burguesía —lock‑out, reducción de salarios, disminución del poder de los sindicatos— hizo retroceder en gran parte las conquistas alcanzadas en 1889. El golpe se asestó primero a los “nuevos” sindicatos, que eran minoría con respecto a los “viejos”. Este hecho hizo resurgir a la “vieja banda”. La corriente que intentaba una política obrera independiente comenzó a desviarse nuevamente.

Poco faltaba para que volvierana formalizarse nuevas alianzas Lib-Lab.

El Partido Laborista Independiente tampoco pudo convertirse en el partido “socialista revolucionario de los trabajadores británicos. Sus debilidades se lo impidieron: la falta de unidad política entre sus miembros; las rivalidades entre sus dirigentes; la falta de arraigo en Londres; la falta de centralización administrativa; el auge imperialista en la década del 90, que permitió sofocar en parte los descontentos sociales, y la falta de una teoría que sustentase la acción. El mismo fenómeno que se manifestó en la Liga Socialista, en la Federación Social Demócrata y en la Sociedad Fabiana debido a su desconocimiento de la lucha de clases como manifestación de las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista.

El Partido Laborista Inglés

A pesar de que los casos de conciliación de clases entre los miembros del P.L.I. y la burguesía fueron muchos, la corriente socialista siguió avanzando.

Hacia 1900, representantes desindicatos, del P.L.I., de la F.S.D. y de la S.F. participaron en una conferencia reunida a fin de planificar conjuntamente las actividades para las elecciones parlamentarias. Después de veinte años de intensa lucha laboral, los sindicatos se orientaban decididamente hacia la acción política y se aliaron con las sociedades socialistas, entre las cuales había algunos sectores marxistas —sobre todo en la F.S.D.-- cuyos delegados fueron los únicos que plantearon la lucha de clases,

“cuyo objetivo final sería la socialización de los medios de producción, de distribución y de cambio”.

Esta propuesta fue rechazada, pero se aprobó la de Hardie, que proponía constituir

“en el Parlamento un grupo laborista diferenciado, que tendrá sus propios jefes y aceptará su política: estar dispuesto a colaborar con todo partido que, por el momento, se consagre a la instauración de una legislación que sirva directamente los intereses de los trabajadores, e igualmente dispuesto a aliarse a todo partido que se oponga a medidas reaccionarias”.

De estas discusiones previas salió el Comité (Labour Representation Committee) que daría origen en 1903 al Partido Laborista Inglés. No se trataba de un partido socialista revolucionario. Como el P.L.I., el Partido Laborista estaba inmerso, sobre todo a nivel de sus dirigentes, en la ideología fabiana y no pudo desprenderse de la herencia del liberalismo, que había sido el denominador común del sindicalismo inglés durante toda su trayectoria.

El gran defensor del reformismo liberal‑fabiano en el movimiento obrero de comienzos de siglo fue Ramsay Mac Donald. En ese momento clave de la preguerra este gran partido estuvo ante la disyuntiva de marchar hacia una política de clase, guiado por el marxismo, o bien hacer que la clase obrera actuase como apoyo de la política liberal, guiada por la clase dirigente. Y otra vez el camino elegido, ahora por Mac Donald, fue el rechazo de la lucha de clases. En el seno del Comité todas las propuestas socialistas fueron rechazadas -por todos los delegados del P.L.I. y de los sindicatos, lo que motivó el retiro del Comité de la F.S.D. De este modo el movimiento obrero, fuerte en número y en capacidad combativa, quedó otra vez bajo la única dirección de los liberales reformistas.

La F.S.D., que en 1900 había concertado un acuerdo con otros sectores socialistas menos radicalizados, continuó su camino aislada y cada vez más débil. De sus filas salió en 1903 el Socialist Labour Party (Partido Socialista Obrero), el cual se opuso violentamente a todo compromiso político y a toda alianza con los otros grupos socialistas. En 1920 se separó de él un grupo que formó el Partido Comunista Inglés.

El Partido Laborista no mantuvo durante mucho tiempo la unidad. Los sindicatos mandaban sus propios miembros al Parlamento. Hardie, a pesar de que defendía con elocuencia el sentido del P.L. aconsejando que “se guarden de capitular ante el Liberalismo, que les encadenaría, les amordazaría y los convertiría en una masa sin defensa, desacreditada e impotente …” y exigiendo que “acaben con el liberalismo, el torismo y todo ‘ismo’ que no sea el laborismo; que den a las masas una dirección justa”… porque así “las masas los sostendrán”, preparaba, en connivencia con Mac Donald, un acuerdo electoral con los jefes liberales. Durante el período de preguerra, y más aún durante la guerra, las alianzas parlamentarias Lib-Lab permitieron a la burguesía mantener controlada la situación interna. El ejemplo más claro de la política conciliadora llevada a cabo por los dirigentes del P.L. fue el acuerdo de 1915, la “tregua industrial”, por el cual se comprometieron a evitar conflictos obreros hasta que terminase la guerra.

“La patria está en peligro”

A la intensa expansión del capital inglés se agrega, hacia fines del siglo XIX, la expansión de otros estados que habían alcanzado un alto grado de desarrollo capitalista: en Europa, Alemania y, en segundo lugar, Francia, Rusia, Austria e Italia. Fuera de Europa, Japón y los Estados Unidos. La competencia en la obtención de mercados para la colocación de sus capitales llevó a estos países a reforzar su poder y a lanzarse a una carrera armamentista y militarista. La posición de monopolio internacional que había alcanzado Inglaterra debido a su desarrollo capitalista más temprano se vio afectada por el rápido desarrollo capitalista de otras potencias. El crecimiento del potencial industrial interno de los Estados Unidos no significó para Inglaterra, en primera instancia, más que la pérdida del mercado norteamericano. En cambio, el enfrentamiento con Alemania —ya unificada después de la guerra franco‑prusiana y donde se estaba produciendo una rápida, aunque relativamente tardía, concentración de capital industrial— originó graves tensiones que conmovieron a toda Europa. La expansión alemana no significaba sólo la pérdida del mercado alemán para los productos ingleses. Alemania empezaba a dominar otros mercados europeos y de ultramar. Como no quedaban “espacios libres” y “el mundo ya estaba repartido” los capitales y productos industriales alemanes no podían ser colocados libremente. Inglaterra comienza entonces a ser desplazada por Alemania en el ranking mundial de la producción y las exportaciones.

El problema de la redistribución de los mercados constituye el telón de fondo de la política mundial desde los últimos años del siglo XIX y no se resuelve con el estallido de la Gran Guerra.

Veinte años después volverán los estados capitalistas a enfrentarse por el mismo motivo.

Durante la “paz armada” los estados comenzaron a medir sus fuerzas y a preparar el terreno para la guerra que se avecinaba y que se veía como inevitable. La burguesía inglesa, ante la posibilidad de la guerra interimperialista y en busca de la tranquilidad interna, inició una política de concesiones ante las demandas obreras. Tanto liberales como conservadores, que se alternan en el poder, desarrollan esta política. Los conservadores, con respecto a la cuestión irlandesa y los asuntos coloniales; los liberales, en el plano económico-social de la misma Inglaterra.

En 1903 el gabinete conservador llevó a cabo una reforma agraria radical en Irlanda con el fin de convertir al arrendatario irlandés en pequeño propietario y disolver de ese modo el fermento revolucionario que se mantenía en el proletariado rural. Esta política agraria también se aplicó con Inglaterra, fortaleciendo así a una clase de pequeños propietarios que fue ganada por la burguesía.

El gobierno liberal, a través de su emergente, el ministro de comercio David Lloyd George, miembro de la pequeña burguesía de Gales, respondió a las exigencias obreras con un plan de concesiones sin precedentes en Inglaterra. El objetivo manifiesto era lograr la justicia social, porque esa era una manera de evitar el surgimiento de un partido obrero revolucionario; pero, además, en la coyuntura histórica por la que atravesaba Inglaterra en el plano mundial se necesitaba evitar la crisis interna.

L. George estaba convencido de que o bien se realizaban reformas sociales contra la “despiadada explotación por los grandes terratenientes” y contra la “vergonzante pobreza” de los barrios obreros o surgiría un partido revolucionario. Esto hizo que impulsara una serie de leyes laborales: jornada de trabajo, indemnización por accidentes de trabajo, seguros por desocupación, enfermedad, vejez, etc. No habían bastado todas las luchas obreras de fin de siglo para conseguir reivindicaciones tales. En esa época, en que la guerra se presentaba como inminente, la clase dominante necesitaba más que nunca controlar el orden interno para contar a la clase obrera como aliada. La legislación laboral acentuó la alianza parlamentaria liberal‑laborista. Si bien cada vez eran más los representantes laboristas en el Parlamento, todos actuaron junto a la burguesía y respondieron abiertamente a sus intereses de clase. Apenas durante unos pocos años se dieron las condiciones históricas para que la clase obrera bosquejara una participación política independiente.

La clase dominante mostró toda su capacidad para comprender el proceso histórico y, dueña del poder, operó con sagacidad para dirigir el proceso en el sentido deseado: mantener el modo de producción capitalista y las relaciones sociales que generan sus privilegios. Pero no fue solo la eficacia de la política burguesa sino también la ineficacia de las instituciones socialistas en la conducción del movimiento obrero lo que impidió la eclosión del movimiento revolucionario: Lloyd George pretendió desentenderse de los problemas internos. Sin embargo, la serie de huelgas de 1907 a 1909 reflejan el deterioro de la situación de la clase obrera y el aumento de su conciencia de clase. Paran cientos de miles de obreros. Los diarios de la época dan cuenta de “millones de jornadas de trabajo perdidas”. Estos enormes movimientos de masas no estaban dirigidos por los viejos sindicatos, sino por comités que se organizan para tal fin. Más peligrosos para la burguesía resultaban estos movimientos de masas, relativamente espontáneos, que el propio partido obrero, La huelga de portuarios de 1911, con la dirección de Ben Tillet, actualizó la de 1889. Se adhirieron los obreros del transporte, del litoral y del interior, siguiendo la propuesta de Tom Mann según la cual los transportistas (marítimos, fluviales, ferroviarios, tranviarios y automotores) serían impotentes si no se nucleaban. Luego se agregaron los trabajadores de la electricidad, agua, gas, red cloacal y los mineros.

El Daily Mail, el periódico más leído de Londres, decía en 1911:

“Los huelguistas son dueños de la situación. La capital se encuentra en la situación de una ciudad sitiada, en la que la guerra civil —por fortuna acompañada solo de violencias insignificantes— está en su culminación.”

La huelga de los transportistas terminó con grandes concesiones por parte de los empresarios. La huelga de los mineros, que duró cinco semanas, consiguió que se aprobase una ley por la cual el gobierno fijaba el salario mínimo cuando dicho mínimo no hubiera sido aprobado por una comisión mixta.

En 1912 y 1913 las huelgas se sucedieron en todos los centros industriales y mineros de Inglaterra, especialmente en Londres y Liverpool. Los viejos sindicatos ya no eran fuertes para frenar los paros, frecuentes y prolongados. La policía y el ejército reprimían severamente, pero la resistencia obrera continuaba y se realizaban manifestaciones donde participaban hasta 100.000 personas. Los patronos debieron acceder a las demandas presionados por la fuerza creciente que mostraba la clase obrera. En 1911 la Federación de Mineros logró llevar a cabo una huelga a nivel nacional para exigir el salario mínimo legal que todavía no se había concedido. Participaron entonces en la lucha sindical sectores que todavía no estaban sindicalizados, así como las obreras, los obreros agrícolas y los empleados de oficina, cuyo número había crecido considerablemente durante esta etapa de desarrollo capitalista. Mientras los dirigentes obreros se comprometen cada vez más con la burguesía durante la etapa de la preguerra, las masas obreras se manifiestan, espontáneamente o con dirigentes circunstanciales, contra la desocupación, el aumento de precios, la disminución real de sus salarios, el aumento de los alquileres, y la guerra. El P.L. y P.L.I. continúan ostensiblemente como aliados de la política liberal. Con todo, el P.L. fue aceptado en la Segunda Internacional. Lenin subrayó la necesidad de incorporarlo, pero teniendo en cuenta que era

“el primer paso de las organizaciones realmente proletarias en Inglaterra hacia una política consciente de clase y hacia el Partido Laborista Socialista”.

El Partido Social-Demócrata (nombre que toma la Federación a partir de 1908) no había logrado, ni antes ni en ese momento, concretar una vinculación operativa con el P.L. ni con el P.L.J.

“La F.S.D. —dicen Morton y Tate— cometía un error al no saber distinguir en la práctica entre la masa desorientada y los dirigentes oportunistas de los sindicatos, precisamente cuando los sindicatos —como destaca Lenin— se aproximan al socialismo: torpemente, con vacilaciones, en zigzag, pero a pesar de todo se aproximan. Pues semejante actitud equivalía a empujar a la masa de los sindicatos, entonces dispuestos a la rebelión, en los brazos de los dirigentes oportunistas. Al mismo tiempo daba un impulso al desarrollo del anarcosindicalismo, que en Gran Bretaña fue una tentativa de resolver el problema de la liquidación del capitalismo sin la dirección de un partido socialista revolucionario.”

Un congreso que organizó el Partido Social Demócrata en Manchester, en 1912, con el objeto de unir a las diversas corrientes socialistas, concluyó con la creación del Partido Socialista Inglés. En este nuevo partido estuvieron los sectores verdaderamente revolucionarios, capaces de hacer una clara evaluación de la situación mundial. Pero la inminencia de la guerra provocó en el Partido Socialista Inglés disenciones internas entre los dirigentes, en su mayoría embarcados en la posición nacionalista, arrastrados por la ola de chauvinismo que la burguesía derramó sobre el país, y la gran masa de sus miembros, que adoptaban una posición internacionalista. De allí saldría un ala marxista revolucionaria.

No bastarán las recomendaciones del Congreso de Stuttgart de 1907 de la Segunda Internacional ni todas las publicaciones del P.S.I. en contra de la guerra, no por pacifismo sino por considerarla un conflicto interimperialista. La propaganda en favor de la guerra, por la defensa de la patria, “porque la Patria está en peligro” prende con vigor. Sin embargo el P.S.I. se esfuerza por explicar que… “en lo que concierne a los trabajadores no hay ninguna diferencia entre el imperialismo y la agresión alemana o británica”. Pero esto no logra empañar el brillo del aparato burgués montado para la defensa de la “patria”, aparato que cuenta con el apoyo incondicional del P.L.

La carrera armamentista continuaba ya decididamente hacia la guerra, por lo cual los reclamos obreros no pudieron satisfacerse con tanta soltura como en el 1910 y 1911. Las manifestaciones de desocupados en Londres y en otras ciudades se repiten. Se sumaba a este malestar interno el problema de Irlanda, una bomba de tiempo para Inglaterra. La situación internacional también era difícil. Pero no era la “Patria” la que estaba en peligro sino el “orden” capitalista y la burguesía.

Con el estallido de la guerra la ola de huelgas declinó. Las organizaciones obreras, después de una leve protesta contra la guerra, terminaron apoyándola. Una conferencia celebrada en Londres, en 1915, con representantes del P.S.I., P.L.I., de la S.F., del P.L. y organizaciones socialistas de las potencias aliadas, aprobaron una declaración en la cual se pronunciaban por la guerra —aun reconociendo su carácter interimperialista— para evitar el “derrumbe de la democracia en Europa”. En Congreso de los Sindicatos (T.U.C.) firmó en 1915 una “tregua industrial” por la cual se comprometía a renunciar al derecho de huelga mientras durase el conflicto bélico. ¿Era posible acaso apoyar más efectivamente a la clase dominante en ese difícil momento? Pero —a pesar de ese acuerdo— poco duró la “paz” interna. La guerra aumentó la miseria de los trabajadores y la agitación que le siguió rebasó los límites colaboracionistas impuestos por los dirigentes sindicales.

Los encarcelamientos, multas, requisas policiales de domicilios, el cierre de periódicos, los secuestros de libros y folletos contra la guerra y las movilizaciones forzosas, dan la tónica de la represión de la época. Sin embargo, la agitación continuó más violentamente aún. Hubo un intento de consolidación de la clase obrera a través de la formación del Movimiento Nacional de Delegados Sindicales y de Comités de Trabajadores.

La Revolución Socialista en Rusia fue una inyección de ánimo para la clase obrera inglesa. El Partido Socialista inglés fue el único de los partidos obreros de Europa que se pronunció a favor de los sóviets. Pero la ofensiva alemana debilitó la posición de los internacionalistas y dividió otra vez a los trabajadores en el momento en que se estaba organizando para una huelga general. El movimiento obrero inglés había ido ganando posiciones desde mediados del siglo XIX. La lucha emprendida había sido ardua. Su desarrollo no fue lineal. Estuvo signado por épocas de agitación y conquistas sindicales y políticas, pero sus dirigentes llevaron una política conciliadora de clases. Hacia fines de la guerra estaba fuertemente organizado, como nunca antes lo había estado. Las masas obreras habían desarrollado la conciencia de clase y rebasaban a sus direcciones sindicales, que actuaban como apéndices de las clases dominantes. Hasta 1910 el contar con el apoyo de los dirigentes sindicales significó una tranquilidad para la política burguesa. Además, el desarrollo Imperialista y la necesidad de paz Interna permitían hacer concesiones. Pero desde entonces, y más aún durante la guerra, las masas fueron más allá de los límites institucionalizados. Huelgas, agitaciones, fueron severamente reprimidas por el brazo armado de la clase dominante: matanzas, persecuciones, encarcelamientos, bombardeos (como el caso de Irlanda), censura de la prensa, eran los recursos que empleaba la burguesía para mantenerse. La cantidad de obreros sindicalizados había llegado, al terminar la guerra, a ocho millones. Pero otra vez la ausencia de un partido revolucionario con autoridad real sobre las masas impidió canalizar toda la fuerza en potencia que significan las masas obreras conscientes de su situación de clase.

El triunfo del reformismo no sólo se dio en Inglaterra. Toda Europa, con la única excepción de Rusia, vivió procesos similares. En Inglaterra, donde el temprano desarrollo capitalista permitió llegar antes a la etapa monopolista e imperialista, el movimiento obrero, aunque con los matices que señalamos, fue absorbido, a través del reformismo, por la ideología burguesa. Toda acción acorde con la ideología del proletariado fue violentamente reprimida.

Bibliografía

G. D. H. Cole. Historia del pensamiento socialista. México, F.C.E., 1959. Tomos II y III.

L. H. Farías. Historia General del Trabajo. Grijalbo. 1965. Tomo III, La era de las revoluciones (1760-1914). Morton y Tate. Historia del movimiento obrero Inglés. Editorial Fundamentos, 1971.

Correspondencia Marx-Engels. Buenos Aires, Editorial Cartago, 1972.

F. Engels. La situación de la clase obrera en Inglaterra, “Prefacio” a la edición de 1892. Buenos Aires, Editorial Futuro, 1946.

D. Cante. Las Izquierdas europeas desde 1789. Madrid, Guadarrama, 1965.

La misión nacional de Inglaterra según Chamberlain

”Para llevar adelante esta tarea de civilización estamos realizando lo que creo es nuestra misión nacional, y estamos encontrando un enfoque más ajustado para el ejercicio de aquellas facultades y cualidades que han hecho de nosotros una raza gobernante. No digo que nuestro éxito ha sido completo en todos los casos, no digo que todos nuestros métodos han sido irreprochables; pero sí digo que en casi todas las instancias en las que se estableció el dominio de la Reina y donde se ha hecho cumplir la gran ‘pax Britannica´ ha sobrevivido con ella mayor seguridad para la vida y la propiedad y un mejoramiento material para la mayoría de la población […]. Sin duda, en el momento en que se realizaron las conquistas ha habido derramamiento de sangre, ha habido pérdida de vidas entre las poblaciones nativas, pérdida de vidas aún más preciosas que aquellos que fueron enviados para llevar a esos países un tipo de orden disciplinado; debemos recordar que esta es la condición de la misión que debemos cumplir […] no se pueden destruir las prácticas de barbarie sin el uso de la fuerza; pero si honestamente se compara lo que se gana para la humanidad con el precio que estamos obligados a pagar, pienso que bien podemos alegrarnos por el resultado de tales expediciones […] que pueden costar y que ciertamente han costado valiosas vidas, pero podemos estar seguros de que por vida perdida habrá cien ganadas, y habrá avanzado así la causa de la prosperidad y la civilización del pueblo […].”

J. Chamberlain, discurso pronunciado en la cena anual del Instituto Real de Colonias, el 31 de marzo de 1897.

La cuestión de Irlanda

Engels, después de recorrer Irlanda, en 1856, expresaba:

“Hay una ausencia total de toda industria, de modo que sería difícil entender cómo pueden vivir todas esas excrecencias parásitas (gendarmes, curas, abogados, burócratas) si no fuera por la miseria de los campesinos, que constituye la otra mitad del cuadro. […] Irlanda puede ser considerada como la primera colonia inglesa, gobernada al viejo estilo […] pudiéndose observar ya que la llamada libertad de los ciudadanos ingleses se funda en la opresión de las colonias […]. Las guerras inglesas de conquista (de 1100 a 1850) han arruinado al país. Gracias a una opresión sistemática han sido convertidos en forma artificial en una nación espantosamente desmoralizada, y ahora cumple la notoria función de proveer a Inglaterra, Norte América, Australia, etc., de prostitutas, trabajadores ocasionales, rufianes, ladrones, estafadores, mendigos y demás canallas.”

Irlanda fue colonizada por los ingleses definitivamente en los siglos XVI v XVII. Hacia el siglo XVIII empieza la emigración de campesinos despojados de sus tierras y la conversión de campesinos independientes en dependientes, la formación del proletariado rural. Irlanda proveía de cereales a Inglaterra, lo que beneficiaba a los nobles que formaban la aristocracia terrateniente inglesa, a quienes se habían donado las tierras conquistadas. Pero la derogación de las Leyes de Granos, en 1846, privó a Irlanda del monopolio del abastecimiento del cereal al mercado inglés y dejó a la producción agrícola irlandesa a merced de la competencia extranjera. La nueva consigna, “lana y carne”, provocó una nueva emigración de campesinos, esta vez hacia los Estados Unidos.

Hacia 1867 un movimiento en pro de la república y de la reforma agraria, el de los Fenianos, fue severamente reprimido. Marx, entonces en Inglaterra, logró promover la agitación de los obreros ingleses en favor de los presos fenianos, aunque sin compartir totalmente su planteo político. La revuelta terminó con el juicio y la ejecución de los “mártires de Manchester”.

El problema de los presos políticos irlandeses y la cuestión de Irlanda es un tema tratado con asiduidad en los reuniones de la Asociación Internacional de Trabajadores. Marx dice:

“La clase obrera inglesa nunca hará nada mientras no se libre de Irlanda. […] La palanca debe aplicarse en Irlanda […]. El golpe decisivo contra las clases dominantes inglesas (y será decisivo para el movimiento obrero de todo el mundo) no puede ejecutarse en Inglaterra sino en Irlanda. […] Es el baluarte de la aristocracia terrateniente inglesa. […] Irlanda es […] el gran medio por el cual la aristocracia inglesa mantiene su dominación en la propia Inglaterra”.

Derrocando a la aristocracia inglesa, se llenaría “el requisito previo de la revolución proletaria en Inglaterra”. Marx señala que la burguesía inglesa participa del interés de la aristocracia en tener a Irlanda como una “simple tierra de pastoreo que provea al mercado inglés de carne y lana a los precios más baratos posibles”. Y agrega:

“Por ello están interesados en reducir la población irlandesa, mediante la expropiación y la emigración forzosa, a un número tan pequeño que el capital inglés invertido en la tierra arrendada para la agricultura pueda funcionar con seguridad”.

Pero la burguesía, además de beneficiarse con la obtención de productos, agrícolas baratos (para poder así bajar los salarios que paga a sus obreros), se beneficia también con la afluencia constante de trabajadores que se agregan al mercado inglés del trabajo, “obligando a bajar los salarios y a degradar la situación moral y material de la clase obrera inglesa”. Este hecho crea tensiones ficticias entre los trabajadores irlandeses e ingleses, porque la competencia por el trabajo los aleja de la comprensión de que ambos son parte del proletariado, de que deben combatir a un enemigo común, la burguesía. Así el obrero inglés “odia” al irlandés y por eso se apoya en los aristócratas y capitalistas ingleses, sin advertir que de esa forma está consolidando la dominación que se ejerce sobre él mismo. La distorsión, agravada por prejuicios religiosos y étnicos, se da tanto entre los obreros ingleses como entre los irlandeses. Estos ven a los primeros como “partícipes del pecado de la dominación inglesa sobre Irlanda”.

A principios del siglo XX, en 1903, cuando las tensiones internacionales se agudizaban, el gabinete conservador, que necesitaba contar con la tranquilidad interior, aplicó en Irlanda un programa de reforma agraria. La entrega de tierra en pequeña propiedad a los arrendatarios sin tierras, mediante la expropiación de los ‘landlords’ (grandes terratenientes), modificó la estructura social y el equilibrio de fuerzas; disminuyendo el foco de tensiones generado por el problema agrario. Pero el conflicto continuó entre los que defendían la unión con Inglaterra, los que aceptaban la autonomía y los republicanos. Para apaciguar los ánimos se llevó al Parlamento en 1912 el proyecto de la Home Rule (autogobierno). Irlanda tendría un parlamento, aunque el senado y el Lord Gobernador, representante del rey, serían elegidos en Inglaterra. El parlamento irlandés se ocuparía de los asuntos internos, mientras que el ejército, flota, diplomacia, etc., dependerían del gobierno británico. El proyecto fue rechazado. Recién en 1914, ante la guerra inminente, se aprueba el Home Rule.

Los grupos más radicalizados de Irlanda, como el partido Sinn Feín, que se declaraba socialista, encabezan la lucha. Inglaterra dejó hacer mientras la corriente separatista no se mostró amenazante. El punto culminante del proceso se dio en 1916, durante la guerra. La revolución estalló en Dublin, donde un grupo pequeño y con pocas armas, el Ejército de Ciudadanos Irlandeses, constituyó el Gobierno Provisional de la República de Irlanda. Inglaterra mandó 60.000 hombres para reprimir el movimiento, que no contó con el apoyo activo de la mayoría de la población ni con la ayuda alemana, como esperaba el Sinn Fein. Después de una cruenta lucha los revolucionarios fueron vencidos. A la rendición incondicional que se les exigió siguieron los fusilamientos de todos los cabecillas. La tentativa del Ejército de Ciudadanos Irlandeses, que luchaba por instaurar una “república de los trabajadores”, fue así aplastada.

Viejo y nuevo unionismo

… “El East-End (barrio bajo de Londres) ha sacudido su inerte desesperanza; ha vuelto a la vida convirtiéndose en la patria del ‘Nuevo Unionismo’, esto es, de la organización de la gran masa de los obreros ‘no técnicos’ (unskilled). Esta organización puede, en algún sentido, adoptar la forma de las viejas uniones de los obreros ‘técnicos’ (skilled) ; es, con todo, de carácter esencialmente distinto. Las viejas uniones conservan las tradiciones del tiempo en que fueron fundadas; consideran el sistema del salario, dado una vez por todas, como un hecho definitivo que, en el mejor de los casos, pueden modificar un poco, en interés de sus asociados… Las nuevas uniones, por el contrario, fueron fundadas en una época en que la confianza en la eternidad del sistema del salario era violentamente alterada. Los fundadores y los protectores de estas nuevas uniones eran socialistas conscientes o de sentimiento; las masas que afluyeron a ellas, y en las que reposa su fuerza, eran incultas, descuidadas, no tenidas en cuenta por la aristocracia de la clase trabajadora. Pero ellas tienen esta inmensa ventaja: sus espíritus son todavía puros, completamente libres de la herencia de los ‘respetables´ prejuicios burgueses, que confunden las cabezas de los ‘viejos unionistas’ mejor ubicados. Y así vemos ahora cómo estas nuevas uniones toman la dirección del movimiento obrero y cómo, cada vez más, llevan a remolque a las ricas y orgullosas ‘viejas uniones’…”

(Engels, “Prefacio” a la edición de 1892 de La situación de la clase obrera en Inglaterra.)

William Morris, fundador de la Liga Socialista

“La canción de los trabajadores”, 1885 (Fragmento)

‘‘¡Oh vosotros, hombres ricos, escuchad y temblad! pues con el aire viene la canción.

Hemos trabajado para vosotros y para la muerte; ahora la lucha es diferente.

Somos hombres y nos batiremos por el mundo de los hombres y de la vida;

Y nuestro ejército está en marcha.

Así marcharemos nosotros, los trabajadores, y el rumor que escucháis es él ruido donde se mezclan la batalla y la liberación próxima;

Pues la esperanza de todo ser humano está en la bandera que llevamos, Y el mundo está en marcha.”

Su conversión al socialismo, 1894

[…] Yo estaba destinado a tener una idea pesimista sobre el objetivo de la existencia si no se hubiera abierto en mí la idea de que en medio de esta mugre de la civilización empezaba a germinar la semilla de un profundo cambio, lo que nosotros llamamos la Revolución Social. Este descubrimiento cambió en mí el aspecto de las cosas, y todo lo que faltaba para convertirme en socialista era ligarme al movimiento práctico, lo que he tratado de hacer al máximo de mis posibilidades […].”

(Textos citados por Morton y Tate.)

Un ex combatiente de la guerra contra los Böers

“En un hospital de la ciudad del Cabo el soldado Jorge Fewkoomey sufrió la amputación de una pierna, a consecuencia del impacto de una bala, durante la Guerra de los Böers.

Regresó a Londres. Le fueron pagadas setenta y cinco libras esterlinas, a cambio de lo cual le hicieron firmar un papel en que renunciaba a toda reivindicación contra el estado.

Invirtió las setenta y cinco libras en una pequeña taberna de Newgate, que por aquel entonces rendía sus holgados cuarenta chelines… Eso fue al menos lo que él creyó comprender que decían los ‘libros’, pequeños cuadernos manchados de cerveza, anotados a lápiz. Ayudado por una vieja, y después de haberse instalado en el cuartucho de la trastienda, empezó a dedicarse al oficio de cantinero. Pocas semanas hubieron de transcurrir para quedar convencido de que la pérdida de su pierna no había sido una buena inversión: las entradas resultaron inferiores a los cuarenta chelines previstos. Y eso a pesar del empeño que el soldado puso en tratar con gran amabilidad a la clientela.

Al fin se enteró de que en los últimos tiempos había estado en construcción un edificio en el barrio, de tal suerte que los albañiles habían contribuido a la prosperidad del fonducho; pero una vez terminada la obra la clientela disminuyó sensiblemente. El nuevo propietario pudo haberse dado cuenta de aquel estado de cosas sólo con una buena interpretación de los ‘libros’, según solían explicarle. Y era que las entradas, en contraste con la experiencia del gremio, habían sido más elevadas en los días de trabajo que en los feriados. Pero, hasta aquel momento, nuestro hombre no había conocido tal género de establecimientos más que como cliente, nunca como empresario. No pudo sostener su taberna más que cuatro meses […]. Luego fue descendiendo cada vez más hondo en la escala de la miseria hasta perderse en la interminable caravana de los infelices que el hambre arrastra, día y noche, a lo largo de las calles de la metrópoli del mundo.

Una mañana vagaba a lo largo de un puente sobre el Támesis. Llevaba el estómago vacío, ya que durante dos días no había probado nada que humanamente pudiera llamarse comida. Las gentes a quienes hasta entonces acudió en bares y cantinas solían convidarlo a tomar copas, pero nunca a comer. Es decir que sin el uniforme que con este fin dispuso ponerse no le hubieran dado ni las copas.

Volvió a usar el traje que había vestido de tabernero, pues se proponía mendigar y tenía vergüenza. Mas no vergüenza por el balazo recibido en la pierna ni por haber comprado un bar improductivo; no. Tenía vergüenza de verse reducido a pedir limosna a gentes que jamás había visto ni oído nombrar. En su opinión, nadie le debía nada a nadie…”

(Fragmentos de La novela de dos centavos, de Bertold Brecht.)

Porcentaje de territorio perteneciente a las potencias coloniales europeas y a los Estados Unidos

 

1876

1900

Aumento

Africa

10,8%

90,4%

79,6%

Polinesia

56,8%

98,9%

42,1%

Asia

51,5%

56,8%

5,1%

Australia

100,0%

100,0%

-

América

27,5%

27,2%

-0,3%

“El rasgo característico del periodo que nos ocupa es el reparto definitivo del planeta, definitivo no en el sentido de que sea imposible repartirlo de nuevo —al contrario, nuevos repartos son posibles e inevitables—, sino en el de que la política colonial de los países capitalistas ha terminado ya la conquista de todas las tierras no ocupadas que había en nuestro planeta. Por vez primera, el mundo se encuentra ya repartido, de modo que lo que en adelante puede efectuarse son únicamente nuevos repartos, es decir, el paso de territorios de un propietario a otro, y no el paso de un territorio sin propietario a un dueño […].”

(Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo.)

La declaración sobre la guerra de la Segunda Internacional

A comienzos del siglo XX toda Europa estaba conmovida por tensiones internas y por conflictos externos provocados por la búsqueda de nuevos mercados. El VII Congreso de la Segunda Internacional, reunido en Stuttgart en 1907, después de fogosos debates entre los representantes de las dos líneas principales del movimiento obrero internacional, la reformista y la revolucionaria, aprobó las siguientes declaraciones con respecto al militarismo y a la guerra:

“Las guerras entre estados capitalistas son, en general, la consecuencia de su competencia sobre el mercado del mundo, porque cada estado no tiende solamente a asegurar mercados, sino a adquirir otros nuevos, principalmente por la dominación de los pueblos extranjeros y la conquista de sus tierras. Estas guerras resultan de la incesante competencia provocada por los armamentos del militarismo, que es uno de los instrumentos principales de la dominación de la burguesía y de la esclavización económica y política de la clase obrera. Las guerras se ven favorecidas por los prejuicios nacionales, que han sido cultivados sistemáticamente en interés de las clases dominantes a fin de desviar a la masa proletaria de los deberes de clase y de sus deberes de solidaridad internacional. Las guerras son, por lo tanto, la esencia del capitalismo y no cesarán más que por la supresión del sistema capitalista o bien cuando la amplitud de los sacrificios en hombres y en dinero exigidos por el desarrollo de la técnica militar y las revueltas provocadas por los armamentistas empujen a los pueblos a renunciar a este sistema. La clase obrera, entre la cual se reclutan de preferencia los combatientes y que debe soportar los mayores sacrificios materiales, es adversaria natural de las guerras, porque éstas están en contradicción con el fin que aquélla persigue: la creación de un nuevo orden económico basado en la concepción socialista, destinada a traducir en realidad la solidaridad de los pueblos.

Por eso el Congreso considera que es un deber de todos los trabajadores y de sus representantes en los parlamentos combatir con todas sus fuerzas a los ejércitos de tierra y mar, señalando el carácter de clase de la sociedad burguesa y los móviles que imponen el mantenimiento de antagonismos nacionales; de rechazar todo apoyo pecuniario a la política de guerra, así como esforzarse porque la juventud proletaria sea educada en las ideas socialistas de la fraternidad entre los pueblos, despertando sistemáticamente su conciencia de clase.”